Terremoto en Panamá

Penonomé entre escombros y calles vacías

Un trabajador del mercado público todavía sentía en los pies el movimiento de la tierra cuando habló con su hijo. Mientras él intentaba descansar lejos de su puesto, Penonomé amanecía con calles vacías, el hospital bajo evaluación y edificios afectados por el terremoto

Las calles estaban vacías, el mercado público permanecía cerrado y las cintas amarillas advertían que no se debía pasar por algunas zonas. En la entrada de Penonomé, la bandera de Coclé permanecía sin flamear. Era sábado 10 de octubre, un día después del terremoto de magnitud 7.5 que sacudió al país, con epicentro en La Pitaloza, provincia de Los Santos.

El calor sofocante, después de una lluvia persistente, acompañaba las labores de decenas de miembros de los estamentos de seguridad. Mientras avanzaban las evaluaciones de los daños, se instalaban hospitales modulares para atender a los pacientes del Hospital Aquilino Tejeira, quienes habían pasado la noche fuera de las instalaciones.

Pacientes afuera del Hospital Aquilino Tejeira.

Penonomé intentaba entender lo ocurrido. En el hotel Dos Continentes, cuatro vehículos habían quedado bajo los escombros, según la información recogida en el lugar. En otros puntos, los edificios afectados y las áreas restringidas recordaban que, aunque la tierra había dejado de moverse, la emergencia continuaba.

A unos 14 kilómetros del centro del distrito, un hombre de más de 60 años pasaba el sábado en casa. Su jornada habitual comienza a las cuatro de la madrugada, cuando se prepara para ir al mercado público. Lleva años trabajando y sus días libres son contados: el 25 de diciembre y el 1 de enero.

Pero ese sábado no fue a trabajar.

Todavía no sabía cómo había quedado su local después del terremoto. Su familia estaba bien, y eso era lo importante. Lo demás tendría que esperar.

En una conversación con su hijo, el hombre intentaba reconstruir lo vivido el día anterior. Recordaba los sombreros y las canastas que terminaron regados por el suelo del mercado, la escalera que se balanceaba de un lado a otro y el momento en que bajó sujetando de la mano a Yesi para evitar que cayera.

Ya en el exterior, vio cómo un vehículo se levantaba de un lado y luego del otro, como si alguien lo sacudiera con fuerza. Los cables eléctricos chocaban entre sí y los postes se mecían al ritmo del movimiento.

“Yo veía que un carro se levantaba de la calle”, relató al recordar una de las escenas que más lo impresionaron.

El hotel Dos Continentes colapsó parcialmente.

El temor no terminó cuando cesó el sismo. Durante la noche, la sensación del movimiento seguía presente. El hombre consiguió dormir cerca de la una o las dos de la madrugada, pero al cerrar los ojos volvía a sentir en los pies lo que había experimentado en el mercado.

“Esa sensación que tenía de lo que pasó ayer no me deja dormir”, le contó a su hijo.

La mañana siguiente lo encontró lejos de su puesto de trabajo, sin saber qué encontraría cuando pudiera regresar. Para alguien acostumbrado a levantarse antes del amanecer y trabajar prácticamente todos los días, quedarse en casa era una ruptura excepcional de la rutina. El terremoto había alterado incluso el calendario de quienes rara vez se permiten descansar.

Su testimonio coincidía con una ciudad que tampoco había recuperado su ritmo habitual. El mercado cerrado interrumpía la actividad de comerciantes y compradores, mientras las cintas amarillas delimitaban espacios donde el acceso estaba restringido. En el hospital, los equipos trabajaban para habilitar áreas alternativas de atención y mantener los servicios sanitarios.

La Iglesia de San Juan Bautista en Antón también sufrió daños.

El balance preliminar presentado ese sábado por el gobernador de Coclé, Irving González, daba una dimensión provincial de lo ocurrido: 137 incidencias, 86 viviendas con daños y 17 personas lesionadas. No se habían reportado fallecidos en la provincia. También se contabilizaban afectaciones en tres hospitales, cuatro escuelas en evaluación y cuatro instalaciones hoteleras.

La sede de la Gobernación, un edificio con más de un siglo de historia, también sufrió daños. Ingenieros y arquitectos continuaban inspeccionando estructuras para determinar su estado, mientras el aeropuerto de Penonomé funcionaba como centro de acopio para recibir donaciones y ayuda humanitaria.

Las cifras todavía eran preliminares. Los equipos seguían recorriendo la provincia para evaluar viviendas, hospitales y edificios públicos y privados.

A unos kilómetros del centro, el hombre esperaba el momento de regresar al mercado. No sabía cómo encontraría su local ni cuánto trabajo necesitaría para recuperar lo que había quedado fuera de lugar. Sí sabía que él y su familia estaban bien.

En Penonomé, un día después del terremoto, esa certeza convivía con las calles vacías, los edificios bajo inspección y la incertidumbre de quienes todavía no podían volver a sus actividades. La tierra había dejado de temblar, pero el pueblo aún intentaba recuperar el pulso.

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