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29 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Arquitectos de Hitler y Martinelli

Si Adolf Hitler, el líder germano de la pureza racial, estaba loco de remate, no sé qué decir de nuestro presidente. Sé que el arquitect...

Si Adolf Hitler, el líder germano de la pureza racial, estaba loco de remate, no sé qué decir de nuestro presidente. Sé que el arquitecto nazi Albert Speer fue el complaciente perfecto de las megalomanías de Adolf, a tal punto que, cuando entregó la nueva Cancillería alemana, Hitler comentó: ‘Cuando los diplomáticos vean esto, van a sentir temor de Dios’.

Al preguntarle a una arquitecta chitreana si el oficial de los diseños en Nuremberg hubiese metido los Metrobuses de Panamá sin ampliar las calles y avenidas primero, me contestó: ‘Tái loco tú! Hitler lo hubiese fusilado por bruto’. Los discursos, los proyectos a gran escala del asesino nazi fueron soñados y escritos en su libro Mein Kampf (Mi lucha), el cual escribió estando preso.

Acá ni allá en Soná se conoce de ningún plan, cuartilla o manuscrito de nuestro jefe de Estado.

Hitler improvisó muy poco, comenzó a desarrollar sus locuras cuando trepó al poder rodeado de verdaderos intelectuales alemanes, que terminaron siendo partidarios y juzgados por acciones prácticas para cruentos asesinatos.

Acá las mega improvisaciones del presidente, además de alejarlo cada día más de sus alentadoras promesas de campaña, lo están sometiendo a él solito a prejuicios de magnitud incalculable, porque cada día la gente le cree menos.

Y, me pregunto ¿quién será ese arquitecto que le lleva tantas vainas tan de seguido? Muchos dicen que es el Sr. Washington el que lo está terminando de joder, alucinándole al decir que ciertos opositores son unos envidiosos.

Yo soy uno de los pocos que al analizar el desastre mundial que causó Hitler (50 millones de muertos) determiné que estaba loco. Acá tan solo conozco los centavitos de Urracá no puedo calificar semejantes desventuras, pero si el desastre que se ve venir es por los ‘Washingtons’, recuerden que para cualquier hambriento de nuestras calles la plata es solo el sucio rodeo hacia un pedazo de pan y que pasaría muy poco si cae o se desestabiliza un tinaco rebuzcado. Pero si el hambre de un mandatario, como el que sabemos, no es así de normal, que se aplaca con los tres golpes, de seguro llevaría a cualquier país a un insondable abismo.

ESCRITOR COSTUMBRISTA.