Cumbres Borrascosas: la nueva adaptación que reabre el debate sobre el clásico de Emily Brontë

  • 12/02/2026 00:00
La cinta dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi nos transporta a un amor oscuro, cargado de tensiones y pasión desenfrenada en uno de los estrenos más esperados del 2026

Hace meses se escucha el repiqueteo de las olas que trae consigo la nueva adaptación de ‘Cumbres Borrascosas’ (Wuthering Heights, en su idioma original), novela homónima escrita por la novelista inglesa Emily Brontë, y ahora dirigida por la cineasta Emerald Fennell (‘Promising Young Woman’, ‘Saltburn’) en una visión más moderna y cautivadora.

Con el sentido de urgencia y desesperación que Fennell maneja tan bien, ‘Cumbres Borrascosas’ se asienta en su primer acto como una historia de amor entre dos jóvenes que se crían juntos: Catherine Earnshaw (Margot Robbie) es una joven vivaz, extrovertida y de ánimo cambiante que se encuentra perdidamente enamorada de Heathcliff (Jacob Elordi), un joven rescatado por el padre de Catherine y que sirve a su familia, introvertido y de pocas palabras, pero leal a Catherine.

Desde el primer momento como niños, la unión entre Catherine y Heathcliff es palpable: pasan todo el tiempo juntos, visitan las montañas, juegan, se pelean y viven el día a día revoloteando alrededor del otro, sin importarles las miradas de juicio de la siempre presente Nelly (Hong Chau). Sin embargo, Fennell se fija en que sepamos que el amor naciente no es sujeto de una conexión inocente, sino de algo más oscuro, urgente y erótico, que no piensa en las consecuencias sino en la emoción del momento.

A medida que van creciendo, vemos una capa más madura en ambos, y su deseo se va convirtiendo en su principal motivación –y la de Fennell al hacernos testigos de la necesidad entre ambos–, lo que hace que nazca una semilla de posesión y reclamación entre ellos con cada año que pasa. Fennell también hace énfasis en la violencia que sufre Heathcliff, lo que nos hace ver que su imagen ruda y de desdén en una capa de protección y supervivencia en el lugar que se ha convertido en su hogar.

Catherine, ajena al dolor que permea su familia y permanentemente prisionera de sus emociones, se deshace al ver a Heathcliff trabajar o dar machetazos a la madera para el invierno. Es una decisión característica de Fennell cargar sus cintas de una tensión sexual que envuelve cada escena de la cinta, en medio de las miradas taciturnas de Heathcliff y la dureza del rostro de Catherine al no salirse con la suya a veces, hay algo más debajo de sus actitudes: una idea de pertenencia del otro aún cuando todo está en contra.

Saltamos a una adaptación no lineal de los acontecimientos de la novela original, y pese a que Fennell comentó en diversas entrevistas previas al estreno en Estados Unidos que era solamente su “interpretación personal” y no intentaba capturar cada una de las complejas aristas del trabajo de Brontë. A través de sus ojos y su cámara, la historia entre Catherine y Heathcliff asemeja más un amor trágico y tóxico que uno que desear, puesto que ambos se alimentan de la necesidad y el deseo irracional del otro, dejando la razón y las buenas costumbres detrás de la puerta.

Para los amantes de la novela clásica será un poco decepcionante ver tantas partes integrales del trabajo de Brontë siendo excluidas, y con ellas un poco de su mensaje crítico y profundo sobre la crueldad, la venganza y el rencor. Al igual que otras adaptaciones Fennell evita la segunda mitad de la novela –y parte de su comienzo–, en la que los tormentos del romance condenado al fracaso entre Catherine y Heathcliff tienen consecuencias directas en sus descendientes. Fennell también ha abandonado los recursos literarios que hacen del libro de Brontë un ejemplo de narración poco confiable.

Fennell junto al director de fotografía Linus Sandgren y la diseñadora de producción Suzie Davies, pintan a grandes rasgos la escenografía que rodea a los personajes de la cinta. Desatan un ataque de estilo aproximadamente a la mitad de la película, en torno al momento en que Catherine se convierte en la dueña de la Granja Thrushcross. Es entonces que vemos las paredes con el tono exacto de la piel de Catherine (incluso con sus venas azuladas por la palidez), los vestidos que asemejan al látex o al celofán y los colores tan vibrantes que representan su pasión sin medidas o tan pálidos que nos hacen pensar en su fragilidad y vulnerabilidad ante una vida sin control y sin mesura.

La diseñadora de vestuario, Jacqueline Durran, hace milagros con el vestuario de Catherine, mostrándola como la criatura cambiante que es: unos días cubierta en el rojo del amor y la sangre, otros en blanco espectral y frío, y en algunas ocasiones en azules tan oscuros como la noche y los secretos que busca ocultar. A su cuñada, Isabella (Alison Oliver), la viste perpetuamente en rosas y amarillos pasteles, blancos y telas de encajes como a un muñeca de porcelana, alejada de la sociedad y de sí misma hasta que el momento de soltar sus cadenas emocionales arrasa con su identidad.

En medio de todo, el triángulo entre Catherine, Heathcliff y Edgar Linton (Shazad Latif) es uno de odio más que de amor no correspondido o en mal tiempo, sino de dolor y heridas muy profundas para sanar. Edgar se ve como el único en su sano juicio en medio de un matrimonio insípido siendo arrastrado a la incertidumbre por la llegada de Heathcliff y su ilimitada atención hacia Catherine. Todo empeora una vez no se puede contener la tensión y los actos traicioneros acaparan la pantalla para hacernos sonrojar y también juzgar a la pareja que desafía lo correcto por estar juntos, solo para perderse nuevamente.

Fennell arrastra en su narrativa una historia diferente, caótica, pero sin peso más allá de las dos horas de duración. Robbie y Elordi tratan continuamente de transmitir esa pasión que el guión seguramente les requería, pero sin una gravedad que la sostenga, su química es inmemorable y más que nada se planta en la retina las vistas de un Elordi desecho por las propias acciones de su personaje, sin un final gratificante ni completo.

Será cuestión de verla para entender, de ser posible, aquella visión que Fennell tuvo y que simplemente decidió tomar el nombre de ‘Wuthering Heights’.

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