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- 13/09/2009 02:00
La lluvia que repentinamente empezó a caer en gruesas gotas, cada vez más tupidas, nos obligó a guarecernos en las galerías abovedadas que servían de mazmorras y depósitos de armas cuando los españoles, hace más de 400 años, defendían desde este punto estratégico la entrada por vía fluvial hasta muy cerca de la antigua ciudad de Panamá.
Varias lagartijas de cuerpo negro y cabeza colorada, únicos habitantes visibles de estas ruinas, se esconden presurosas entre las piedras que hacia principios del siglo XVII sirvieron de cobijo a soldados de presidio cuya función era defender desde la fortaleza la desembocadura del río Chagres.
Rodeado de una espesa vegetación, el fuerte San Lorenzo fue construido entre 1598 y 1601 por orden del rey Felipe II, en la cima de un alto arrecife en la margen derecha del Chagres, desde donde se domina una amplia extensión del Océano Atlántico y un paisaje estremecedor se ofrece como recompensa al viajero. Al frente el mar, a la izquierda el río Chagres -cuyo margen se abre a una extensa playa de arena blanca-, a la derecha, una pequeña bahía con otra playa, y atrás la selva profunda.
Era casi el mediodía cuando tras casi dos horas de camino desde la ciudad de Panamá - demorados por la escasa señalización -, llegamos a San Lorenzo, después de atravesar las esclusas de Gatún y la ex base estadounidense de Sherman, que antes de la reversión total del canal a Panamá, tenía una importante presencia militar y que hoy, con apenas un policía que vigila la entrada, está prácticamente en el abandono.
Un poco más adelante de Sherman empieza el Parque Nacional San Lorenzo, un área protegida que contiene 9,653 hectáreas de bosques, manglares, cativales y arrecifes, además del Castillo de San Lorenzo, el Camino de Achiote, senderos para observación de aves, el canal francés, el río Chagres y las baterías de defensa costera del canal construidas durante la Primera Guerra Mundial.
Una barrera y una caseta de la Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM) se encuentran a la entrada del parque, donde es preciso registrarse en un libro de visitas y pagar una suma módica para ingresar, utilizada para el mantenimiento de las áreas verdes y la limpieza del conjunto arqueológico.
Una cuadrilla de trabajadores de la ANAM acababa de suspender el corte de hierba en las ruinas y se prepara para almorzar. La labor dura quince días, bajo el sol o la lluvia, y durante ese tiempo los obreros deben dormir en unas instalaciones precarias a pocos metros de la entrada al fuerte o en la caseta de la ANAM. Cuando les preguntamos si se han encontrado con fantasmas de soldados españoles o piratas, responden entre risas “ No, todavía”.
La entrada principal al fuerte, a la que se accede desde tierra por algunos tablones de madera mal sujetados a una estructura de tubos de metal, reemplaza al puente levadizo que en la colonia atravesaban capitanes y soldados sobre un foso de seis metros de profundidad, que servía para defender la maciza fortaleza. Pasando una atalaya se llega al amplio camino de ronda desde donde se domina el inmenso paisaje del mar, la desembocadura del río y la salvaje vegetación del parque natural.
La explanada, ahora cubierta con un vaciado de cemento, se abre a izquierda y derecha en dos rampas que bajan al patio principal del fuerte, donde se abren las galerías de la planta baja, algunas con ventanales hacia el mar, que presumiblemente sirvieron de habitaciones para los soldados, y otras contiguas, sin más abertura que las puertas. Casi en el centro del patio, un pozo o cisterna de piedra sobre el que se ha construido una plancha también de cemento, retiene el agua lluvia, para aprovisionar de agua dulce a la soldadesca, como lo hacía hace cuatro siglos.
En diferentes sitios de los muros, en la explanada principal y en las rampas se encuentran, algunos todavía en su ubicación original y otros abandonados entre la hierba, muchos de los pesados cañones de bronce con el sello del reino de España, que se utilizaron en la defensa del fuerte. Caminando entre ellos es fácil imaginarse a los soldados españoles vigilando la inmensidad del mar, con la esperanza atenta de no ser víctimas del ataque de los piratas ingleses.
El Fuerte de San Lorenzo, una de las más antiguas fortalezas españolas construidas en América, fue destruido y reconstruido varias veces y fue utilizado también como prisión. Allí estuvieron recluídos Pedro de Guzmán y Dávalos, Marques de la Mina y Gobernador del Reino de Tierra Firme y su esposa. También fue confinado en estas mazmorras el peruano Francisco Antonio de Zela, prócer de la emancipación americana.
En 1908, el gobierno panameño destinó por ley la suma de 1,000 balboas para la conservación y mantenimiento de la fortaleza y otros monumentos históricos y creó un cargo de celador para realizar estas tareas, con un salario de 20 balboas anuales. En 1941 el sitio fue declarado Monumento Nacional y en 1995 fue renovado por el ejército estadounidense.
Si visitar el fuerte San Lorenzo es un viaje al pasado, no es menos atrayente pasar por las esclusas de Gatún, en el corazón mismo del Canal y observar de cerca el funcionamiento de esta maravilla de la ingeniería del siglo XX. Igualmente placentero es el recorrido por el seno del bosque húmedo, donde anidan más de 250 especies de aves y en cuyas profundidades habitan jaguares, ocelotes, boas, cocodrilos, ñeques, zaínos, iguanas y monos aulladores. Toda una terapia anti estrés, aconsejable para quien quiera realizar un inolvidable viaje entre la naturaleza y la historia.