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- 04/10/2015 02:00
El próximo 15 de octubre se conmemoran 150 años de la muerte de Andrés Bello, humanista, jurista y educador que nació en Caracas, Venezuela, pero que los acontecimientos que le tocó vivir en el siglo XIX lo llevaron a residir definitivamente en Santiago de Chile, donde murió a los 84 años.
Fue un intelectual a carta cabal, filólogo, traductor de textos clásicos del griego y latín, poeta, compilador, novelista y autor del Código Civil que a la fecha está vigente en su país adoptivo, con algunas modificaciones. En su nombre se erigen universidades. Fue fundador de la prestigiosa Universidad de Chile, donde impartió clases.
TRES NOMBRES Y TRES GRANDES HOMBRES
La segunda mitad del siglo XVIII vio nacer -con algunos años de diferencia- a tres grandes hombres en Venezuela: el precursor Francisco de Miranda, el Libertador Simón Bolívar y el educador Andrés Bello. Y los tres coincidieron en algún momento en sus afanes por lograr la libertad de las colonias españolas en América.
Bello nació en 1781 en el seno de una familia acomodada y a los 29 años se embarcó hacia Londres en una misión diplomática que encabezaba Simón Bolívar, coincidiendo con el primer intento independentista de las colonias.
Al verse frustrada esta acción dos años después (1812), el jurista se quedó en la capital británica donde, no exento de penurias económicas, siguió respaldando a distancia la causa americanista y sirviendo de diligente comunicador de sus aspiraciones.
Fue así que entró en contacto con diferentes legaciones extranjeras, entre ellas la argentina y la chilena, a cuyo país viajó después de varios años (1829) para volverse el más chileno de los venezolanos.
Su arribo coincidió con la efervescencia que se vivía por la urgencia en establecer una institucionalidad en un país que empezaba a dar sus primeros pasos y es así como inmediatamente se convierte en actor principal de enriquecedores debates liberales de la época. Jugó un papel importante en el Movimiento Literario de 1842 y su inagotable sed de aprendizaje y transmisión del conocimiento lo llevaron a cultivar todas las disciplinas que enriquecieron su vida.
Hombre de letras, su obra abarcó también a la poesía y la prosa, así como a la enseñanza del idioma. En este campo, su gramática de la lengua castellana constituye un hito ineludible, señalando uno de los primeros intentos de sistematización en el uso de la lengua en el país del sur.
HITOS DESTACADOS DE SU VIDA
Protagonista de la desaparición de un mundo (el de la colonia) y el surgimiento y consolidación de uno nuevo, Andrés Bello vivió las tres últimas décadas de dominación española de América, el período de emancipación de las colonias españolas en el nuevo continente y la gestación de los nuevos estados nacidos del proceso de independencia. Privilegio o coincidencia cronológica, las aprovechó gracias a su extraordinaria capacidad para comprender y estudiar lo que acontecía desde dentro e impulsar desde afuera los resortes de las realidades que estaba viviendo.
Fue un estudiante destacado y a la temprana edad de 15 años tradujo el Libro V de la Eneida. Cuatro años después, ya convertido en licenciado en artes, conoció a Alexander Von Humboldt y le sirvió de guía en su ascenso al Pico Oriental de la Silla de Caracas. Continuó sus estudios en derecho y medicina y, para ayudarse económicamente, daba clases particulares y tuvo entre sus alumnos al futuro libertador, Simón Bolívar.
Se sentía atraído por todo lo que se relacionara con las letras y comenzó a escribir poesía y prosa. Fue el primer redactor de la Gaceta de Caracas, recién llegada la imprenta a ese país, y es a partir de entonces que se decanta por la historiografía y la gramática, llegando a ser un gran filólogo, lo que dan cuenta las publicaciones que rubricó.
Su viaje a Londres, acompañando a Bolívar, lo hizo en calidad de traductor ya que conocía muy bien el idioma inglés y lo que inició como una posición de avanzada terminaría por alejarlo definitivamente de su país de origen. En la capital del Reino Unido vivió por diecinueve años.
El primer acontecimiento importante de su nueva vida londinense estuvo marcado por el encuentro con un gran hombre: Francisco de Miranda, que alojó a sus compatriotas, los aconsejó y ayudó y posteriormente se sumó al proceso independentista que perseguiría el Libertador. Miranda, además de precursor de la emancipación americana contra el imperio español, participó en la independencia de los Estados Unidos y en la Revolución Francesa.
Ya en su nueva patria, Chile, pudo desplegar la abrumadora versatilidad de sus conocimientos dejando una huella indeleble en su país de adopción. Al llegar fue nombrado oficial mayor del ministerio de Hacienda. Al año siguiente inició la publicación de El Araucano , órgano del que fue redactor hasta 1853, y se encargó como rector del Colegio de Santiago.
Pero la pasión pedagógica de Bello, iniciada en su adolescencia caraqueña, lo llevó a dar clases privadas de derecho romano y de orden constitucional en su propio domicilio, a partir de 1831. Bello siempre estuvo convencido de que la instrucción y el cultivo espiritual son la base del bienestar del individuo y del progreso de la sociedad, razón por la cual nunca dejó de fomentar el estudio de las letras y de las ciencias; propuso la apertura de Escuelas Normales de Preceptores y la creación de Cursos Dominicales para los trabajadores.
Otra de las facetas en las que se destacó fue la crítica teatral, dando un gran impulso al teatro chileno desde las páginas de El Araucano y fomentando la adaptación de obras extranjeras. Venía de unas escuelas imbatibles, la griega y la latina, además de su vasto conocimiento de los escritores españoles como Lope de Vega y Calderón de la Barca.
Chile le ha estado siempre agradecido y el reconocimiento que le dieron lo llenó de satisfacciones en vida, sobre todo las que motivan a un ser humano por un proyecto civilizador que resumió sabiamente su compatriota, escritor y político Arturo Uslar Pietri para aquilatarlo: ‘Un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento para decirle a los pueblos hispanoamericanos de dónde venían, con cuáles recursos contaban y el panorama del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar'.
A diferencia de tantos de sus más ilustres contemporáneos americanos, Andrés Bello no fue un hombre que ambicionara acumular honores y poder, y en cambio veía en el avance de la educación y las luces de las jóvenes repúblicas americanas, así como en la consolidación de las instituciones reguladoras de su recién conquistada libertad, el mejor servicio que podía rendirle a América.
También Uslar Pietri lo dijo a su manera: ‘En su bufete de Chile, en su cátedra, en su poesía, en su prosa, en su palabra, estaba haciendo una América, una Venezuela, un Chile, un México más perdurables y grandes que los demagogos y los guerrilleros pretendían alcanzar en la dolorosa algarabía de sus revueltas y asaltos'.