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13 de May de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Matías Corrales y los últimos penitentes

O cú, como todos los pueblos del interior, se ha caracterizado por profesar la religión católica, son muy creyentes en Dios; es decir, c...

O cú, como todos los pueblos del interior, se ha caracterizado por profesar la religión católica, son muy creyentes en Dios; es decir, cristianos por excelencia, siempre han guardado y respetado todo lo relacionado con el Supremo Redentor, respetan los días más sagrados como el Viernes Santo, el día de la Encarnación, el Corpus Christi, el día del Santo Patrón y otros.

Cuentan nuestros antepasados que una vez entrada la época cuaresmal, desde el Miércoles de Cenizas, los mejoraneros de la región desafinaban las cuerdas de la guitarra como muestra de respeto a Nuestro Señor Jesucristo.

Los instrumentos musicales que eran usados durante las fiestas carnestolendas para realizar los bailes de tamborito, también eran guardados hasta el domingo de Resurrección o de Gloria, cuando se formaban las tunas para acompañar hasta la plaza de San Sebastián, la quema de Judas.

La Semana Santa o Semana Mayor, revestía el mayor fervor cristiano, donde el ocueño siempre ha cumplido con todos los preceptos y mandatos de las leyes de Dios; la Procesión del Silencio, el Sermón de las Siete Palabras, la procesión del Viernes Santo, y la resurrección del Señor eran considerados como los eventos cristianos más significativos para la comunidad.

Con mucho tino y dedicación, el bien recordado profesor Luzmil González Mitre (q.e.p.d.), Chón Barrera, Guillermo Sandoval y demás gente del pueblo confeccionaban al Judas (muñeco) que posteriormente sería quemado después de la lectura del testamento. Era una faceta muy auténtica y pueblerina.

Nuestros antepasados decían que durante los días Jueves, Viernes y Sábado Santo no se barría, porque, si se hacía, se le barrían las barbas al Señor; no se prendía el fogón hasta el Sábado de Gloria, después de que el reverendo sacerdote bendecía el fuego. Durante esos días, la gente comía bollos y dulces de maíz, alimentos que eran preparados con anterioridad. Las pailas se ponían boca abajo, pues, no se comía carne durante esa Semana Mayor.

La Semana Santa comenzaba el domingo con la procesión de Jesús en la mulita, pero el día anterior (sábado) Jesús era llevado, casi siempre, a la residencia de don Pablo Mitre (q.e.p.d.), la tía Prenda, la maestra Auxila, tía Nina (q.e.p.d.) y demás familiares, preparaban exquisitas viandas para pasar la noche: café, chocolates, chicha de maíz, bollos, etc.; a Jesús Triunfante lo llevaban también, a la residencia de la señora Margarita González y donde Quillo Barrera.

Recordamos al reverendo Domingo Basterra, un consagrado sacerdote que, con sus sabias enseñanzas y buenos ejemplos, inculcaba en la feligresía ocueña una verdadera devoción y fe en los diferentes actos de la Semana Santa, sobre todo, en la procesión del Silencio, la cual encabezaba con la Santa Cruz, a las doce de la noche.

Desde el Miércoles y Jueves Santo, las familias ocueñas residentes en Panamá, o en cualquier otro punto de la República, comenzaban a llegar y, por consiguiente, a cooperar en el arreglo de las diferentes andas para la procesión del Viernes Santo. Entre esas familias podemos distinguir a las hermanas Villarreal, las Quintero Luna, los Pinzón, las hermanas Castillero y otras.

Después se procedía a la procesión. Los centuriones, representados por los señores Abraham Muñoz y Emilio Jaén, bajaban de la cruz la imagen de Jesús, rodeados de los soldados romanos, que encabezaban Evelio Pereira (q.e.p.d.) y demás jóvenes de la población, que en briosos corceles iban custodiando el Santo Sepulcro durante toda la procesión.

Muchas personas se reunían detrás del Sepulcro para pagar sus mandas. Nuestros campesinos, por lo general, llevaban en sus hombros la Santa Cruz, que era confeccionada de arcabuz (un palo de espinas), de lagartillo u otra madera. El feligrés vestía hábitos lilas o morados.

Cuentan nuestros antepasados que, en el siglo pasado, algunos campesinos de diferentes comunidades, pagaban mandas, y que los llamaban los ‘penitentes’ o ‘calvarios’. Iban desnudos de la cintura para arriba, con un ‘calvario’ en la espalda y una soga larga amarrada a la cintura, que pasaba entre las piernas. El calvario consistía en un arco y una cruz, con muchas crucecitas superpuestas, donde eran amarrados los brazos de los penitentes. Estos caminaban la procesión lentamente. Se contaban hasta veinte en fila.

Hermenegildo Mela, José Gaitán, Pedro Mojica y José Domingo Ávila, se dice que fueron algunos de los últimos campesinos que cumplieron, en las procesiones del Viernes Santo, su penitencia, de esa manera quedaba purificado de todo pecado.

Por los años de 1960 logramos observar a una penitente que caminaba detrás del sepulcro, se llamaba Matías, una mujer de avanzada edad que llevaba puesto una vieja falda, especie de pollerón, un blusa color blanco, pies en el suelo, a un costado del hombro una cruz de arcabuz con muchas espinas, en la procesión no habló con nadie, la gente la observaba con mucha curiosidad; terminada la procesión, la mujer tomó camino hacia su campo y nunca más apareció.

*PERIODISTA.