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06 de May de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Panamá: política exterior sin rumbo

La política exterior de Panamá, además de conflictiva y desacertada, ha contrariado flagrantemente Tratados Internacionales y negado la ...

La política exterior de Panamá, además de conflictiva y desacertada, ha contrariado flagrantemente Tratados Internacionales y negado la imparcialidad que debe caracterizarle, sobre todo por la existencia del Tratado de neutralidad del Canal. Este convenio, que incluye un ‘Protocolo de Adhesión’ abierto a todos los países (42 naciones se han adherido) conserva solidez en tanto los Estados firmantes se comprometen a ‘observar y respetar el régimen de neutralidad’.

La neutralidad, para que sea funcional, sugiere que el Estado beneficiado (Panamá) adopte cierta independencia respecto a los conflictos internacionales; un ponerse al margen de las disputas externas. Inferir, con interés parcializado como viene ocurriendo, deja mal ubicado al país, debido a la política exterior sin rumbo, o por rumbos equivocados.

El primer campanazo se dio con la violación al Tratado Constitutivo del Parlacen. El gobierno de Panamá ha inaugurado y mantenido, una política exterior indiferente, de marginalidad e irresponsabilidad, respecto a los vecinos centroamericanos, todo ellos firmantes del Protocolo de Neutralidad.

Por este mismo camino maltrecho, está la declaración del presidente panameño sobre el conflicto Palestino — Israelí (marzo de 2010), y que generó manifiesta inconformidad. Su afirmación de que ‘Israel es el guardián de la Ciudad Santa’, recibió la condena de los representantes de la comunidad Palestina—Árabe. Nabil Shaath señaló que ‘no solo son una ofensa al pueblo palestino, al mundo árabe y a todo el mundo cristiano e islámico, sino que también es una ofensa al derecho internacional’.

Poco después (noviembre de 2010) fue conocida, a través de los Cables de WikiLeaks, la petición que el presidente Martinelli había hecho a sus homólogos de Colombia, Álvaro Uribe, y de Costa Rica, Oscar arias, en los actos de instalación de su gobierno, para que conformaran el bloque C—P—C en contra de los ‘chavistas’. El recién estrenado presidente tomaba partido en el ajedrez político latinoamericano, con parcialidad desmesurada, en momento en que Panamá —gracias al éxito de la política económica de los últimos años— se ubica como centro de comercio para los países vecinos, siendo Venezuela un socio comprador importante.

Martinelli, con mucha prisa, desmoronó su discurso supuesto mediador. ‘Panamá —llegó a decir— tiene que mantenerse como líder de libertad y justicia, no solo aquí en nuestra casa, sino en nuestra región y nuestro continente’. Bonito mensaje, pero solo en el papel, porque en la práctica otra ha sido la realidad.

Ahí tenemos, para ver otro de los ejemplos, el conflicto entre Nicaragua y Costa Rica. Sin que aún se conociera el fondo del diferendo, el Ejecutivo panameño anunció (febrero de 2011) su total adhesión a la posición del gobierno de Costa Rica. Y no solo ello, sino que el embajador ante la OEA, Guillermo Cochez, asumió un activo y certero ataque al ejecutivo nicaragüense. Meses después, el gobierno panameño endurece su política migratoria contra los visitantes nicaragüenses.

Ya por último (marzo de 2011), con espantoso desatino, están las declaraciones del presidente respecto a la decisión de la ONU de usar la fuerza en el Norte de África. El mandatario panameño dio ‘bienvenida al ataque a Libia’. Un aplauso, para decirlo así, a la guerra cuando —por nuestra condición de país neutral— debemos apostar por la ‘paz’. O, por lo menos, boca cerrada en los conflictos ajenos.

*PRESIDENTE DEL PARLACEN.