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01 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

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La globalización cada día muestra sus diversos beneficios. Somos parte de un mundo donde ya nada nos pertenece; pertenecemos a la misma ...

La globalización cada día muestra sus diversos beneficios. Somos parte de un mundo donde ya nada nos pertenece; pertenecemos a la misma aldea, aunque hablemos diferentes idiomas y vivamos en continentes distintos. Por eso nos interconectamos más; una de esas áreas es la justicia, donde por la comunicación global que existe se hace cada vez más fácil encontrar la cooperación entre países que antes simplemente no existía. Organizaciones como la ONU, la OEA, la Unión Europea y la Unión Africana encuentran mecanismos para evitar la impunidad y facilitan redes de las que antes sólo disponían los criminales.

La pequeña comunidad española de Benétusser en Valencia jamás pensaría que sería objeto de una persecución en otro continente que terminaría con la captura de quien fue su recaudador municipal de Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) por 30 años que en 2010 desapareció. Al poco rato de su inesperada partida se le descubrió que había robado más de 700,000 dólares de tales impuestos, profundizando más el déficit de 7 millones en que se encuentra el pueblo, a quien traicionó en la confianza que le había depositado.

El encargado de la recolección del IBI en esa comunidad valenciana, Vicente Esteve, era una persona de pocos amigos. Los que pagaban los tributos lo consideraban de pocos modales. Sin embargo, nadie sabía lo que hacía ni mucho menos cómo lo hacía. Don Vicente, de 66 años, no cobraba salario, pero sí el 2% de lo que se cobraba. No tenía ningún sistema moderno para manejar la contabilidad de su despacho; todo lo hacía a mano. El Consejo Municipal del lugar, aunque en algún momento dudó de su competencia, generó lástima el destituir a un funcionario con tantos años de servicio. Cuando nombraron a Martínez Centro de Gestión para que modernizara el sistema y se encargara del IBI, Esteve decidió irse sin avisar; presintió lo que venía; encontraron 1000 recibos sin registrar. Vendió su apartamento, retiró su pensión de vejez y nunca más nadie supo de él. El pequeño pueblo enfureció, porque en muchos casos aparecieron cobrándoles lo que ya habían pagado; no tenían idea de dónde habría ido el sinvergüenza de Esteve.

Un año después, un vendedor de vinos de Valencia, que hacía su promoción en Colombia, por casualidad prendió la televisión en su hotel: Un programa turístico del canal RCN reportaba las bellezas de Armenia en Colombia y las delicias de uno de sus nuevos restaurantes: El Racó (rincón) Español, donde se ofrecían las mejores paellas de los alrededores. El dueño, a quien entrevistaban, don Vicente Esteve, que se había instalado allí con su tercera esposa, una colombiana, que discretamente ya vivía con él en España. Las autoridades colombianas, cooperando con la española, de inmediato apresaron a Esteve.

Esta reciente historia revela que cada día se hace más difícil esconderse de la justicia de su país. Los mecanismos de cooperación mundial contra el crimen, como la INTERPOL, y la cooperación bilateral entre países, que cada vez más se incrementa, se van convirtiendo en barreras para quienes piensan que con todo lo que se han robado, por mucho que pueda ser, no podrán huir para siempre ni podrán comprar a todo del que dependa su libertad.

EMBAJADOR DE PANAMÁ ANTE LA OEA.