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- 16/08/2026 00:00
El término Palantir proviene de los “palantíri” de la novela “El Señor de los Anillos” de John Ronald Reuel Tolkien. Los palantíri son piedras que permiten observar acontecimientos a distancia. La metáfora encaja con la idea de observar patrones ocultos en enormes conjuntos de datos (minería de datos). Sin embargo, el llamado “Manifiesto de Palantir”, publicado el 22 de abril del año en curso, constituye una síntesis de las ideas desarrolladas por Alex Karp y Nicholas Zamiska en su libro “The Technological Republic”.
Este manifiesto constituye algo más que una declaración corporativa de Palantir Technologies. Se presenta como una intervención ideológica sobre el destino de Occidente (Estados Unidos), la relación entre tecnología y poder estatal, y el papel de las élites técnicas en la conducción de la sociedad.
El texto defiende una estrecha alianza entre empresas tecnológicas, aparato militar y Estado, reivindicando la necesidad de una movilización civilizacional frente a las supuestas amenazas externas (China y Rusia) e internas (las ideas progresistas). Desde una perspectiva sociológica, el interés del manifiesto no reside tanto en sus afirmaciones explícitas, sino en la visión del orden social que presupone.
Uno de los rasgos centrales del documento es la transformación de problemas políticos en problemas técnicos. La seguridad, la gobernanza y la competencia geopolítica aparecen como cuestiones susceptibles de ser resueltas mediante sistemas de información, inteligencia artificial y capacidades analíticas avanzadas. Esta lógica recuerda lo que Jürgen Habermas denominó la “colonización del mundo de la vida”, es decir, la sustitución de la deliberación política por criterios instrumentales de eficiencia.
En el manifiesto, la legitimidad parece derivar menos del consentimiento democrático que de la capacidad técnica para producir resultados. En él, la figura del ciudadano es desplazada por la del operador y la política se redefine como gestión. El problema sociológico aquí surge cuando las decisiones colectivas se presentan como cuestiones técnicas, haciendo desaparecer el conflicto legítimo sobre valores, intereses y fines sociales. Lo que se pierde en sus planteamientos no es únicamente la participación, también el pluralismo.
El manifiesto sostiene que Silicon Valley tiene una obligación moral de colaborar con la defensa nacional de Estados Unidos y critica el distanciamiento entre las élites tecnológicas y los intereses estratégicos del Estado. Esta posición supone una redefinición del papel de las élites. Ya no se trata únicamente de empresarios que producen bienes y servicios mediante la explotación de la fuerza de trabajo, sino de actores que reclaman autoridad para orientar el rumbo de la civilización.
En términos de la sociología de las élites, estamos ante una aspiración de poder epistemológico, es decir, quienes controlan los sistemas de información se presentan también como quienes mejor comprenden la realidad y, por tanto, como quienes están más capacitados para gobernarla. La paradoja es que el manifiesto critica a las élites tradicionales mientras propone una nueva forma de elitismo basada en el conocimiento técnico. El resultado es una concepción meritocrática del poder que puede terminar reduciendo la legitimidad democrática a una cuestión de competencia tecnológica.
Palantir ocupa una posición singular en el capitalismo contemporáneo porque su negocio consiste en convertir datos en capacidad de intervención. Sus plataformas integran información dispersa para producir modelos de decisión utilizados por gobiernos, fuerzas armadas y organizaciones complejas. El manifiesto refleja esta racionalidad.
La sociedad aparece como un conjunto de flujos de información susceptibles de ser observados, modelizados y gestionados. Desde Michel Foucault podría afirmarse que el documento expresa una nueva fase de la gubernamentalidad, es decir, el paso desde la disciplina hacia formas algorítmicas de control basadas en la predicción y la anticipación.
El manifiesto es una guía para materializar el “Mundo Feliz” de Aldous Huxley. El riesgo no es únicamente la vigilancia, sino la naturalización de la idea de que la realidad social puede ser gobernada mediante sistemas que identifican patrones antes de que los actores mismos los reconozcan. En ese contexto, la autonomía individual y la incertidumbre democrática comienzan a ser percibidas como ineficiencias.
El manifiesto está estructurado alrededor de una narrativa de amenaza. Occidente aparece inmerso en una competencia existencial con adversarios externos; la tecnología militar y la inteligencia artificial son presentadas como condiciones indispensables para la supervivencia colectiva. Desde la sociología política, esta narrativa cumple una función específica, específicamente la de producir cohesión mediante la construcción de un enemigo.
Carl Schmitt sostenía que toda comunidad política se organiza alrededor de la distinción entre amigo y enemigo. El manifiesto adopta implícitamente esta lógica y la traslada al ámbito tecnológico. Sin embargo, una sociedad movilizada permanentemente frente a amenazas corre el riesgo de normalizar la excepcionalidad. Cuando la seguridad se convierte en principio organizador de la vida colectiva, otros valores (igualdad, libertad, deliberación pública) tienden a subordinarse a ella.
Uno de los aspectos más controvertidos del manifiesto es su referencia a culturas consideradas más o menos funcionales para el progreso social. Diversos críticos han señalado que el texto sugiere la existencia de culturas superiores e inferiores en términos de desempeño histórico. Desde una perspectiva sociológica, esta posición reintroduce una forma de evolucionismo cultural.
Las diferencias históricas entre sociedades son interpretadas como indicadores de mérito cultural antes que, como resultados de procesos complejos relacionados con colonialismo, estructura económica, instituciones y relaciones de poder. Pierre Bourdieu mostró que las clasificaciones culturales suelen funcionar como mecanismos de legitimación de desigualdades. El manifiesto corre precisamente ese riesgo, es decir, de transformar relaciones históricas contingentes en jerarquías aparentemente naturales.
Más profundamente, el documento expresa una transformación del capitalismo contemporáneo. Mientras el capitalismo industrial se legitimaba mediante la producción y el empleo, y el financiero mediante la promesa de eficiencia económica, el capitalismo de plataformas de seguridad se legitima mediante la protección frente al riesgo.
Palantir representa una forma particularmente avanzada de este proceso: la producción de conocimiento estratégico como mercancía. En este modelo, la seguridad deja de ser exclusivamente una función estatal y se convierte en un mercado. Cuando funciones esenciales del poder público dependen crecientemente de empresas privadas, la frontera entre interés público e interés corporativo se vuelve difusa. La cuestión central ya no es quién gobierna, sino quién posee la infraestructura cognitiva mediante la cual se toman las decisiones.
El Manifiesto de Palantir no debe leerse simplemente como un programa empresarial ni como una provocación ideológica. Constituye una expresión particularmente clara de una nueva configuración del poder en el siglo XXI, es decir, de la convergencia entre Estado, tecnología, inteligencia artificial y capital privado.
Su importancia sociológica radica en que propone una visión del orden social donde la legitimidad proviene de la capacidad técnica, la seguridad ocupa el centro de la vida política y las élites tecnológicas adquieren una autoridad casi civilizacional. Frente a ello, la cuestión fundamental no es si la tecnología debe participar en la gobernanza contemporánea (algo inevitable), sino bajo qué mecanismos de control democrático, rendición de cuentas y deliberación pública puede hacerlo sin sustituir a la política misma.
El autor es Sociólogo. Docente e investigador de la Universidad de Panamá