18 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Sobre grabaciones mediáticas

H ay asombro, rechazo, indignación, decepción, tristeza, zozobra en un gran sector de la población. Un audio que circuló en la red y que...

H ay asombro, rechazo, indignación, decepción, tristeza, zozobra en un gran sector de la población. Un audio que circuló en la red y que luego fue reproducido por medios electrónicos es el causante de tanto desánimo. Como profesor de Periodismo y como hombre de radio y televisión, les indico a los estudiantes que el resultado final de una grabación pasa por cuatro etapas, la preproducción, la producción, la postproducción y la difusión.

Es mi deber señalar que se debe dudar, siempre, de las grabaciones que se escuchan por la red o por cualquier medio electrónico. La mayoría pasa por esos procesos, indicados arriba. Es allí donde se pueden deformar, alterar o mejorar. Si es para lo último, aplaudo al que tiene esa intención; si es para alterarla o deformarla, con fines aviesos, lo critico con mucha fuerza. Conozco a los padres de Roberto Velásquez y sé que ellos todavía no salen del estupor.

Las expresiones que se escuchan en la grabación parecen ser tan auténticas que solo un profesional de la edición las puede poner en duda. Yo me encuentro en ese minúsculo grupo. Y es que el escepticismo es el inicio de la investigación para dar con la verdad. Quien se conforma con pensar que la grabación es real y por tal motivo se convierte en juez para juzgar, no está actuando de manera correcta. También cobra fuerza aquello de la presunción de la inocencia. De la misma manera recuerdo, creo, una frase de ese dirigente colombiano asesinado, Jorge Eliécer Gaitán cuando dijo: ‘El que sentencia una causa sin oír la parte opuesta, aunque sentencie lo justo es injusta la sentencia’. Hay que hurgar, escudriñar, remover tierra, escarbar, para luego tomar partido o entrar en la etapa del juzgamiento.

Reconozco que las palabras expresadas por Velásquez parecen tener tanta coherencia que no admiten duda alguna. En la administración de Moscoso fui víctima de la persecución al más alto nivel, precisamente por grabaciones amañadas. Resulta que a diario conversaba con el presidente, Guillermo Endara. Él me hablaba de la decepción del gobierno de su amiga; expresó palabras muy duras contra ella; como asesor le decía que no veía bien que eso lo diera a conocer a los medios. Un día le recordé que al final de su gestión él mostró sus manos indicando que estaba cansado de que sus supuestos amigos se las mordieran. ‘Ella es la presidenta y considero incorrecta su posición; pudiera pensarse que usted le muerde las manos a ella’, le dije en aquella ocasión.

Más adelante una fuente del Consejo de Seguridad me alertó de los pinchazos; así fue, no solo grabaron, también tergiversaron y utilizando el recurso de la postproducción o edición, me colocaron, también, en la misma línea crítica de Endara cuando en realidad le aconsejaba que cambiara el rumbo de su proceder. Dejo a la imaginación las consecuencias, para mí y mi familia, de esa acción gansteril. Lo más irónico de este tema es que a la misma presidenta la pinchaban.

Volviendo al caso de Velásquez, cuando escuché la grabación, pasaron por mi mente escenas terroríficas. Me fui a aquel once de octubre de 1968 cuando se dio el golpe cruento contra el presidente legítimo, Arnulfo Arias Madrid; le di un repaso a los múltiples exilios de ciudadanos que solo pedían el respeto de la voluntad popular, a la democracia, justicia y libertad. Recordé cuando le robaron las elecciones a Arnulfo Arias. Ardito Barletta ganó por la mágica cifra de 1,713 votos, similar a Maduro, en Venezuela. Hice remembranzas cuando Silverio Brown irrumpió en la Asamblea, con ametralladora en mano, amenazando a todos los que se opusieran a Ardito Barletta. En ese momento la junta nacional de escrutinio, recibía las actas de las elecciones. A propósito, alguien se ha tomado la molestia de investigar la verdad de cómo murió Silverio Brown.

Mi pensamiento se dirigió a mi pueblo, La Concepción, donde se detuvo al doctor Hugo Spadafora, para luego ser torturado y decapitado en septiembre de 1985. Pensé cuando Mauro Zúñiga casi corre la misma suerte; viví los momentos cuando los reales triunfadores de las elecciones de 1989, fueron agredidos brutalmente por miembros de las mal llamadas fuerzas de defensa que se disfrazaron de batallones de la dignidad. El hecho deplorable se dio a las cinco de la tarde, en la plaza de Santa Ana, el 10 de mayo de 1989. También vi la película cuando Humberto López Tirones, con bate en mano, atacaba a quienes pedían un conteo real de las elecciones de 1984.

Esas grabaciones me llevaron a esos episodios, aun así, sigo dudando del contenido de lo que se ha difundido. Ojalá no se repita lo del maletín de Murcia. En aquella ocasión el error de Velásquez fue la mentira, quizás por ello, uno de los slogans de José Luis Fábrega es ‘siempre dice la verdad’. Dejo, para le reflexión la siguiente frase de ese pensador francés, Voltaire, ‘El que revela el secreto de otros pasa por traidor, el que revela el secreto propio pasa, hijo mío, por imbécil’.

EXSECRETARIO DE PRENSA DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA.