El disco por el balón o el vuelo del ‘frisbee’ en PT

Hay siete jugadores parados sobre una línea, que es la de gol. Miran adelante y uno, que es el capitán, sostiene un disco entre las mano...

Hay siete jugadores parados sobre una línea, que es la de gol. Miran adelante y uno, que es el capitán, sostiene un disco entre las manos. A unos 60 metros, en la misma posición, están los siete del equipo contrario, que deciden a quién van a marcar durante el próximo punto. Cuál será el que le conviene a uno, por su contextura y aguante, cuál a otro.

Estamos en un rectángulo verde de 100 x 37 metros, a punto de iniciar un juego de Ultimate Frisbee, algo así como el fútbol americano pero sin contacto físico y con disco en lugar de pelota. Este lugar se conocía como el Soldier’s Field (Campo de Soldados), pero desde 1999, cuando muchos militares estadounidenses regresaron a sus barracas, empezó a llamarse el Cuadrángulo Central de la Ciudad del Saber.

Aquí, todas las semanas desde hace 10 años se practica este deporte que pocos conocen. ¿Ultimate qué? ¿Cómo?

—Es un juego que te hace feliz, te da pura energía. Para muchos es fundamental en su vida, dice Milagros Kant, una joven pura potencia que cuando no vuela en los aviones de una aerolínea internacional, pone a volar su mente y espíritu junto a un disco de frisbee.

DE ESTO SE TRATA

El capitán sostiene el disco de juego de 175 gramos y dicta la estrategia del siguiente punto. Estudia el viento y se prepara. Toma impulso detrás de su línea de gol mientras pasa sus dedos por el borde del disco. Lo agarra con fuerza, estira para abajo sus brazos, inhala profundo y le imprime toda la fuerza a sus caderas, que van girando con la firmeza que van pisando sus pies. Y empieza a volar.

El disco de 27.3 cm de diámetro traza su camino en un vuelo hipnótico. Van 2, 3, 4 metros de altura. Cruza el campo. Los otros siete ven el disco elevarse y acercarse a ellos y empiezan a desplegarse en el campo. Uno a uno les va llegando su marca. El disco comienza a descender. Otro lo atrapa. La adrenalina empieza a desbordar.

La idea es que el equipo que acaba de recibir el disco lo vaya pasando —sin caminar con él— entre sus compañeros por el campo y llegue —como en el fútbol americano— a otro de los jugadores que deberá estar dentro del espacio de gol contrario. No hay límite de pases, tampoco para dejar de divertirse.

El primer pase va al jugador más cercano, que se desmarca y lo toma con una mano. Le llega el defensa que se instala a un costado y empieza a contar en voz alta: uno, dos, tres... El del disco no puede caminar y tiene hasta el 10 para detallar el campo de juego, decidir y hacer el siguiente pase. La defensa es férrea, se hace difícil. Seis, siete. Nadie se despeja. Está bajo presión, pero escoge a uno ¡y allá va! Vuela de nuevo el disco y el defensa que no logra bloquear el pase deja de contar en voz alta y revienta sus cuerdas vocales para gritar ‘¡up!’, la señal de que el disco regresó a su elemento: el aire.

El pase es efectivo, el juego fluye. Se acercan y se alejan jugadores, arman el juego según la estrategia. Llega el momento de sumar un punto.

Ya han ganado medio campo. El conductor del disco ve a uno de los suyos que aprovechó un desliz de su defensa y se escapó con ventaja hacia la zona de gol. El del disco no lo piensa, juega el viento en contra, pero lo mide y, como un latigazo, manda el disco hasta el fondo del campo.

El que lo recibirá siente al defensa a paso y medio detrás suyo, escucha su respiración y las pisadas. Se prepara y estira sus brazos por encima de la cabeza y salta. Lo siente en sus manos, mira a sus costados y está en medio del cuadro de gol. El resto es inercia y celebración.

DETALLES TÉCNICOS

La palabra con la que se bautizó este deporte refiere a que cada jugador hará hasta lo último posible para mantener el disco en juego o —si está en el equipo contrario— para recuperarlo. Y de ahí viene la espectacularidad en los campos de primer nivel y la razón por la que poco a poco el Ultimate Frisbee va ganando nuevos adeptos alrededor del mundo: jugadas apretadas, lay-outs (jugadores volcándose de cabeza), pases imposibles, mucha destreza y velocidad.

Solo una regla pasará por encima de lo que supone hacer lo imposible por mantener a tope el juego: no se puede cometer falta, incluso, no se puede tocar al contrario. Gracias a esto, el campo es toda una mezcla de edades, experticia, contexturas, géneros e incluso nacionalidades.

Cuando entran al campo de juego sellan un pacto: cantarán sus propias faltas. No existen árbitros ni mediadores. El espíritu de juego es la norma. Aquí se aplaude la excelente jugada del contrario o el esfuerzo que puso en la partida anterior.

El disco otorga esa cualidad de apertura, de libertad y creatividad, aseguran los expertos y todos los que se contagian desde que hacen una buena asistencia en su primera birria. Y de eso se trata... de contagiarse.

REPASO HISTÓRICO

La filosofía se ha mantenido intacta desde sus inicios en 1967, cuando Joel Silver, de la Preparatoria de Columbia, en la ciudad de Nueva Jersey, presentó ante el consejo estudiantil la idea. Le tomó dos años escribir las reglas junto a otros compañeros y hacer el primer juego oficial.

Al día, son más de 50 países y cientos de miles que se han sumado a nivel mundial. De acuerdo a la WFDF (Asociación Mundial del Disco Volador, por sus siglas en inglés y de la que Panamá es miembro oficial desde 2012) una de sus mayores empresas —entre otras tantas— es conseguir que el Ultimate sea incluido en las olimpiadas de verano.

Pero para que Panamá lograra tener este deporte al nivel de hoy, mucha brisa ha pasado debajo del disco.

A falta de registros oficiales, los primeros pasos de se afincan en la memoria de los panameños-americanos que vieron volar el disco por primera vez en los veranos de finales de los años 80.

Fueron estudiantes y científicos norteamericanos de concesión del Grupo Smithsonian los que trajeron los primeros discos de Ultimate al país. Comenzaron unos pocos que se reunían con la intención de birriar sin reglas y con pocos jugadores. Conocían el deporte, pero lo jugaban sin marcar los límites del campo, sin zapatos y sin puntaje, recuerda Alex Reyes, uno de esos panameño-estadounidenses que se sumó al clan y que todavía aprovecha para derrochar experiencia en las birrias.

Tomó tiempo para que los gamboanos se sumaran, comenta Reyes, ahora con hijos y más de 50 años de edad. Algunos curiosos futbolistas en el campo vecino se fueron sumando al atractivo pasar y volar del disco de Frisbee, recuerda.

Para inicios de los 90, varios en la capital se hacían eco de estas birrias y se acercaban. ‘Pero el asunto no terminaba de despegar’, comenta Daniel Reyes, hermano de Alex y entusiasta del Ultimate desde que lo conoció, hace más de 20 años. ‘Y así se mantuvo, de manera muy informal a lo largo de esa década’.

BUSCANDO EL CAMPO

Jose Alberto Valdés Bosch, de 58 años, que cuatro años atrás firmó una de las pocas memorias escritas del Ultimate en el país escribió: ‘Donde mirabas habían equipos de ‘fut’ reclamando espacio. Así que comenzó la búsqueda de un lugar donde jugar a nuestras anchas. No fue fácil pero dimos con un lugar en CDS. La gente que pasaba por ahí nos miraba y el grupo sin querer se amplió y se hicieron nuevas amistades’.

Y así se decretaron, casi a manera religiosa, las tardes de Ultimate Frisbee en el antiguo campo militar todos los miércoles y domingos.

Para el 2000, el deporte tenía ya muchos años desarrollándose en Costa Rica, Colombia y Venezuela, donde se organizaban torneos de alto nivel a escala mundial. Esa vibra emanaba hacia el istmo y entusiasmaba a muchos a acercase a la CDS.

Ya en 2005, el primer equipo de entusiastas cruzó la frontera por primera vez para participar en el torneo internacional de la Universidad EAFIT de Medellín con más de 30 equipos, principalmente formado por colombianos y venezolanos.

Rodrigo Guardia, arquitecto panameño que estuvo en ese torneo, advirtió el alto nivel de la competencia y sin mayores logros, aparte del de la experiencia, se regresó con su equipo a inyectarle aún más ganas al deporte en Panamá.

El nivel aumentó, asegura Guardia, y para el siguiente año lograron ir de nuevo a Bogotá y ser reconocidos por ‘mejor Espíritu de Juego’.

Pero no fue sino hasta 2009 cuando llegó el mayor logro de este deporte en el país: Pandeportes le otorgó reconocimiento y se creó la Asociación de Ultimate-Frisbee de Panamá, cuya presidenta es Melanie McCullough.

Y así vinieron los torneos locales. En la ciudad, en el interior, en colegios y universidades se sumaron a los emocionantes torneos abiertos para novatos y expertos.

Surgió así una legión de chicos que dejaban atrás los bates de béisbol y los balones de fútbol para enfocarse en el ir y venir del disco. Como Felipe Ledezma, estudiante panameño de 19 años, que se destacaba en fútbol y natación y a sus 17 años los dejó en tercer plano para ir con todo con el Ultimate. Hoy ya no es sorpresa ver a Felipe lanzarse de cabeza tras un disco o hacer tiros casi imposibles. Es el capitán que todos quieren tener en su equipo. Incluso los que le triplican su edad.

Al igual que todos los veranos, los del Ultimate están cargados de torneos, clínicas, donaciones y planes especiales. Como el matrimonio de Alejandra Estela y Lane Olson. La panameña y el estadounidense se casaron cuatro años después de conocerse en el field. Los invitados eran todos amigos del disco. A la salida de la ceremonia, todos posaron como el equipo que siempre han sido. Solo que en vez de sudaderas, corbatas y a cambio de los shorts ceñidos, el vestido largo de verano.

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