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- 19/12/2010 01:00
PANAMÁ. Entrada la noche, a Dildia le dan ganas de levantarse del colchón y salir a caminar por ahí. Sabe que puede hacerlo, que el cordón de policías que tapa la puerta del gimnasio La Higuera no puede impedírselo, es damnificada, no rehén. Desiste. En su lugar, se sienta a mirar la colcha humana sobre el concreto y los chiquillos saltando de un lugar a otro y lanzando las pelotas sobre los cuerpos dormidos.
Apagan las luces que cuelgan del techo, pero la claridad entra filosa por los grandes ventanales. También entra el frío más frío que se ha sentido en Chepo. A Dildia le entran ganas de comer, pero comer qué. De estar en su casa, en El Llano, se levantaría a freír plátanos o tomar jugo de la nevera. Espera el sueño que no llega por más que el doctor del albergue le recomiende que duerma para que la presión le baje.
Al día siguiente, Dildia amanece con los ojos vidriosos. Y para no seguir anclada al colchón, sale a la entrada del gimnasio a mirar las nubes que la tienen ahí. Recién comienza el día puede hacer esto, cuando suben las horas el tufo de los servicios móviles apesta hasta en las calles laterales. Ya para la tarde este malestar es parte del albergue. Los más adultos conversan toda la tarde muy cerca de estos pozos sépticos.
Mateo Alonso come tortillas, carne y café en una de las mesas que se han habilitado para comedor. El desayuno es mejor que días anteriores, dice. En Cuarenta Bollos nunca come pan. Salió en una lancha y después lo subieron en un helicóptero. Imaginaba que eso andaba más rápido pero no hay mucha diferencia con su caballo. Lamenta haber perdido su lancha y su motor.
A pocos metros de este albergue, en la escuela Santa Isabel, la situación es diferente. Allí, José de la Cruz Mercado, un octogenario, tiene frío pese a estar enfundado en un abrigo varias tallas extra. Son más de las nueve de la mañana y no ha llegado el desayuno.
De noche el frío es peor, cuentan él y los demás enseñando las ventanas de ornamentales de los salones. Pero José no es nuevo en estos avatares de la naturaleza. En 1966 su casa se inundó y pasó días en la escuela Venancio Pascual. Delante del carro del desayuno aparece el auto que limpia los servicios móviles. El olor a desechos se esparce.
De día y de noche este albergue es más silencioso que el gimnasio, que desde el primer día apodaron ‘el revoltoso’. En Santa Isabel los alimentos se comen en el brazo de escribir de las bancas y las siestas se duermen en hamacas que cuelgan de las vigas. Los niños dejan las energías en el gimnasio y cuando entran a los salones ya no tienen ganas de seguir el juego.
En la escuela José Gabriel Duque, una funcionaria municipal advierte que no se puede hablar con los damnificados porque los albotoran y ella tiene que calmarlos. Aquí nadie se porta mal, no son como los de La Higuera. La funcionaria del MIDES que lleva los registros dicta las cifras que al minuto tiene que corregir porque otra funcionaria del MIVI le discute que una niña es discapacitada y que no entra en la categoría de niños.
Cae la tarde. Dildia tiene el sueño de la noche anterior y de las anteriores. Le pregunto por qué no se acuesta y contesta que no puede porque los chiquillos le brincan encima al que se descuida y el espacio que le destinaron lo usan los niños para pintar. Lamenta su casa y finca perdidas, más de 60 mil dólares perdidos. Quiere marcharse, pero no tiene a dónde. No quiere molestar a su familia.
A las tres de la tarde, un funcionario anuncia que se puede ir a la iglesia. Las mujeres salen en grupos. La iglesia está al lado. Allá, una señora se queja de que a los rabiblancos les dan lo mejor y a ella (es indígena) le dan ropa que no le queda. La iglesia está llena de ropa, zapatos y comestibles. Hace unos días, cada quien entraba y se llevaba lo que necesitaba. Ahora cierran la verja por la rebatiña. No podemos dejar que se lleven todo lo que quieren porque ya tienen el gimnasio lleno de ropa y eso da alergia, explica la jefa del MIDES. Dildia va por unos zapatos y dice que le aprietan porque no se los pudo medir. Los que trajo ayer le mordieron los talones.
A las cuatro de la tarde abre el periodo de bañarse de la tarde. Los que se habían ido al pueblo regresan para la cena. Saben que no pueden darle largas a este asunto porque puede ocurrir lo de la ropa y los zapatos. El jueves se quedaron algunos sin comida. La funcionaria del MIDES dice que restringirán la entrada de los visitantes porque se comen la comida ajena.
Con la noche llega la palabra de Dios. Durante estos días, grupos de diferentes creencias piden permiso para una hora de sermón. De ocho a nueve de la noche, el pastor Mosquera baila y canta al son de unos tambores. Ignacio, de unos sesenta y cinco años, mira al pastor Mosquera cuando pide que le presten diez minutos de atención. Aclara que él es evangélico, no de Hosanna. Busca un café y regresa a ponerle más azúcar. Cuenta que Dios lo salvó de morir ahogado. Dice que Dios lo salvó de un cáncer de huesos hace años, que ya le decían los vecinos de Cuarenta Bollos que comiera, que era el final.
A las diez de la noche apagan los focos. Dildia está sentada en su colchón otra vez, los policías tapan la entrada con sus cuerpos. Mañana todo será igual.