Bolívar, el Congreso Anfictiónico y la soberanía sobre el Canal de Panamá (III)

Parte expositiva de la ponencia presentada en el V Congreso Internacional de Sociedades Bolivarianas, reunidas en Panamá, en conmemoración del Sesquicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá – 1976

Si Bolivar jamás pensó en transferir la soberanía del Istmo de Panamá a Inglaterra ¿Por qué, cabe preguntar escribió a Hyslop acerca de la posibilidad de “entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de estos países el centro del universo por medio de la apertura de canales, que, rompiendo los diques de uno a otro mar, acerquen las distancias más remotas y hagan permanente el imperio de la Inglaterra sobre el comercio”?

La respuesta es sencilla: Bolívar ciertamente no era jurista, pero sus escritos revelan que él era poseedor de una vasta cultura. Ahora bien: Desde un punto de vista estrictamente jurídico se debe distinguir entre las obligaciones de “dar” y las de “entregar”. Y se debe distinguir entre las unas y las otras, ya que mientras las primeras implican la transferencia del dominio de una cosa o, lo que es igual, la constitución de un derecho real sobre ella; las segundas se contraen tan solo a poner en poder de otro una cosa, sin que tal entrega física o manual implique transferencia de dominio o constitución de derechos reales. De lo dicho se infiere, por consiguiente, que las acusaciones contra Bolivar habrían estado plenamente justificadas de haber él hablado de dar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua; pero carecen de toda justificación desde el momento que empleó un vocablo que jurídicamente – ni gramaticalmente tampoco – encierra cesión de soberanía. Pero el quid, la clave, la esencia del pensamiento del Libertador no solo está en el empleo de la palabra entregar. El quid, la clave, la esencia del pensamiento del Libertador lo encontramos también en el párrafo siguiente al que comentamos, en el que Bolivar agregó:

“He dicho ligeramente lo que me ha parecido convenir por ahora al comercio de la nación a que usted tiene el honor de pertenecer, y aunque hubiera deseado extenderme sobre las cosas más importantes a nuestros respectivos países, no he juzgado oportuno hacerlo hasta que las circunstancias no mejoren la causa americana”.

Dicho, en otros términos, cuando Bolivar habló de entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, no solamente empleo un término que no implicaba transferencia de soberanía, sino que aclaró, como si fuera poco, que se había limitado a decir ligeramente lo que le había parecido convenir al comercio de la Gran Bretaña. Mas el Libertador no juzgó oportuno decir, en ese momento lo que convenía a Hispanoamérica o a la Costa – Firme, para usar sus mismas palabras, dentro de la liga o alianza que él concibió con Inglaterra, sin que tal liga o alianza envolviera cesión de territorios, a juzgar por sus numerosos escritos. Además de las consideraciones expuestas, parte de la respuesta a la pregunta antes formulada la encontramos en la misma carta del 19 de mayo de 1815, tantas veces aludida, y el resto en la copiosa correspondencia del Libertador, en la que él pone de manifiesto, en forma clara, su criterio con relación al papel que debería haber desempeñado Inglaterra en la independencia de Hispanoamérica.

En efecto, en la carta para Hyslop el Libertador hizo una “relación de los últimos sucesos de la Nueva Granada y del estado ... de la Costa Firme”, en la que campeaba el pesimismo. ¿Razón? Venezuela había sido nuevamente ocupada por las armas españolas. La autoridad de Bolivar había sido desconocida de hecho en Cartagena por el General Castillo, quien le impidió tomar posesión de dicha plaza, desatándose así una guerra civil. Para impedir que las hostilidades fratricidas beneficiaran al enemigo común, Bolivar renunció al mando de sus tropas y abandonó el país, dirigiendo en esta forma, voluntariamente, sus pasos hacia un duro destierro. Pero los males de la Costa – Firme no terminaban con la simple ausencia del Libertador. La Nueva Granada no contaba con fuerzas suficientes para defender sus fronteras. Las de los españoles, en cambio, habían sido reforzadas en Venezuela y en Santa Marta con tropas del general Morillo, todo lo cual hizo pensar a Bolívar que “si el general Morillo” obraba “con acierto y celeridad, la restauración del gobierno español en la América del Sur” parecía “infalible”.

Siendo este el cuadro doloroso de nuestra América no debe causar asombro que Bolivar dirigiera la mirada a Inglaterra. El sabía que ella había sido enemiga tradicional de España y Francia. El también sabía que William Pitt había dado los recursos económicos que permitieron a Miranda tratar de desembocar en Puerto Cabello (1806), en su primer intento de libertar a su patria. El no podría olvidar que el gobierno democrático puso a su disposición la corbeta real Sapphire para que le transportara de Inglaterra a Venezuela (1810), cuando junto con Luis López Méndez y Andrés Bello se dirigió a Londres en busca del Precursor, ni podía olvidar tampoco que tanto él como López Méndez fueron recibidos por el Marquez de Wellesley, ministro de estado de su majestad británica, a pesar de ser en ese entonces la Gran Bretaña aliada de España en su guerra contra Napoleón (1810). El, además, sentía que la independencia de la América meridional era fundamental para la Gran Bretaña, cuyo “peso en la balanza política” habría de aumentar haciendo disminuir, al mismo tiempo, “rápidamente el de sus enemigos, que indirecta o inevitablemente” vendrían a esta parte del mundo “a hacer refluir sobre la Inglaterra una prepotencia mercantil y un aumento de fuerzas militares capaces de mantener al coloso que abraza todas las partes del mundo”. No por otra razón, ocho días después de la carta a Hyslop, Bolívar escribió a Sir Ricardo Wellesley:

“¡El equilibrio del universo y el interés de la Gran Bretaña, se encuentran perfectamente de acuerdo con la salvación de la América! ¡Que inmensa perspectiva ofrece mi patria a sus defensores y amigos! Ciencias, artes, industria, cultura, todo lo que en el día hace la gloria y excita la admiración de los hombres en el continente europeo, volará a América. La Inglaterra, casi exclusivamente, verá refluir en su país las prosperidades del hemisferio que, casi exclusivamente, debe contarla por su bienhechora”.

Y más adelante agregó:

“Si me hubiese quedado un solo rayo de esperanza de que la América pudiese triunfar por si sola, ninguno habría ambicionado más que yo el honor de servir a mi país, sin degradarle a la humillación de solicitar una protección extraña. Esta es la causa de mi separación de la Costa – Firme. Vengo a procurar auxilios: Iré en su busca a esa soberbia capital (Londres); si fuese preciso marcharé hasta el polo; y si todos son insensibles a la voz de la humanidad, habré llenado mi deber, aunque inútilmente y volveré a morir combatiendo en mi patria”.

Pero no se crea que Bolivar no estaba consciente de los peligros que la protección británica podría implicar para los estados hispanoamericanos. Bolivar estaba tan consciente de tales peligros, que, años después, en carta para José Rafael Ravenga, de 17 de febrero de 1826, expresó:

“Por ahora me parece que nos dará una gran importancia y mucha respetabilidad la alianza de la Gran Bretaña, porque bajo su sombra podremos crecer, hacernos hombres, instruirnos y fortalecernos para presentarnos entre las naciones en el grado de civilización y de poder, que son necesarios a un gran pueblo. Pero estas ventajas no disipan los temores de que esa poderosa nación sea en lo futuro soberana de los consejos y decisiones de la asamblea; que su voz sea la mas penetrante, y que su voluntad y sus intereses sean el alma de la confederación, que no se atreverá a disgustarla por no buscar ni echarse encima un enemigo irresistible. Este es, en mi concepto, el mayor peligro que hay en mezclar a una nación tan fuerte con otras tan débiles”.

Sin ignorar, pues, los peligros que ello podría haber representado, Bolivar busco una liga, una alianza, una confederación con la Gran Bretaña, para que, bajo la protección de esta poderosa nación, Hispanoamérica pudiera haber cumplido con el papel histórico que debió desempeñar en el mundo. Y no contando Hispanoamérica con los recursos que le habrían podido permitir construir un canal interoceánico, pensó, claro está, en Inglaterra como constructora y operadora de ese canal, pero sin que dicha operación y construcción implicarán cesión de soberanía. Por ello, precisamente, Bolívar habló de entregar – y no de dar – las provincias de Panamá y Nicaragua al gobierno británico. Por ello, precisamente, a parte de las apreciaciones equivocadas que han podido inferirse de la carta a Hyslop, en los numerosos escritos de Bolivar no hay nada que pueda servir a sus detractores para imputarle propósitos entreguistas.

Ficha

Nombre: Julio E. Linares

Ocupación: Diplomático y político. Profesó la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad de Panamá, donde fue secretario,vicedecano y decano interino. Fue diputado a la Asamblea Nacional, miembro principal del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores, presidente de la Junta Directiva del Instituto de Vivienda y Urbanismo y de la Junta de Control de Juegos, ministro Consejero de la Delegación Permanente de Panamá ante la O.N.U., gobernador de Panamá ante el Banco Mundial, representante titular de Panamá ante el Consejo Interamericano Económico y Social, y ante la V Asamblea de Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo, donde fue electo presidente de la misma. Fue ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Hacienda y Tesoro y Ministro Interino de Trabajo y Bienestar Social. Socio del Bufete de Abogados Tapia, Linares y Alfaro, Presidente del Club Unión, presidente del Partido Nacionalista, secretario General del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional, miembro del International Law Association, de The American Society of International Law, de la Academia Panameña de Derecho, del Colegio Nacional de Abogados, del Instituto Panameño de Cultura Hispánica, de la Sociedad Bolivariana de Panamá, del Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, de la Academia Panameña de la Historia, de la Asociación Argentina de Derecho Internacional, del Club Activo 20-30 de Panamá y del Club Kiwanis de Panamá. Obras: La Casación Civil en la Legislación Panameña (1968), Derecho Internacional Público (1977), Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al funcionamiento del Canal de Panamá (1983) y Enrique Linares en la Historia Política de Panamá (1869-1949) - Calvario de un pueblo por afianzar su soberanía (1989).

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