Después del terremoto: las réplicas emocionales que Colombia todavía lleva por dentro

  • 15/08/2026 00:00
A sus 53 años, Lucía Rojas sobrevivió al sismo en Cali; cuatro días después, relatos ajenos sobre hogares destruidos prolongan su miedo

El semáforo seguía en rojo cuando el mundo comenzó a moverse. Lucía Rojas iba en motocicleta hacia su oficina, como cualquier lunes, esperando que cambiara la luz para continuar. Primero sintió una vibración leve, algo que no alcanzó a identificar. Luego levantó la mirada y vio las luces suspendidas balancearse con una fuerza imposible. Entonces llegó el cimbronazo.

“Empezó despacio. Nunca pensé que fuera a ser tan duro”, recuerda en llamada telefónica con ‘La Decana’.

Quiso orillarse, bajarse de la moto, encontrar un lugar seguro. No pudo. A su alrededor, Cali se llenó de bocinas, motores y gritos. Los conductores intentaban avanzar mientras ella permanecía inmóvil, aferrada al vehículo, mirando cómo la ciudad perdía durante largos segundos la estabilidad que siempre había dado por sentada.

Cuando terminó el movimiento, Lucía tampoco sabía hacia dónde ir. Avanzó por instinto hasta que una pregunta atravesó el desconcierto: ¿dónde estaban su madre y su hija? Dio vuelta y condujo entre carros y motocicletas que circulaban desesperadamente. Encontró primero a su madre. Estaba bien. Pero su hija no respondía.

La señal telefónica había colapsado. Lucía fue a buscarla al trabajo, cerca de casa. Allí supo que había tenido que bajar corriendo desde un cuarto piso junto con varios pacientes. Estaba viva, aunque emocionalmente golpeada. Las tres estaban a salvo. En medio del desastre, esa certeza se convirtió en refugio.

El terremoto de magnitud 7,4 ocurrió el lunes 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El balance oficial divulgado este viernes elevó la tragedia a 281 fallecidos, 3.971 heridos y 379 desaparecidos. Más de 102.000 personas resultaron directamente afectadas y casi 45.000 familias sufrieron sus consecuencias. Las autoridades contabilizan 10.677 viviendas destruidas, 65.841 dañadas y 127 edificios colapsados.

Cali figura entre las ciudades más golpeadas. Los derrumbes, las evacuaciones y los servicios interrumpidos cambiaron el ritmo cotidiano, mientras las réplicas mantienen alerta a quienes sobrevivieron al primer sacudón. Aunque una estructura permanezca en pie, explica la experiencia de Lucía, quienes estuvieron dentro o cerca pueden sentir que el peligro todavía no se ha marchado por completo.

Lucía, sin embargo, todavía tuvo que llegar a la inmobiliaria donde trabaja. Como era la encargada de abrir, permaneció allí sin agua ni electricidad, esperando instrucciones. A las once de la mañana les permitieron regresar. En casa dejaron la puerta abierta durante todo el día y prepararon lo necesario para escapar si la tierra volvía a sacudirse.

Sintieron una réplica, menos intensa. Pero el miedo no se mide únicamente por la magnitud. Desde aquel lunes, cualquier movimiento, sonido o relato parece prolongar el terremoto.

Cuatro días después, Lucía evita acercarse a los sectores más destruidos. No necesita hacerlo para conocer la dimensión de la emergencia: todos los días llega hasta su escritorio, encarnada en personas que perdieron sus viviendas o no pueden ingresar a edificios sellados.

“Es terrible escuchar a la gente”, dice. Entonces llora.

Anteayer atendió a 25 personas; al día siguiente fueron 35. Llegan desesperadas, muestran fotografías y preguntan qué pueden hacer. Hay inquilinos sin lugar adonde regresar y propietarios que descubren que aquello construido durante años puede desaparecer en segundos. Lucía escucha cada historia mientras intenta sostener también la suya.

Uno de esos propietarios le habló de un edificio derrumbado cerca de Cuarto de Legua. Allí vivían unos jóvenes que, según el relato recibido por ella, no alcanzaron a salir. Lucía no vio el colapso, pero desde entonces carga también con aquella imagen prestada, como carga con las fotos mostradas por sus clientes y con el sonido de sus llantos.

Los equipos de rescate continúan trabajando en las zonas donde todavía podría haber sobrevivientes. Tras superar las primeras 72 horas, las posibilidades disminuyen, pero las cuadrillas hacen pausas de silencio para escuchar señales bajo los escombros. En otros puntos comenzaron a utilizar maquinaria pesada. Hasta ahora, 348 personas han sido rescatadas con vida.

A sus 53 años, Lucía nunca había sentido algo semejante. Dice que quedó traumatizada, aunque está bien. La contradicción resume estos días: estar viva y seguir asustada; agradecer que la familia esté completa mientras otros llegan contando pérdidas; regresar al trabajo cuando la normalidad ya no existe.

“Gracias a Dios estamos bien. Eso es lo que importa”, repite.

Pero ahora sabe que un terremoto no termina cuando deja de moverse el suelo. Continúa en una puerta que permanece abierta, en el teléfono que no contesta, en el impulso de buscar a la madre, en las historias de desconocidos que rompen la voz. Y también en cada semáforo que vuelve a balancearse dentro de la memoria.

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