La revolución del optimismo

Ben Gardane es un pueblo tunecino de 58,000 habitantes. A 32 kilómetros se encuentra Ras Jedir, uno de los dos puestos fronterizos entre...

Ben Gardane es un pueblo tunecino de 58,000 habitantes. A 32 kilómetros se encuentra Ras Jedir, uno de los dos puestos fronterizos entre Túnez y Libia. Aquí, dos de cada tres carros tienen placas libias. Una de las principales calles del pueblo es ahora un mall especializado en el cambio de dinares libios a tunecinos. La omnipresencia de la bandera libia genera la duda de si podrías haber cruzado la frontera sin darte cuenta.

La última vez que estuve en Ben Gardane, el ejército tunecino había cerrado la frontera y las cosas eran distintas. En el último grupo de tiendas del pueblo, donde antes sólo se veían a los refugiados de los campos aledaños ahora abundan los clientes libios hambrientos de consumo.

Otras cosas no cambiaron. A mitad de camino aparece un grupo de dromedarios en el mismo lugar de siempre. Ya casi en la frontera, el campo de refugiados de Choucha sigue ahí, con sus miles de subsaharianos languideciendo en el desierto.

ARMAS Y OPTIMISMO

Basta con traspasar la frontera para darse cuenta de que aquí está pasando algo. Es como entrar en una casa en construcción. La organización es un desastre, pero la sensación de que todo es posible lo invade todo.

La primera mirada al suelo nos devuelve a la realidad. Cada pocos pasos es posible ver cascos de balas. El tráfico es variado. Hay carros de civiles, carros militares y de ONGs. La fila para entrar en Libia es larga, pero en la de Túnez sólo puede compararse a una larga anaconda de automóviles. Los coches pitan hasta la saciedad. Los que intentan entrar en Túnez, por desesperación, demostrando que hasta en tiempos revolucionarios la paciencia tiene un límite. Los que entran en Libia pitan de alegría, y los guardias disparan sus rifles al aire en respuesta, uno de las prácticas festivas más peligrosas que se hayan inventado.

LA VERDADERA REVOLUCIÓN

A mi izquierda, un grupo de niños vestidos de arriba a abajo de rojo, verde y negro juega con la bandera más de moda del planeta. Para esos niños, los 42 años de Muamar Gadafi serán sólo un cuento, un capítulo negro de la historia de su país. Ellos son los verdaderos herederos de la revolución: crecerán libres del recuerdo y los traumas de la era Gadafi. Y son el futuro de ésta nueva Libia y, considerando la situación actual, de toda ésta región del mundo.

La realidad es que, de todas las ‘revoluciones’ de la ‘primavera árabe’, sólo la libia ha logrado un verdadero cambio de régimen, y la asistencia de la OTAN no hace que ésto sea menos cierto.

El caso libio es mucho más aunténtico y exitoso que el de Túnez y el de Egipto. En Túnez el sentimiento es que nada ha cambiado. En Egipto es peor: la supuesta revolución de febrero fue sólo el maquillaje que se le dio al golpe de Estado.

En Libia no. No mandaba el ejército ni una élite político-económica. El régimen de Gadafi fue de culto a la personalidad. Era él y solo él. Increíblemente, lo que trajo tantas desgracias al pueblo libio puede ser quizás la fuente de unificación que tanto necesitan.

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