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- 12/07/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Enrique Vargas Flores, destacado funcionario mexicano y gran amigo de Panamá desde hace décadas, es el coordinador del Espacio Cultural de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB). El mes pasado, la Cancillería de nuestro país lo invitó a participar en el panel titulado “Conocimiento, cultura y diplomacia”, una de las actividades del Foro de Líderes Globales para conmemorar el bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826 y la 56.ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA). El Visitante aprovechó la inauguración de la exhibición “De regreso a Panamá” (arte, memoria y diplomacia) en la Ciudad de las Artes para entrevistarlo.
¿Cómo debería incidir el Estado en la cultura?
Enrique Vargas: Partamos de un principio: la cultura no la produce el Estado. La producen todos los grupos sociales, cualquiera sea su condición o el lugar donde se encuentren. Si entendemos que el Estado, a través de sus instituciones, lleva la cultura a ciertos territorios, eso que se ha llamado descentralización de la cultura, entonces debemos distinguir los conceptos.
Lo que el Estado lleva es infraestructura y condiciones de acceso a expresiones culturales que no son propias de esas comunidades. Presentar una orquesta o cualquier otra manifestación artística en una comunidad es válido y necesario, pero eso no es llevarles cultura ni fortalecer la suya.
Necesitamos generar diálogo, confianza y franqueza. Los servicios culturales deben inspirar confianza para que la ciudadanía pueda acceder a ellos. Y tenemos que ser capaces, y creo que esto es lo que más debemos trabajar, de cambiar la narrativa, porque los protagonistas son ellos.
Toda expresión de la cultura viva, venga de donde venga, tiene el mismo valor. Tan importante es el artesano que trabaja en su casa transmitiendo saberes y tradiciones familiares como el músico o el artista plástico. El ecosistema cultural es demasiado amplio y complejo para jerarquizarlo cuando hablamos de arte y cultura.
Por eso debemos trabajar mucho más cerca de las comunidades y de sus liderazgos. Ellos tienen la sabiduría para organizarse, para ejercer e identificar a sus representantes y líderes, y para canalizar sus aspiraciones y demandas.
Pero esa demanda ciudadana no puede limitarse a pedir. Debe incluir también qué podemos aportar, cómo podemos mostrarnos y darnos a nosotros mismos.
El próximo año avanzaremos en un nuevo programa de cooperación sobre formación y gestión cultural. Tenemos que cambiar la forma de gestionar. No basta con diagnosticar lo que hay que cambiar. Hay que proponer acciones concretas para lograr ese cambio.
¿Fue exitosa la cumbre del bicentenario del Congreso Anfictiónico?
No se puede resumir la celebración de un bicentenario en una semana dedicada, en esencia, a eventos de carácter político, de diálogo y de concertación. Panamá debe profundizar mucho más en su ciudadanía. Así tendría la oportunidad de difundir lo que significan 200 años del surgimiento de una visión regional, de un entendimiento común y de la construcción de un sistema multilateral, sobre todo en un contexto internacional donde todo el sistema se está cuestionando.
Tuve el gusto de participar en el Foro de Líderes Globales. Hubo un número muy importante de mesas con actores de toda la vida pública y de muchas nacionalidades. Se generó diálogo, se construyeron memorias y quedó una muy buena relatoría. Lo importante ahora es difundir lo que se debatió. Esa publicación nos daría insumos para el futuro del multilateralismo, no solo para los organismos internacionales, sino para los distintos sectores y actores frente al multilateralismo.
El panel de cooperación internacional fue importante en un momento en que algunos tomadores de decisión no están valorando el desarrollo sostenible; incluso lo cuestionan. Que Panamá lo haya incluido como una de sus mesas temáticas es una reafirmación de principios y valores.
El acto de apertura fue significativo. El mensaje del señor canciller fue un mensaje de construcción de futuro. Eso es muy importante. No se trataba solo de hacer una revisión histórica de 200 años; para eso están los historiadores. Fue una celebración para construir futuro.
El panel en el que participé tuvo la moderación de Maruja Herrera, ministra de Cultura, y contó con la intervención de Jeri Ramón, rectora de la Universidad de San Marcos, la primera casa de estudios del continente americano en tierra firme. También participaron Alexander Leicht, director para Centroamérica y el Caribe de la Unesco, y Lim Thuan Kuan, enviado especial de Singapur.
¿Cuáles son los próximos proyectos del SEGIB en Panamá?
La incorporación plena de Panamá a Ibermuseos, uno de nuestros 14 programas de cooperación cultural. Se formalizará en la reunión anual y, para el próximo encuentro iberoamericano de museos, que se celebra cada dos años y tendrá lugar en República Dominicana, Panamá ya estará presente como miembro pleno.
Teniendo en cuenta la elevada participación de Panamá en todos estos programas, el país también formará parte de Iberartes Visuales, cuya aprobación está prevista para noviembre en la Cumbre de Presidentas, Presidentes, Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno, y de la Red Iberoamericana de Diplomacia Cultural.
Esta red la preside la Cancillería, a través de la Dirección de Cooperación que dirige Carlos Fitzgerald, quien ha ejercido un liderazgo muy importante porque encarna una nueva concepción de la diplomacia cultural.
No hablamos de una diplomacia cultural de carácter tradicional y unidireccional. Hablamos de un espacio de confianza, de diálogo y de construcción. No se trata solo de proyectar o intercambiar la cultura nacional, sino de generar enriquecimiento mutuo entre los pueblos a partir del conocimiento de sus distintas manifestaciones y expresiones culturales.
¿Cuál es tu perspectiva de la gestión cultural en la coyuntura geopolítica que estamos viviendo actualmente?
Creo que en la gestión cultural que hoy se lleva a cabo, sin pretender generalizar, hay enormes asimetrías. En la región persiste la asimetría, persiste la desigualdad y hay capacidades muy desiguales según el país o el territorio.
Sin embargo, creo que tenemos por delante una gran oportunidad para construir nuevas formas de gestión donde quien antes llamábamos beneficiario de la acción cultural pase a ser el protagonista y el corresponsable de las políticas públicas.
En términos generales, seguimos trabajando, en el mejor de los casos, con una gestión cultural de los años noventa del siglo pasado, y estamos ante desafíos muy claros del siglo XXI. No me refiero tan solo a la inteligencia artificial, porque eso ya se ha convertido casi en un lugar común. Lo que quiero decir es que hay desafíos que no están incorporados como elementos de la gestión y que, en general, en las instituciones aún no sabemos conectar con la gente, con los creadores y con los diversos grupos de interés. Y subrayo: estos grupos son legítimos.
La gestión va por un lado, la legislación va por otro, la institucionalidad va por otro, y las demandas del sector y la necesidad de participación para el ejercicio de los derechos culturales de la ciudadanía van a otro ritmo.
Creo que en los últimos 25 años se logró un avance muy significativo en institucionalidad en los países. Se avanzó en legislación, en infraestructura cultural y en la creación, digámoslo así, de ministerios de Cultura, como es el propio caso de Panamá. Pero tenemos que dar los siguientes pasos y darlos de manera mucho más coordinada, mucho más estructurada y, sobre todo, aprendiendo de quienes lo están haciendo bien para acortar nuestra curva de aprendizaje. No podemos seguir perdiendo tiempo.
Hay un enorme esfuerzo en la comunidad iberoamericana por el intercambio de experiencias, buenas prácticas y saberes. Ayer, en el coloquio, tuve la oportunidad de reflexionar justamente sobre la participación de diversos grupos de la sociedad que históricamente no han tenido la participación deseada. Eso obedece a circunstancias que van mucho más allá de la matriz cultural. Obedece a estructuras de poder, y creo que la cultura está obligada y tiene ante sí la oportunidad de revertir esa exclusión y esa falta de participación.
Y lo digo en los dos sentidos, porque exclusión y falta de participación son diferentes. Son dos caras de una misma moneda. Lo importante es que trabajemos en mecanismos de integración mucho más audaces y así podremos hablar de una gestión cultural que ponga en el centro a la persona.
El autor es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).