Bernal, un fugitivo sin letrero de ‘más buscado’

La tarde del viernes 14 de marzo de 1986, la brigada Doberman montó un cordón de escudo antimotín en los alrededores del Palacio Legisl...

La tarde del viernes 14 de marzo de 1986, la brigada Doberman montó un cordón de escudo antimotín en los alrededores del Palacio Legislativo para impedir el acceso a los obreros que ese día marcharon hasta la 5 de Mayo y se apostaron en la entrada principal, convocados por el Consejo Nacional de Trabajadores Organizados (CONATO).

Los manifestantes repudiaban eufóricos las reformas laborales que imponía el gobierno norieguista, alzando pancartas y gritando consignas contra la dictadura.

Caía la noche cuando de pronto, y sin saber por qué, se inició una estampida de gente despavorida por todas partes. Detrás de ellos los antimotines detonaban gases lacrimógenos y perdigones en una persecución que se trasladó por toda la Avenida Central —que todavía no era peatonal—.

En la parada de buses de Calle 12, cerca del Café Coca-Cola y en el histórico parque de Santa Ana, las personas que pasaban el tiempo conversando sentados o parados, al ver la turba y las detonaciones, corrieron a refugiarse en los locales del área. Algunos se apresuraron a entrar al viejo teatro Variedades, donde ya estaban corriendo las puertas de hierro estilizadas a lo español colonial.

Cerca de las siete de la noche el empleado encargado del cine, quien no tenía mucho de haber llegado, observó que parado en la acera frente al local estaba un joven mirando lo que ocurría y los ‘doberman’ lo interpelaron: —¿Qué haces tú ahí?— Le gritaron y le exigieron su cédula.

Como el muchacho les replicó porque solo veía lo que ocurría y no participaba de la protesta, los antimotines le entraron a palo y a patadas. Tanta fue la golpiza que el empleado del Variedades intervino para que dejaran de castigarlo, pues el obrero se veía en malas condiciones. El empleado escurrió una de las rejas negras de la entrada para que éste pudiera pasar. En eso el joven reaccionó indignado con un puntapié contra uno de sus agresores y entonces otro de los policías le detonó su escopeta de perdigones en el pecho.

Sixto ‘Yito’ Barrante Méndez cayó al piso ensangrentado. Los doberman se fueron dejándolo tendido en la acera. Los civiles que observaban desde la entrada del cine corrieron a socorrerlo para llevarlo al Hospital Santo Tomás. Su madre, Leticia Méndez, recibió la mala noticia a eso de las 10:00 p.m., enseguida se fue a ver a su hijo, pero ya había fallecido.

Tiempo después la fiscalía encargada determinó que la muerte de Barrante fue homicidio; sin embargo, por no tener suficientes indicios para determinar al autor material se recomendó el cierre del sumario con sobreseimiento provisional, de carácter impersonal, y se archivó el expediente. Años más tarde, en vista de los nuevos testimonios y por el resurgir de la democracia con Noriega derrocado en 1989, el 25 de octubre de 1990 se ordenó la reapertura del caso, iniciando un proceso judicial que conllevaría 15 años para condenar al principal responsable.

LA FUGA

Desde 1990, Jorge Eliécer Bernal, principal acusado del crimen por ser quien daba las órdenes como capitán jefe de la compañía Doberman, se asiló en Guatemala. Temiendo ser extraditado se habría trasladado posteriormente a Costa Rica. Nunca fue arrestado y su juicio en ausencia terminó en condena de 20 años el 27 de abril de 2001.

En 1995 Bernal también había sido sentenciado a 20 años de prisión por el asesinato del empresario de origen español Manuel Vásquez, ocurrido en 1987.

Han pasado 26 años y actualmente no existe ante la Interpol ninguna alerta con foto del ex capitán para su captura donde quiera que se encuentre. Incluso, la bandera roja de ‘más buscado’, puesta a causa de la condena por el crimen de Vásquez, también fue descolgada de la web de Interpol en internet, a pesar que las pistas del paradero de Bernal llevan a territorio costarricense.

EL ADIÓS

Yito Barrante, electricista y decorador independiente, había salido temprano de su casa ese viernes de quincena hacia un trabajo en Paitilla. Como le pagaron un dinero que le debían, invitó a un compañero amigo a tomarse unas cervecitas.

Ambos se fueron hasta un lugar en Calle 13 y a prima noche cuando salieron para tomar el bus en Calle 12, se encontraron con la corredera de los disturbios. Así fueron sus últimas horas, así consta en el testimonio de su amigo agregado al expediente de cientos de páginas.

La señora Leticia aún recuerda su partida aquella mañana de viernes: Suéter gris, pantalón diablo fuerte, zapatillas, bigote y patillas anchas: ‘Ya no quiero que trabajes más, mamá. Yo voy a hacerte una casa grande para que vivamos toda la familia…’. Al terminar en Paitilla iría a recoger unos zapatos que mandó a arreglar en Santa Ana, eso le dijo a ella, pero nunca volvió a casa.

Desde entonces, doña Leticia ha sufrido día a día las injusticias que nadie puede imaginar. Y paradójicamente, hasta la fecha, su calvario aún no termina. A ella, ni el Estado ni ningún gobierno le ha ofrecido disculpas públicamente.

Tampoco se le ha indemnizado como ha ocurrido en otros crímenes de la dictadura.

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