En busca de las raíces lejanas

Las mujeres ataviadas con sus saris multicolores, cantando en gujarati a veces y en hindi otras, bailan marcando el ritmo con palmadas e...

Las mujeres ataviadas con sus saris multicolores, cantando en gujarati a veces y en hindi otras, bailan marcando el ritmo con palmadas en una rueda interminable que gira y gira en contravía al círculo de los hombres, más pequeño, y cuyos movimientos son más rápidos y en pequeños saltos. Las voces masculinas se unen a las femeninas y a las del grupo de músicos que canta estrofas litúrgicas, y toca tambores, panderetas y chinchines.

Es la fiesta del Dios Ganesh, una de las más populares de la India y de muchos países de Asia, celebrada cada año a partir del 23 de agosto durante 11 días, por los devotos hinduistas de Panamá en el templo Radha Krishna, de la Tumba Muerto. La ceremonia en honor al dios elefante, hijo de Shiva y Parvati, protector de negocios y estudios, y a quien se invoca para cualquier emprendimiento, finaliza cuando decenas de devotos se dirigen a la playa de Veracruz y llevan las imágenes del dios al mar, simbolizando un ritual de despedida mediante el cual Ganesh parte hacia su morada arrastrando con él penas y miserias.

Durante cada uno de los diez días que dura la fiesta, hombres, mujeres y niños se reunen en el templo para participar de los cánticos y danzas rituales por varias horas y compartir al anochecer una comida colectiva. En el templo está prohibido comer carne y beber licor y es tradicional en estas festividades servir ladu, dulce confeccionado a base de raspadura, jengibre y harina integral de trigo en forma de bola, que es el preferido de Ganesh, cuya imagen sostiene uno de ellos en su mano.

Ganesh es un dios bonachón y glotón, y un luchador feroz contra el mal. La tradición cuenta que cuando nació, su madre Parvati le encargó cuidar su casa y él muy responsablemente, no le permitió la entrada a su padre Shiva, a quien no reconoció, por lo cual Shiva le cortó la cabeza, sin saber que era su hijo. Ante el dolor, la madre amenazó con destruir el universo y Shiva prometió ponerle a su hijo la cabeza del primer ser vivo que se presentara, el cual resultó ser un elefante. Por eso Ganesh es el “dios cabeza de elefante”.

Este año fue la primera vez que el templo hindú celebró como tal la fiesta del dios Ganesh, para lo cual se trajo de la India una imagen de algo más de metro y medio de altura, confeccionada en barro, la cual acompañada de otras dos imágenes más pequeñas presidió las fiestas durante los 11 días en el templo. Ataviado con un pantalón amarillo y collares de flores multicolores, el dios inició su último viaje en hombros de varios devotos que, cantando alabanzas, lo llevaron en procesión seguidos del resto de la comunidad hasta el camión que lo trasladaría a Veracruz.

En la playa, donde ya esperaban varias familias, depositaron la imagen en la orilla del mar y, entre cánticos y vítores, realizaron una breve ceremonia presidida por el swami (sacerdote) Bakulesh Vyas. Un polvo rojo, color de Ganesh, teñía el paisaje, el rostro, la ropa y el pelo de los danzantes. Dos lanchas esperaban en el agua, y allí fueron instaladas las imágenes para realizar su último viaje de regreso a casa. A unos cien metros mar adentro, Ganesh fue lanzado al mar. En la playa las mujeres cantaban y bailaban en una última ronda de alabanza.

UNA TRADICIÓN MILENARIA

Así, los cerca de tres mil hinduistas que habitan en Panamá celebran una fiesta milenario que los transporta a la India que dejaron hace más de un siglo cuando llegaron sus ancestros para participar en la construcción del ferrocarril. A muchos de ellos todavía se les enreda el español en la lengua pese a tener varios años residiendo en Panamá, pero a todos les es común el interés por encontrar un sentido de pertenencia en la nueva vida que empezaron cuando partieron de su India natal en busca de mejores horizontes y decidieron establecerse en territorio panameño.

Se trata de otro de los matices que le han otorgado a la piel de los panameños los miles de inmigrantes hindostanes que legaron a Panamá buscando fortuna y quizás también un poco de paz. La primera migración de “culíes” -como se les llamaba a los trabajadores del ferrocarril que hablaban inglés y usaban turbantes blancos- terminado el proyecto, se diseminó por varios puntos del territorio istmeño y se mezcló con los lugareños.

Más adelante, se produjeron otras dos migraciones importantes cuando los franceses concretaron su intención de construir una vía interocéanica y posteriormente cuando Estados Unidos inició su proyecto. Inaugurado el Canal, muchos de los trabajadores hindostanes fueron repatriados, pero otros se quedaron residiendo en Panamá. Los hijos de algunos de los que se fueron, después de casarse en su país de origen, regresaron y hoy han visto nacer a la tercera generación de descendientes.

Pero la corriente migratoria no se ha detenido, y como explica el Secretario General de la Sociedad Hindostana, Manish Bhakta, los que ya residen aquí traen a sus familiares, que a su vez traen a otros parientes. La mayoría de los nuevos inmigrantes proceden del estado de Gujarat y de poblaciones cercanas a la capital, Nueva Dehli.

Una parte de los hindostanes que residen en Panamá pertenece a la religión musulmana y otros son hinduistas. De acuerdo a Ranchod Gokal, propietario de “Sol de la India”, el idioma inglés fue una de las ventajas que facilitó la llegada de los hinduistas al país.

LA COMUNIDAD HINDUISTA HOY

Manish Bhakta comenta que alrededor de un 80% de los hinduistas que viven en Panamá se dedica a la venta de mercancía seca -sábanas, toallas y perfumes- que venden de casa en casa y en oficinas. El 20 % restante, tiene establecimientos comerciales, grandes o pequeños, dependiendo de la ayuda recibida de sus familias y de la capacidad de aquéllas.

Los niños asisten a escuelas regulares de la comunidad donde residen y no tienen un lugar para aprender la tradición hinduista. Esta, en un gran porcentaje se aprende en la familia, dice Bhakta. “Son los hombres mayores, los ancianos quienes transmiten la cultura”, señala.

Para los hindostanes, dice Rosita Shahani, autora del libro 'La comunidad hindostana', “Panamá es su patria, sin olvidar sus raíces. Es el lugar de la tierra que les permitió realizaciones personales, algunas con proyecciones de grandes magnitudes, y en donde han podido presentar la grandeza de la India y de su gente, además de hacerse presente en grandes obras como el ferrocarril transístmico y el canal”.

Según Lal Catlani, ex presidente de la Sociedad Hindostana de Panamá, “hay mucho interés en demostrar que hay integración con la sociedad panameña”. Y el templo Radha Krishna es una prueba de ello. “Aquí no hay discriminación, no pertenece a ningún grupo en particular. Es de la comunidad panameña, es una gran satisfacción que se use el templo y particularmente esta fiesta, la de Ganesh, produce acercamiento cultural entre ambos países”, asegura Catlani.

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