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25 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

El carnaval de hoy

Este artículo lo entrego los viernes, ciego ante asuntos que pueden ocurrir durante el fin de semana sobre el tema que expongo, y que pu...

Este artículo lo entrego los viernes, ciego ante asuntos que pueden ocurrir durante el fin de semana sobre el tema que expongo, y que pudieran tener efectos sobre las premisas, el análisis y las conclusiones. Pero, hasta esa hora, la temperatura social marcaba, como todos los años, los preparativos que realizaba cada cual para los días de asueto como consecuencia de los Carnavales. Sin embargo, esa temperatura este año ha sido de cuidado y fluctuando por las preocupaciones relacionadas a las negociaciones que llevan a cabo los indígenas con representantes del gobierno sobre el asunto de las hidroeléctricas.

La Estrella de Panamá tituló el viernes a seis columnas, su sección de política con: ‘No hubo humo blanco en diálogo con los indígenas’, y subrayó que ‘mientras en la Asamblea la dirigencia conversaba con el gobierno, hubo cierre en Bocas del Toro, Veraguas y Chiriquí’. Esto hace de estos carnavales un tiempo diferente, comparado a los últimos años. Mucha preocupación oí en diferentes círculos sobre este asunto. Sobre las posibilidades de que haya cierre de vías en medio del esperado éxodo hacia las regiones de diversión. Los indígenas no celebran carnavales. No les importa. Y los celebrantes han mostrado preocupación enfermiza ante la posibilidad de que haya disturbios. Pero, comparto observaciones que ya he hecho hace algunos años sobre lo que es el carnaval hoy día, y las transformaciones que ha venido sufriendo.

En décadas pasadas, el tiempo de carnaval se planificaba, hablaba y se pensaba, en términos de cuatro días, seguido de un fin de semana de carnavalito. Cuatro días de los cuales dos eran sábado y domingo, y el carnavalito también, era fin de semana. Los días hábiles de producción que se comprometían eran el lunes y martes de carnaval. Eran otros tiempos. Es cierto que existía pobreza y necesidades apremiantes. Pero, la condición de supervivencia del conjunto de la sociedad no estaba en situación de crisis inminente como los indicadores sociales nos señalan hoy, crisis social y cultural. Desde el punto de vista económico, hay señales de una economía pujante; pero, que de igual manera no llega a los sectores vulnerables de la población, entre estos, los indígenas.

Sabemos que el concepto ‘carnaval’, en esa época, era factor de negocio para un sector explícito de la sociedad. El centro de atención era la capital, con celebraciones más autóctonas y localistas en toda la República. Las grandes empresas, las de entretenimiento, bebidas y hoteles, se beneficiaban del comercio que provocaba la actividad de celebración. El pequeño comerciante, el de la carne en palito y la venta de confetis de colores, recogía unos cuantos balboas para enfrentar los embates coyunturales e inmediatos. Seguramente, los políticos de entonces, se valían del ambiente de celebración —pan y circo— para hacerse con algún beneficio adicional.

Pero, otros sectores, ya sea que provinieran de El Chorrillo, El Marañón, Bella Vista, Calidonia, Santa Ana, Río Abajo, o cualquiera de los barrios citadinos; además, de disfrutar del ambiente festivo, el sol, la brillantez de verano, los disfraces, los resbalosos, el desfile, las murgas, reinas, toldos y fuegos artificiales; celebraban con entusiasmo y se lanzaban a la calle con sus velos y adornos maravillosos. Detrás de sus máscaras, se podía confiar en que el rostro que se ocultaba, una vez expuesto, representaba un alma que —explorada en su profundidad— era un inmenso y casto baúl de sueños, sentimientos y aspiraciones, compartido con otros sectores de la colectividad.

Ese periodo de cuatro días, disimuladamente, se ha ido ampliando tomando en cuenta las actividades del viernes antes del sábado de carnaval. Y este año parece que se ha extendido mucho más, por el efecto de las preparaciones, más acentuadas en el interior que van siendo parte de la misma fiesta.

Se ha destinado cerca de 2.5 millones de balboas del erario público para preparar estas fiestas. Se ha promocionado en el exterior y han ido desapareciendo los rasgos de tradición para presentar una supuesta versión moderna que incluye a un tal ‘Jumbo Man’. El Rey Momo, Domitila y Tiburcio, han perdido vigencia.

Igual las grandes empresas serán las más beneficiadas, saquearán los bolsillos de los participantes y el grueso de las millonarias ganancias del dinero que circulará, irán a algunas cuentas corporativas muy particulares. En el ínterin, sus ejecutivos no pasan el carnaval aquí, se irán de viaje. Los de expectativas a corto plazo y menores recursos, seguirán resolviendo las necesidades inmediatas, a través de la venta de carne en palito y chorizos. (Los palitos se prohibieron, y ya no se ve mucho eso de los confetis de colores).

Pero, igual desde mi punto de vista, los carnavales de hoy no tienen igual color, calor y sabor. De eso se quejan muchos, no soy el único. De cuatro días de diversión y fantasías a semanas de desenfreno y preparación. Artistas y espectáculos mediocres o malos. El exceso de licor y su efecto en la juventud, especialmente en las adolescentes que salen en la TV. El sexo y el libertinaje son la tónica del momento, propagados a todo lo ancho del país. La crisis social, cultural y la pobreza: igual o peor, y una identidad que se pierde para promover un país que muchos comenzamos a desconocer. Y, lamentablemente, en estos tiempos, las máscaras se han convertido en el rostro real de las personas.

COMUNICADOR SOCIAL.