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26 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

El jurista y el Derecho

PROFESOR DE DERECHO.. La complejidad de la organización social ha asistido en los diversos estadios de la evolución humana al imparable...

PROFESOR DE DERECHO.

La complejidad de la organización social ha asistido en los diversos estadios de la evolución humana al imparable proceso tridimensional, dominado por los entes corpóreos conocidos como Estado, Política y Derecho, cuyos fundamentos ideológicos determinan el carácter democrático, clasista, participativo, humanista, representativo, cerrado o abierto de la sociedad que se edifica o construye.

En la constitución del tipo de sociedad que en un momento determinado se erija, el fenómeno Jurídico o del Derecho converge estructurando las bases institucionales de ese fenómeno macro que conocemos como Estado y con ello el régimen de la autoridad, como instrumentos expresivos de lo que denominamos como la realidad política.

La enseñanza del Derecho enfrenta a las numerosas escuelas jurídicas de las universidades del país al fenómeno dicotómico: forman abogados y/o juristas o es necesario un replanteamiento de lo que se ha venido desarrollando en esta importante rama del saber humano.

La cuestión adquiere mayor relieve, si partimos del fundamento de que la institucionalización del Estado Constitucional de Derecho, que se sistematice en el contexto de la organización de la estructura del Estado, en términos de su contenido o profundidad, está muy relacionado con la formación o erudición de quienes exponencialmente representan el ejercicio de la profesión de abogado o jurisprudente, como intérpretes idóneos del Derecho.

Hoy, el debate escrutador del proceso formativo en las Escuelas de Derecho del país, es si en la dinámica académica para la preparación del abogado es suficiente la limitación del estudio del Derecho a la normatividad jurídica sistematizada en los códigos y leyes nacionales o es necesario superar este estadio de formación eminentemente codiquera, para alcanzar la atalaya de una aptitud espiritual que eleve a la majestad del abogado a la categoría de jurisconsulto o con vocación para el estudio de la Ciencia del Derecho.

Si superamos la formación del abogado limitada a las cuestiones eminentemente legales o judiciales, estaríamos forjando las bases para que pueda contribuir en el desarrollo de la concepción unitaria e integradora del Derecho y de las instituciones jurídicas que sostienen el engranaje corpóreo del Estado y su legitimidad política.

La realidad de la mayoría de las Escuelas Derecho del país, sobre todo las del ámbito privado, que gradúan abogados estudiando en jornadas sabatinas o en periodos académicos reales de dos año, en una clara muestra de desdén por hacer verdadera academia y sin atisbos de replanteamiento del enfoque en la enseñanza o estudio del Derecho, le están asestando, a una de las más nobles profesiones de la Humanidad, un duro revés a su credibilidad institucional o magnificencia, que otrora representó la dignificación del hombre culto, versado en las cuestiones de Leyes, Estado, Sociedad y Política.

La desafectación por lo altruista y fecundo en que incurren nuestras instituciones ‘Académicas Jurídicas’ ha relegado al olvido las lecciones de nuestros primeros togados: Pericles en la Atenas Democrática, Cicerón en la Roma que brilla con luz propia en el campo del Derecho y, más próximo o contemporizador con nuestra época, el patriarca de los abogados panameños, el Dr. Justo Arosemena, cuyo natalicio celebramos hoy, nueve de agosto, en un ambiente vacío y de nostalgia, marcado por la ausencia del estudio de su pensamiento, de sus aportes, a la cultura de la Ciencia del Derecho y, con ello, a la institucionalidad del Estado panameño.

Tan desolador es el panorama, que el moralismo, voluntarismo, racionalismo y empirismo, del cual fue enjundioso exponente el patriarca de los abogados panameños en el campo del estudio del Derecho, constituyen lecciones desconocidas para la mayoría de los estudiantes y egresados de las Escuelas de Derecho y sin las cuales, no sólo es imposible comprender al Derecho como instrumento transformador de la realidad social, sino fecundar de sus propias entrañas la atalaya de jurisconsulto forjado en el estudio de la Ciencia del Derecho y esencias filosóficas jurídicas.