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30 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Densidad criminal

La paradoja del sistema económico que rige las sociedades en Occidente, consiste en que a mayor industrialización o crecimiento en la pr...

La paradoja del sistema económico que rige las sociedades en Occidente, consiste en que a mayor industrialización o crecimiento en la producción, como consecuencia de los modelos vigentes, se intensifican las necesidades y el surgimiento de un sector, solo testigo de ese ‘desarrollo’, pues los capitales se concentran en pocas manos y lo único democrático es la pobreza.

Celso Furtado, al hacer un balance de la historia de estos procesos en Brasil, recordaba que la visión del poder de aquel hombre común que nacía y moría dentro de una gran hacienda, no pasaba de sus ‘grandes señores de la tierra’. Desde este punto de vista, agrega el estudioso, ‘... el Estado como organización política nacional tenía escasa significación para la masa de la población’.

Un punto de vista que resalta este autor, relacionado con la función del aparato gubernamental, expresa que ‘su función básica era servir de apoyo financiero a la máquina militar y a la burocracia civil’. Este es un panorama que pudiera ser constatado en el escenario latinoamericano, con el resultado de incubar grandes diferencias entre los grupos humanos (la sociedad) y el gobierno que los representa.

Los estudiosos en este campo coinciden en que esa relación, mientras más se ensancha, mayor síntoma de desesperanza causa en las colectividades de un país y por tanto, da pie al surgimiento de una patología social; es decir, empiezan a surgir los grandes conflictos que pueden estar dormidos o mantenerse en la ideología de los más vulnerables.

Esta visión, que Gramsci delineaba muy claramente para definir cómo se gesta el conjunto de ideas que sustenta las iniciativas del poder; se corresponde con el perfil de los proyectos políticos del continente, donde se ha construido un sistema que termina por consolidarse a expensas del desarrollo humano, a juicio de Marcos Roitman Rosenmann.

Ese modelo de aquella sociedad que hemos heredado desde el periodo colonial, concretado en un sector minúsculo que habitaba en la ciudad de intramuros y que se cuidaba de la masa que vivía en una paupérrima condición más allá, en los arrabales; es un esquema que se duplica y que dificulta formular un modelo de crecimiento que se sustente en la reducción de los indicadores más crudos de la pobreza.

Es casi una constante, que a un recrudecimiento de la gravedad en los elementos de la ecuación, los niveles delictivos en el país se incrementan. No es solo que los pobres, busquen fórmulas de apropiarse de lo ajeno. Se trata del ambiente en que se desenvuelven estas relaciones sociales y la imposibilidad de crear una gestión cuyo patrón económico sea incluyente, participativo y que tenga acciones en la urbe con amplia repercusión en los sectores rurales.

Hemos llegado a un nivel de delitos donde resulta familiar que cualquier conocido esté involucrado en hechos que atenten contra las leyes, ya sean faltas o atentados más grave en la tipificación penal. Un funcionario se extrañaba de que cinco de seis compañeros de su oficina, tuvieran vínculos con personas o ellos, estaban relacionados con casos judiciales.

A pesar de que Panamá ha evolucionado y hay grandes proyectos que parecen advertir un crecimiento con perspectivas para la economía del país, se percibe que la densidad de los delitos aumenta y adquiere una variada naturaleza. ‘No hay zonas seguras’, advertía una trabajadora manual, residente en un sector suburbano para defenderse de comentarios sobre la peligrosidad de su vecindario.

Las políticas sociales requieren de soluciones acordes a la dimensión de los desequilibrios y esto implica consistencia y racionalidad en los programas para integrar crecientemente a ciudadanos y contribuir a borrar las asimetrías.

PROFESOR Y DOCENTE UNIVERSITARIO.