El primer recorrido de prueba del monorriel, desde Patio y Talleres hasta Ciudad del Futuro, se registró la tarde del lunes 13 de abril, con esta prueba...
- 27/03/2011 01:00
Cuando queremos darnos cuenta el tiempo se nos ha ido, y con él se nos van aquellos que no quisiéramos, creo que ya he hecho estas reflexiones antes, cuando otro gran hombre murió hace unos meses, pero no viene mal seguir insistiendo a ver si la gota malaya consigue penetrar las molleras cementicias de nuestros insignes mandatarios: los homenajes se hacen en vida. ¿Necesitan que se lo repita? A ver, de otro modo para ver si lo captan: ¡cuando estamos muertos estamos por encima de los parabienes y las palmaditas en la espalda! Los homenajes póstumos están muy bien para los deudos, ayudan a sanar y enorgullece que reconozcan la valía del ser querido que ya no está. Pero al fin y al cabo, el que dio su sangre por este país fue el muerto, no sus deudos. De modo que debería ser él el que disfrutara del reconocimiento debido.
Esta semana hemos contemplado un funeral repleto de caras conocidas, de lágrimas (algunas estoy segura de que eran sentidas, otras, no dudo que eran de cocodrilo) y de frases rimbombantes. Pero la sensación que tuve fue que la mayoría de los que de verdad sintieron la muerte de Billy Ford no eran los que estaban conspiscuos y compungidos en la catedral, sino lo que acompañaron su cadáver en la calle, los que rescataron sus pañuelos blancos, los que se sabían compañeros de lucha, de paila y de valentía. Los que coreaban consignas y cantaban cuando pasaba el féretro, los que no eran nadie para estar en los bancos de la catedral pero que fueron los que en realidad acompañaron en muchas batallas.
Se fue Billy Ford, sin homenajes y sin honores en vida, ahora todos se hacen lenguas de sus propias ideas para honrarlo en muerte. Su nombre en una avenida, una orden honorífica, todo eso está muy bien. No digo que no se haga. Es un ejemplo, un modelo a seguir, ¡claro que sí! Pero miremos alrededor ¿cuantos grandes hombres más quedan en Panamá? Algunos de ellos aún gozan de relativa buena salud, otros luchan contra los años y los achaques. Podría dar una lista de nombres aquí, pero ni quiero hacerlo ni lo considero necesario, todos sabemos de quienes estamos hablando ¿verdad? ¿Entonces? ¿Será que tenemos que esperar a que se vayan muriendo para reconocerles su valía? Y no estoy hablando sólo de políticos, no, estoy hablando de mucha gente, gente que ha construido Panamá a base de ganas, valor y generosidad. Gente que no busca reconocimiento, que no hace las cosas grandes para que los demás lo sientan grande, sino para sentirse bien. Ahora, a nadie le amarga un dulce y siempre es agradable que reconozcan tus esfuerzos.
Pienso en esas personas y luego veo a los políticos lanzando églogas sobre los que se fueron, para olvidarse de ellos en lo que se tarda en llegar a su carro refrigerado.
Quizás es que es muy difícil enfrentarse con personas reales, con hechos reales y con vidas reales. Con el aquí y el ahora. Es mucho más sencillo enfrentarse con la historia, los muertos ya no hablan. De los muertos se puede hablar sin ser confrontado.
Quizás la cuestión no es esa, quizás la cuestión es que en Panamá no somos capaces de dejar a un lado nuestros propios estrechos horizontes mentales, nuestras miserias, nuestros ‘yo tengo la razón y el que no está conmigo está contra mí’, nuestros ‘no te voy a reconocer lo que vales porque no piensas como yo’, y reconocer que un país se hace entre todos. Y reconocerlo pública y abiertamente. Eso es grandeza de espíritu. Eso es amplitud de miras. Eso hacen los grandes hombres.