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- 14/06/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Cuando se habla de las expresiones más auténticas de la identidad panameña, pocas poseen la profundidad histórica, el arraigo popular y la riqueza cultural de la décima.
Durante más de cuatro siglos, esta forma de poesía cantada ha acompañado la vida de generaciones de panameños, especialmente en las regiones rurales del país, convirtiéndose en un vehículo para transmitir conocimientos, preservar la memoria colectiva y expresar los sentimientos de quienes encontraron en los versos una manera de interpretar el mundo.
La historia de la décima en Panamá está estrechamente vinculada a los procesos de mestizaje cultural que dieron forma a la nación. Aunque sus orígenes se encuentran en España, fue en el interior panameño donde esta manifestación artística adquirió características propias hasta convertirse en uno de los símbolos más representativos del folclore nacional.
De acuerdo con las investigaciones de los folcloristas Manuel F. Zárate y Dora Pérez de Zárate en La décima y la copla en Panamá, la décima llegó al istmo durante la época colonial, como parte del amplio conjunto de tradiciones culturales introducidas por los españoles en América.
Su antecedente más conocido es la llamada décima espinela, una estructura poética popularizada en el siglo XVI por el escritor español Vicente Espinel. Esta composición consta de diez versos octosílabos organizados bajo un esquema específico de rima que exige habilidad técnica y creatividad por parte del poeta.
Sin embargo, al igual que ocurrió con muchas otras expresiones culturales importadas desde Europa, la décima no permaneció intacta. Con el paso de los años fue apropiada por las comunidades locales, que la adaptaron a sus propias realidades, preocupaciones y formas de comunicación.
En Panamá, la tradición encontró un terreno especialmente fértil en las zonas rurales de provincias como Los Santos, Herrera, Veraguas, Coclé y Chiriquí, donde las actividades agrícolas y ganaderas marcaron el ritmo de vida de las comunidades durante siglos.
Allí, lejos de los centros urbanos y en una época en la que gran parte de la población tenía acceso limitado a la educación formal, la oralidad desempeñó un papel fundamental en la transmisión de conocimientos y valores. La décima se convirtió entonces en una herramienta de comunicación tan importante como los libros o los periódicos.
Para comprender la relevancia de la décima en Panamá es necesario entender que nunca fue simplemente una forma de entretenimiento.
Las investigaciones recopiladas por Zárate muestran que los campesinos utilizaban la décima para documentar prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana. Los versos relataban historias de amor, conflictos familiares, acontecimientos políticos, sucesos extraordinarios, tragedias, celebraciones religiosas y experiencias personales.
En muchas comunidades rurales, las décimas funcionaban como una especie de archivo oral colectivo. A través de ellas se preservaban acontecimientos importantes que, de otra manera, podrían haber desaparecido de la memoria popular.
Los compositores campesinos también aprovechaban esta forma poética para transmitir enseñanzas morales y reflexiones filosóficas. Era común encontrar décimas dedicadas al trabajo, la honestidad, el respeto a los mayores, la fe religiosa o las dificultades de la existencia humana.
Esta capacidad para abordar cualquier tema explica en gran medida por qué la décima logró mantenerse vigente durante tantos años. Su flexibilidad permitía que cada generación la utilizara para expresar sus propias inquietudes sin perder el vínculo con la tradición.
Con el desarrollo de esta tradición surgió una figura central dentro de la cultura popular panameña: el trovador.
A diferencia del poeta que escribe sus versos con tiempo para corregirlos y perfeccionarlos, el trovador improvisa. Debe construir décimas completas de manera instantánea, respetando las reglas de la métrica y la rima mientras responde a un tema específico o a los versos de otro cantador.
Esta habilidad convirtió a los trovadores en personajes muy respetados dentro de las comunidades rurales.
La improvisación requería una combinación poco común de talento literario, rapidez mental, memoria y conocimiento de la realidad social. Un buen trovador debía ser capaz de argumentar, persuadir, responder críticas e incluso hacer humor sin perder la estructura formal de la décima.
Con el tiempo, los enfrentamientos amistosos entre trovadores dieron origen a una de las tradiciones más emblemáticas del folclore panameño: las cantaderas.
Las cantaderas constituyen uno de los espacios más importantes para el desarrollo de la décima improvisada.
En estos encuentros, dos o más trovadores sostienen un intercambio de versos frente a una audiencia que evalúa su creatividad, ingenio y capacidad de respuesta.
Aunque para el espectador puede parecer una actividad espontánea y ligera, la improvisación exige un alto nivel de dominio técnico. Los participantes deben construir versos coherentes, respetar la métrica tradicional y responder de manera inmediata a los planteamientos de sus adversarios.
Las cantaderas también han funcionado históricamente como espacios de debate público. A través de ellas se comentaban acontecimientos políticos, problemas comunitarios o situaciones de interés general.
En muchos casos, los trovadores se convertían en portavoces de las preocupaciones de la población rural, utilizando el humor y la poesía para expresar críticas sociales que de otro modo resultarían difíciles de comunicar.
Una de las características que distingue a la décima panameña de otras tradiciones similares en América Latina es su estrecha relación con la música.
Mientras en algunos países la décima se conserva principalmente como una forma literaria, en Panamá evolucionó hacia una expresión artística en la que poesía y música resultan inseparables.
El instrumento más representativo de esta tradición es la mejorana, considerada uno de los símbolos musicales del país.
Con sus cinco cuerdas y su particular sonoridad, la mejorana acompaña tradicionalmente el canto de las décimas y las cantaderas. Junto a ella también participan instrumentos como la guitarra y el violín campesino.
A partir de esta relación entre verso y música surgieron los llamados torrentes, estilos melódicos propios que sirven de base para la interpretación de las décimas.
Cada región desarrolló variaciones particulares, enriqueciendo el patrimonio cultural asociado a esta manifestación artística. Los torrentes constituyen hoy uno de los elementos más distintivos de la décima panameña y una muestra de la creatividad desarrollada por las comunidades rurales a lo largo de generaciones.
El siglo XX trajo consigo profundas transformaciones para la sociedad panameña.
La expansión de las ciudades, la construcción de nuevas vías de comunicación y el surgimiento de los medios masivos modificaron significativamente la vida en el campo. Sin embargo, lejos de desaparecer, la décima encontró nuevas formas de adaptación.
La radio desempeñó un papel fundamental en este proceso. Gracias a las transmisiones radiales, los trovadores pudieron llegar a audiencias mucho más amplias que las que reunían las tradicionales cantaderas. Miles de panameños comenzaron a escuchar décimas desde sus hogares, incluso en lugares alejados de las zonas donde esta tradición había nacido.
La aparición de grabaciones discográficas también permitió conservar composiciones que anteriormente dependían exclusivamente de la memoria oral.
Durante este período surgieron figuras que contribuyeron a popularizar la décima en todo el país, fortaleciendo su presencia dentro de la cultura nacional.
A medida que Panamá enfrentaba nuevos desafíos políticos y sociales, la décima amplió aún más su repertorio temático.
Los trovadores comenzaron a dedicar composiciones a acontecimientos históricos, luchas populares y debates nacionales. Temas como la soberanía sobre el Canal de Panamá, los cambios políticos o las transformaciones económicas encontraron espacio dentro de los versos campesinos.
De esta manera, la décima dejó de ser únicamente una expresión vinculada al ámbito rural para convertirse también en una herramienta de reflexión sobre el futuro del país.
Los versos improvisados permitieron registrar la manera en que amplios sectores de la población percibían los acontecimientos que marcaban la historia nacional.
Festivales folclóricos, concursos de trovadores, programas culturales y actividades educativas contribuyen actualmente a preservar esta tradición y a promover su transmisión entre las nuevas generaciones.
El reconocimiento institucional también ha fortalecido su importancia dentro de la identidad nacional. La celebración anual del Día del Canto de la Décima Panameña, celebrado el 16 de junio, constituye una muestra del valor que el país otorga a esta manifestación cultural.