‘Urbanistmo’ lo que dicen las calles

Actualizado
  • 22/03/2015 01:00
Creado
  • 22/03/2015 01:00
A la sombra de los edificios —y el crecimiento económico— reposa el caos de una ciudad que se planifica sobre la marcha

Hace un par de años Darién Montañez dilucidaba sobre una fracción de la estética arquitectónica de la ciudad, formulando un término que sería objeto de conferencias y hasta un libro con su firma. La ‘Arquitectura Feoclásica Panameña’.

Se trata de un inevitable retorno al ornamento. Así lo califica el arquitecto istmeño argumentando que la rocalla clasicista recuerda las glorias de Grecia y Roma: ‘Significa ‘Arquitectura’, simboliza el poder político, judicial, económico y eclesiástico, y es gustadísima’. Quizás una explicación de por qué el diseño de varias edificaciones hace tanto esfuerzo por anexar un buen par de columnas (ajenas) a sus fachadas. Pero incluso algo a lo que se ha acostumbrado la comunidad. ‘Acá no se cuestiona nada, ni se critica nada, pensando que eso es ser buena gente con el colega’, sostiene Darién.

Aunque no todos los edificios capitalinos sean empañados por lo feoclásico, el diseño arquitectónico es uno de los elementos que configura el urbanismo de la ciudad, el rostro de la planificación, el desarrollo y la ampliación de la capital panameña. ¿Qué tratan de decirnos las calles del Istmo cuando las recorremos?

PROPIEDAD DE LA COLECTIVIDAD

Basta con hacer un breve recorrido a lo largo de Avenida Balboa para toparse con el mal estado de las aceras. Un trayecto con vista al skyline de la metrópoli, en una zona regularmente turística, pero además justo frente a la Cinta Costera, donde la historia es otra. En este otro lado sí se puede caminar sin exabruptos en la ruta, a diferencia de la mayoría de las otras vías que articulan la ciudad, donde otro millar de peatones transita a diario.

‘Que la Cinta Costera esté llena de gente siempre no es evidencia de que sea un proyecto bien hecho o correcto, sino a la necesidad absoluta que hay en nuestra ciudad de espacio público —dice Montañez—. Por muy hostil que la hubieran hecho, estaría llena de gente. Es una lástima que no sea mejor, y hay mucho trabajo por hacer’.

El sociólogo holandés Anton Ziljderveld señalaba en su libro Una Teoría de Urbanidad: La Economía y Cultura Cívica de las Ciudades a la ciudad de Los Ángeles como una ‘heterópolis’, resaltando que si bien se había desarrollado socioeconómicomente, fracasaba en el tema urbanístico, que se evidenciaba en espacios públicos ‘socialmente muertos’, calles y avenidas repletas de carros, y parques y calles donde no hay interacción social, que incluso terminan siendo lugares espeluznantes, usualmente peligrosos. Un señalamiento que no dista de la realidad en el trópico.

‘En Panamá hay apropiación de espacio público por pandillerismo —menciona el arquitecto panameño y urbanista Rodrigo Guardia—. En la ciudad temprana las plazas eran accesibles por sus cuatro costados, pero en lo que yo llamo el Panamá ‘post-urbano’, es decir, del (río) Matasnillo hacia el este y desde Vía España hacia el norte, la mayoría de los parques son accesibles por uno o dos puntos o son espacios residuales. Hay un problema importante de las áreas públicas no traspasadas de urbanizaciones’.

Ziljderveld ensayaba que aquella decadencia o desvalorización del espacio público en la ciudad del Pacífico estadounidense obligaba a los habitantes a encerrarse en sus casas. Otra circunstancia que el arquitecto Guardia percibe en el Istmo: ‘En Panamá, por el déficit de espacio público, que es importante, hay una actitud y cultura de encerrarse entre cuatro paredes a disfrutar de tres pantallas y la nube, ya sea solo o en familia’.

Montañez advierte: ‘La ciudad solo funciona cuando te obliga a interactuar con tus conciudadanos. Cuando fomenta la mezcla y el intercambio. Una ciudad adonde uno viaja de la pecera de tu apartamento a la pecera de tu oficina, en la pecera de tu auto, no es ciudad’.

SIN UN DIAGNÓSTICO CLARO

Guardia agrega que en Los Ángeles ocurre algo que en cierta medida puede llegar a ocurrir en algunas partes de Panamá. El centro o downtown es solo oficinas y comercio, así que desde las 5:30 de la tarde comienza a convertirse en un pueblo fantasma. ‘Es la ciudad del auto’, dice. Y aunque Panamá tiene mucho más mezcla de usos y es difícil que ocurriera eso, Calidonia está bastante despoblado y Avenida Nacional es desolada y peligrosa.

Para el también profesor en el Departamento de Planeamiento de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá, algo particular en la capital panameña es que los estudiantes de familias trabajadoras de las afueras madrugan para trasladarse a colegios públicos en el centro, mientras los de familias más pudientes del centro tienen también que madrugar pero para ir a colegios privados costosos de las afueras. Sin duda, el desorden vial es otro estrago del urbanismo en la ciudad. Un caos del que uno también puede ser testigo y víctima dentro de un vehículo durante las horas pico, o cuando las tuberías colapsan por la fatalidad de las precipitaciones.

A inicios de marzo la Alcaldía de Panamá confirmó que no hay suficientes estadísticas para evaluar con propiedad la evolución urbana.

Para el sociólogo Marco A. Gandásegui es muy poco lo que se sabe, algo que contrasta con los millones de dólares pagados en realizar planes de desarrollo urbanos.

El catedrático postula que desde su fundación la ciudad de Panamá tuvo como objetivo promover negocios y enriquecer a los grupos en el poder. En el siglo XX la ciudad fue subordinada por los intereses del Estado panameño y el proyecto que giraba en torno a la construcción, operación y mantenimiento del Canal. Una política que se ha consolidado en los últimos lustros. ‘La ciudad no tiene un proyecto propio. Incluso, no tiene identidad’, afirma.

VALOR DEL FACTOR HUMANO

Guardia comenta que comparada con otras ciudades del mundo, Panamá no tiene códigos urbanísticos tan restrictivos. No habla de parámetro rasantes, alturas máximas, materiales, color, y demás, mientras que otros sí. ‘El éxito de una norma se mide en los resultados, la calidad de vida y espacios en la ciudad’, añade.

No obstante, Gandásegui señala que en todos los planes de desarrollo urbano se encuentra como objetivo central la promoción de los negocios, una ola que toma fuerza ante la falta de organización y participación ciudadana. ‘En todos los análisis de la ciudad falta la gente. Los jóvenes necesitan escuelas, las madres y los niños necesitan centros de salud’, acota.

Hace unos días se realizó en México la sesión plenaria ‘Las ciudades de América: Rediseño para el desarrollo’, que organizó el Foro Iberoamericano de Ciudades, donde el Dr. Enrique Peñalosa, ex alcalde de Bogotá que se ha convertido en un referente de la cultura ciudadana, dijo que más que un detalle arquitectónico simpático, la instalación de banquetas y ciclo vías en las ciudades, debe ser un derecho de la población.

Explicó el fracaso de las ciudades latinoamericanas, donde los ‘malls’ se han convertido en el espacio público como lugar de encuentro por excelencia, lo cual provoca que cada vez haya menos gente en la calle. Los espacios cerrados dan a entender una ‘ciudad segura’, peatonal, agradable para un coche de bebé o silla de ruedas.

Gandásegui resalta que lo interesante es que tanto la Alcaldía como la Universidad de Panamá más que definir el urbanismo local concluyeron este mes en el planteamiento ¿cuál es la ciudad que queremos? Una introspección necesaria que se ve en iniciativas como las ‘cartas al Alcalde’, exhibidas en el espacio de arquitectura Junta, o el #pintatucasa en algunas vallas publicitarias. ‘La ciudad es la síntesis de la patria’, decía el poeta Joan Maragall.

DARIÉN MONTAÑEZ

ARQUITECTO PANAMEÑO

INTERVENCIONES

¿Puede el arte salvarnos de la furia urbana?

Hace unos días el maestro del arte cinético, Carlos Cruz-Diez, reflexionaba en una conferencia en Ciudad del Saber sobre cruzar la calle. Sostenía que es algo que se hace sistemáticamente, casi sin pensarlo, en calles que muy pocas veces son agradables para el peatón. ‘(Las calles) suelen ser un recuerdo de la agresión y la obediencia absoluta. Un espacio estándar que no da la oportunidad de ser diferente’, enunciaba.

Hace unos años, para un Festival Abierto, Cruz-Diez intervino las líneas del cruce peatonal del Parque Omar, con líneas transversales de colores que le daban otro aire a la rígida cebra en el asfalto. Para Darién Montañez el atractivo de esta intervención fue el hecho que hayan sido perecederas. ‘No porque el buen arte público desaparece, sino porque esa característica refleja la condición siempre cambiante de la ciudad. Si parpadeas, te pierdes de algo maravilloso’, explica el arquitecto.

El debate inicia cuando se intenta definir lo que es arte, o quién es un artista. Montañez esclarece que los conceptos de mural y artista callejero se han tergiversado, por lo que en lugar de medir estéticamente algo, es más fácil medir si en términos técnicos está bien o no. En tanto, Cruz-Diez advierte de la importancia de que un artista forme parte activa dentro del planeamiento de la ciudad, junto con ingenieros, urbanistas, paisajistas y arquitectos, porque dotan cierto atrevimiento que muchas veces en otras carreras se desvanecen. ‘Las profesiones crean academias’, decía el artista venezolano.

Para el arquitecto panameño Rodrigo Zafrani el real problema es tener una línea tan marcada de lo que es arte y lo que es arquitectura. No obstante, la inserción de las intervenciones artísticas en la ciudad, con el debido trato técnico, hace más entrañable la experiencia del ciudadano. ‘Cuando a la gente se le da el mismo mosaiquito, la misma papelera, las mismas cosas de todo el mundo, la gente las irrespeta… En cambio cuando se le hacen cosas importantes, sienten que eso les pertenece, esas obras se vuelven propiedad de la colectividad’, puntualiza Cruz-Diez.

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