01 de Oct de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Panameñidad civilista

El mundo se mueve, o más bien se precipita hoy en función del dinero, y los gobiernos, así como la política, siguen ese mismo patrón. El...

El mundo se mueve, o más bien se precipita hoy en función del dinero, y los gobiernos, así como la política, siguen ese mismo patrón. El planeta globalizado salvaje exige seguridad y eso es blindaje a sus inversiones y leyes proteccionistas a sus intereses. A nivel local eso se traduce en pro mundi beneficio y más aún en protección militar.

El país es un polo de atracción de inversiones transnacionales, que es un mecanismo de crecimiento económico. Que a su vez nos hace sujetos de crédito para nuevos endeudamientos. Toda esta inyección externa de capital es positiva financiera y temporalmente, pero nos hace más dependientes y expuestos a derivar al extranjero los beneficios de nuestra geografía. Otros países del continente están viviendo esas experiencias, que llegan a resultar trágicas cuando además se dan en la crisis global del capitalismo que se está viviendo.

Por otra parte, ese flujo de dinero exige seguridad militar. Anteriormente se concretó ese riesgo de control militar cuando se discutieron los tratados del Canal, y al rechazar el pueblo las pretensiones de USA y siendo electo para firmar esos tratados el panameñismo ultranacionalista de Arnulfo Arias, optaron por dar un golpe de Estado militar, que mantuvieron por 21 años y nos dejaron con un tratado que nos convierte en protectorado sujeto a intervenciones militares y condicionando el manejo de los peajes del Canal.

Antes la excusa del militarismo fue el comunismo, hoy es el terrorismo. Lo refuerzan por el combate a las drogas, que proviene de países subdesarrollados, pero no se refieren al tráfico de armas que las fabrican los países industrializados. Esta influencia mercantil de la política la vemos en los grupos económicos que se disputan el poder electoral. Un sector comercial oficial, los grupos enriquecidos de la dictadura y grupos independientes de éxito como civilistas.

Pero el gran desprestigio de los partidos se da en su desideologización, ineficacia y falta de transparencia. Su mercantilización ha alcanzado extremos insólitos con el transfugismo, por imposiciones de personalidad y francas acciones militarizadas que opacan la ejecutividad y populismo conservador que mucho publicitan.

El PRD clásico, que nació en la dictadura creada por USA para aprobarle los tratados del Canal, que si bien lograron la soberanía por la que luchó el pueblo por años, pero nos dejó como protectorado bajo el poder el Pentágono, sujeto a intervenciones militares y condicionando el manejo económico de los peajes del Canal. Su ala ‘tendencia’ se mantiene en la contradicción de promocionar posturas progresista y traer un cementerio de asesinatos, desaparecidos, exilados y violaciones de los derechos humanos junto a privatizaciones, envenenados. Las denuncias de grupos desviados que fueron tolerantes con los intentos de posiciones economicistas oficiales, aunque en su momento las antagonizaron y se separaron; y otros que segmentan a discutibles sectores gremiales empresariales, santeños, etc., crea reservas en la población, especialmente cuando prima el celo de liderazgo los intereses personales.

Por otra parte, los proyectados partidos de trabajadores de posiciones justas y radicales despiertan el temor de interferir en los avances económicos que lleva el país por su geografía y traernos los problemas que afligen a países vecinos.

Esto se refleja en los presuntos candidatos a las próximas elecciones asociados a la banca, a empresarios-comerciantes o administradores vinculados a navieras.

Pero la gran ciudadanía, que son las bases militantes de los partidos políticos, que no son sus dirigencias; así como la gran mayoría de independientes o sencillamente ciudadanos, que lo que aspiran es a vivir bien, con seguridad y en paz son los que deben decidir.

Con espanto los electores hemos visto nuevamente muertos, armas, violencia, prepotencia militar, empoderar a los uniformados con funciones, sueldos y actitudes que ponen en riesgo su misma estabilidad y respeto ante la sociedad. Que los oficiales de policía no sean otra vez ingenuamente manipulados por USA o comerciantes políticos que los intente utilizar para intimidar o amenazar a la población civil, obreros indígenas, estudiantes etc. No más plomo, ni palo, ni balas ni lacrimógenas ni dobermans, ni cárcel, ni muertos.

Ante la falta de credibilidad y experiencias negativas del pasado, es preciso que los partidos depongan posiciones sectarias, puede que se conviertan en los núcleos de unidad de toda la ciudadanía por razones legales electorales. Donde no sean los millonarios, ni los corruptos, ni los incapaces oportunistas, ni extremistas de ningún color, ni políticos desprestigiados del pasado, ni nadie que participó en la dictadura los que aglutinen la panameñidad con programas y métodos que nos garanticen el progreso con dignidad, respeto, libertad, solidaridad y democracia. Sí... hay muchos ciudadanos capaces que tengan el perfil que la ciudadanía exige. Hay grupos ciudadanos, notables, de consenso, de visión 2020. También los hay en los partidos políticos. Que la sociedad, los programas sean la fuerza de la unidad y no el dinero, ni liderazgos tradicionales.

Las prácticas económicas resultan muy favorables en el tiempo, cuando se acompañan de un criterio nacionalista y de reinversión local de parte importante de los bienes producidos aquí. Las adquisiciones en tecnología, investigación, capacitación, estructuras estables constituyen un capital social valioso que tiene que ser orientado por un civilismo desarrollista para que cumpla una función social para un Panamá mejor para todos vivir bien.

—Cuente en Balboas.

—En memoria de Victoriano Lorenzo.

MÉDICO Y EXMINISTRO DE ESTADO.