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31 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

¿Quién hace al pobre más pobre?

Con respecto al crecimiento económico y al incremento de bienes materiales, en la actualidad hay un caudal de riquezas, servicios, biene...

Con respecto al crecimiento económico y al incremento de bienes materiales, en la actualidad hay un caudal de riquezas, servicios, bienes y productos, mucho mayor que en tiempos anteriores y que sólo pueden disfrutarlo una pequeña parte de la población. La otra parte, que es la inmensa mayoría, lucha por sobrevivir en medio del hambre, la ignorancia y la miseria. La presencia de un gran progreso material y los niveles inaceptables de miseria y marginalidad es, sin duda, una de las mayores tragedias del mundo contemporáneo.

No quiero decir con lo anterior que el crecimiento económico y el progreso material sean inútiles o innecesarios, ciertamente tienen efectos positivos y constituyen un elemento importante en el desarrollo de un país. Lo que sí quiero decir, es que la riqueza por sí sola no logra el objetivo de desarrollo integral del ser humano y tampoco se logra de un momento a otro.

Hay definiciones de todos los gustos para describir la pobreza. Cual sea tu modo de verla o sentirla y definirla, tiene implicaciones psicológicas, que no siempre se toman en consideración en los análisis socioeconómicos. Según mi punto de vista, ser pobre representa no solo la tragedia del hambre, la desnutrición, la falta de educación, o la falta de bienes y servicios primarios o la carencia de sustento. Ser pobres conlleva alteraciones importantes en la conducta humana, que privan a una buena parte de las personas que la sufren de un desarrollo psicológico adecuado. Los seres humanos conformamos nuestra manera de ser, nuestras actitudes ante la vida, nuestro comportamiento y nuestra personalidad en base a parámetros biológicos, genéticos, sociales y psicológicos.

Una escasa o nula alimentación provocará desnutrición y el subsiguiente daño fisiológico, incluyendo el cerebral. La miseria sostenida durante generaciones, comporta patrones genéticos disminuidos como pueden ser el peso y la estatura, entre otras características fisiológicas. Los factores psicológicos y sociales que se derivan de la pobreza son igualmente determinantes en la formación de actitudes y comportamientos diferentes. Cientos de estudios señalan que la pobreza genera rasgos culturales propios como ‘pocos deseos de planear el futuro’, ‘sentimientos de inferioridad y marginalidad’, creando conductas de auto segregación, ‘sentimientos de fatalismo’, ‘desconfianza social’ y una tendencia a vivir en el presente. Es decir, comportamientos sin objetivos y metas en la vida. Muy pocos son los que en pobreza logran, y con éxito, hacerse un lugar de bien en la sociedad.

Los rasgos sociales señalan situaciones de vida que marcan patrones de conducta, tales como el hacinamiento y la ausencia de privacidad, alcoholismo, drogadicción, abandono del hogar, violencia social e intrafamiliar, autoritarismo en las relaciones de pareja y de familia, ausencia de infancia como etapa de formación y vida, deserción escolar o bajo nivel educativo y analfabetismo funcional. Esto último es lo que hace que se lesione aún más la pobreza.

Todo esto trae como consecuencia un bajo rendimiento físico, así como del intelecto. El lenguaje, los conocimientos científicos, el aprendizaje cultural, social y escolar al estar limitados y aunque el trabajo, las habilidades y el esfuerzo existan, la pobreza no forma a las personas para poder controlar su propio destino, surgiendo cuadros crónicos de desesperanza, frustración y depresión.

Pero, ¿quién hace al pobre más pobre? El indolente, claro está. Ese quien no se afecta o conmueve ante el dolor de la pobreza y cuya única actitud es de poca o de ninguna solidaridad, porque se concentra en su propia existencia, ocupados en lograr sus objetivos sin ‘ver para el otro lado’, son arribistas y perjudican a otros, para ellos ‘subir’ o ‘ascender’ es la ley que rige sus vidas. Entre los indolentes pululan además de los fríos y calculadores, los insensibles y displicentes. Son egoístas por naturaleza, generalmente inescrupulosos, y superficiales. No reaccionan ante calamidades y tragedias. Esto les permite no sentir remordimientos, responsabilidades ni consideraciones con los desposeídos. A ese que le cuesta ‘salir de abajo’ por su resignación y aceptación forzosa de su ruinosa realidad, muy parecido a la actitud de poca o ninguna solidaridad de los que más tienen.

Así como el delincuente común, el que roba y mata, es indolente con sus víctimas, los corruptos igualmente son indolentes, ladrones y criminales. ¿Criminales? Pues sí. Porque matan a cada segundo las ilusiones y esperanzas del que nada tiene. Para ese corrupto indolente no hay cárcel, no se le discrimina, más bien se le acepta en una sociedad que valora a la persona por sus lujos y excentricidades.

El objetivo fundamental del progreso social es la elevación humana de los pueblos, donde reine la paz, la justicia y la solidaridad, donde no exista la miseria, ni la marginación, ni la violencia, donde los hombres tengan la oportunidad de realizar plenamente su potencial.

El crecimiento económico y el incremento de bienes materiales deben ser solidarios, deben tener como objetivo al hombre, deben basarse en una escala de valores. Exigen el fortalecimiento de la familia y deben ser integrales en el contexto de un sano proceso de socialización.

Se puede ser solidario trabajando por una causa común con miembros de tu comunidad, participando en distintos eventos, así conoces sus problemas aportando soluciones. Poco a poco despertarás tu interés, sensibilidad y entusiasmo. Un pobre ‘educado’ en amor, respeto y en lo académico, con tenacidad y voluntad, tiene el mundo a sus pies, aunque los indolentes lo quieran ver como un ser inferior. ¡No te dejes!

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.