Cónsules humanitarios, héroes anónimos

  • 27/10/2020 00:00
Los testimonios y documentos diplomáticos de algunos países latinoamericanos son una fuente privilegiada para develar las acciones humanitarias que desplegaron determinados cónsules en ayuda del prójimo durante los terribles años de esa conflagración mundial

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El 24 de octubre se conmemoró el 50 Aniversario de la “Declaración relativa a los principios de derecho internacional referente a las relaciones de amistad y a la cooperación entre los Estados, en conformidad con la Carta de Naciones Unidas”, que comprende varios principios fundamentales del derecho internacional como el de la igualdad soberana, la prohibición de la amenaza y uso de la fuerza, el de la no intervención, el de la libre determinación de los pueblos, entre otros. Efeméride que permite recordar la trascendencia de la Carta de la ONU que nació hace 75 años como respuesta a la dantesca deflagración de la Segunda Guerra Mundial y al holocausto del que fueron víctimas el pueblo judío y numerosas minorías.

Los testimonios y documentos diplomáticos de algunos países latinoamericanos son una fuente privilegiada para develar las acciones humanitarias que desplegaron determinados cónsules en ayuda del prójimo durante los terribles años de esa conflagración mundial. La política amoral de Hitler se había hecho evidente para Gildemeister, embajador peruano en Berlín, que lo describió en 1938 como un hombre de mirada “(...) vaga, turbia y opaca, salvo cuando se arrebata por un sentimiento violento, dejándose llevar por la ira. Este personaje (...) es capaz de los peores frenesís, de las exaltaciones más salvajes, de las más delirantes ambiciones y en otros momentos sueña con ser el héroe de una paz eterna (...)” (Oficio s/n del MRE, mayo 1938). Pocos días después el embajador caería seriamente enfermo y la legación peruana quedaría a cargo de Miguel Grau Price, nieto del héroe de Angamos, hombre de principios (Del Campo, 2012).

A él le tocaría actuar y denunciar los primeros hostigamientos de los que fueron víctimas personas judío-peruanas. Ernesto Altar, cónsul honorario en Viena por 29 años, judío-peruano con conocimiento de 25 idiomas –manejando diez con fluidez– recibió el apoyo de la legación peruana en 1939 para salir hacia el Perú vía Bélgica. Llegó a Lima ese mismo año y fue asimilado a la cancillería como intérprete. Altar tenía tan alto sentido de responsabilidad que, a riesgo de caer en una situación peligrosa con los nazis, puso primero a salvo los archivos consulares peruanos de Austria y Checoslovaquia trasladándolos a Berlín en un encomiable despliegue de valentía. La legación peruana también intervino en defensa del empresario judío-peruano David Hasson, exportador de tejidos italianos al Perú, cuyos fondos fueron congelados en Milán por los fascistas (Oficio 90 del MRE, 1939) y del ciudadano judío-peruano Leo Shady acosado y robado en los Sudetes (Oficio 8 del MRE, 1939).

Un hecho poco conocido es el registro que, para la posteridad, dejó el embajador Gildemeister en 1940 sobre la meritoria conducta de tres cónsules peruanos –Oscar Vásquez B. en Amberes, Carlos Heeren en Amsterdam y Gonzalo Arriz en Rotterdam– que permanecieron en sus puestos a pesar de las dificultades de la guerra para continuar asistiendo a los peruanos, de toda confesión, y a cientos de otros refugiados en sus jurisdicciones, hasta que por falta de material de visado tuvieron que ingeniar otras medidas para seguir con su labor de protección (Oficio 15 del MRE, 1940). Dos años y medio después serían detenidos por los nazis.

El 23 de enero de 1942 la cancillería peruana comunicó a sus misiones en Europa que el Perú cesaría relaciones con los países del Eje. Se instruyó entonces al encargado de negocios peruano en Polonia José Gambetta a dirigirse a Bucarest e ir luego a Lisboa, pero en Lima ignoraban tanto el delicado estado de salud de Gambetta que había perdido un pie en el bombardeo nazi a Varsovia –y luego le sería amputada toda la pierna– como que había contraído matrimonio con Miriam Coca y había entregado papeles peruanos a los hermanos Trink, empleados de la legación, y a otras 22 familias en un afán de protegerlos de la locura antisemita. Su compromiso le acarreó sinsabores y le costó la vida.

A partir del 12 de febrero de 1943 todos los funcionarios diplomáticos peruanos en Francia, Alemania y donde se encontrasen fueron considerados beligerantes y recluidos por los nazis en el complejo de Bad Godesberg (Cablegrama 27 del MRE, 1943) donde permanecerían hasta casi el final de la guerra.

Muchas víctimas del holocausto recibieron la ayuda de diplomáticos extranjeros acreditados en los países del Eje y los territorios ocupados, quienes se arriesgaron para salvarlos. Entre aquellos figuran el portugués Arístides de Sousa Mendes, los suecos Raúl Wallenberg y Per Anger, el japonés Chiune Sugihara, el italiano Giorgio Perlasca, el holandés Jan Zwartendijk, el estadounidense Hiram Bingham IV (hijo del descubridor de Macchu Picchu), el suizo Carl Lutz, el embajador uruguayo Carlos María Gurméndez, el cónsul mexicano Gilberto Bosques y los peruanos José Gambetta, José María Barreto y el jefe de cancillería Heros además de Vásquez, Heeren y Arriz.

Tal como sucedió con el portugués Arístides de Sousa –cónsul en Burdeos que facilitó miles de visados a los refugiados que debían huir de una Francia devastada–, el cónsul peruano Barreto sería destituido del cargo. Una figura protagónica, cuando ambos ya no podían actuar, fue el cónsul ecuatoriano en Estocolmo Manuel Antonio Muñoz Borrero quien emitió decenas de pasaportes a favor de judío-polacos desde Suecia montando un operativo de rescate. Según el historiador peruano Del Campo, la expedición de pasaportes por parte de los cónsules peruanos Barreto y Gambetta estuvo vinculada a tales operativos de inteligencia y rescate. Estos esfuerzos individuales fueron finalmente respaldados cuando en mayo 1944, a pedido de Washington y el Vaticano, los países latinoamericanos comenzaron a reconocer como lícitos los pasaportes emitidos a los judíos europeos.

Como expresa Del Campo, estos diplomáticos “(...) Arriesgaron su libertad, su seguridad, sus empleos –muchas veces desoyendo voces de sus cancillerías que los llamaban a no involucrarse– prestando ayuda a una cantidad enorme de personas judías”. Recordemos a estos héroes anónimos.

Embajador de Perú en Panamá
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