Impacto del terremoto de Azuero de 1913

  • 24/10/2026 00:00
A 113 años del terremoto de 1913, los registros históricos reconstruyen la devastación en Azuero, los daños en Tonosí y Macaracas y la investigación científica que descartó una erupción volcánica en Los Santos

La noche del miércoles 1 de octubre de 1913, a las 11:25 p. m., la tierra se estremeció con una violencia inusitada que rompió la tranquilidad del istmo panameño. Aunque el temblor sacudió con fuerza la capital y Colón, -haciendo que los huéspedes de los hoteles salieran despavoridos en ropas menores a las plazas y parques de Santa Ana y Catedral-, el verdadero epicentro del desastre se encontraba en la península de Azuero.

La reconstrucción histórica que se presenta a continuación se fundamenta en el cruce de dos fuentes primarias de la época: por un lado, las crónicas y partes telegráficos publicados en La Estrella de Panamá en sus ediciones del 6 y 13 de octubre de 1913. Por el otro, los boletines técnicos y el informe final publicados por la Isthmian Canal Commission en el Canal Record el 8 de octubre y el 10 de diciembre de 1913.

Según estos registros, mientras la intensidad en la estación sismológica de Ancón alcanzó el grado VI en la escala Rossi-Forel, - una de las primeras escalas sísmicas del mundo, desarrollada a finales del siglo XIX -, en las poblaciones de la provincia de Los Santos la violencia destructiva trepó a los grados VII y VIII. A la primera sacudida, estimada en veinticinco segundos de duración perceptible, le siguió una réplica pronunciada a las 11:43 p. m., iniciando una serie de eventos sísmicos que acumuló once movimientos antes del amanecer y decenas de réplicas en las semanas siguientes.

El aislamiento geográfico y la lentitud de las comunicaciones sumieron al país en una densa incertidumbre. Tal como reportó La Estrella de Panamá, el 6 de octubre de 1913, bajo el titular ‘Fuertes terremotos en Panamá la noche del 1o.’, la capital y la Zona del Canal respiraban con alivio al constatar que las esclusas de Gatún y Miraflores no sufrieron daños y que en el corte de Culebra solo ocurrió un deslizamiento superficial.

No obstante, las noticias del interior llegaron con angustiosa lentitud. La desinformación inicial atribuía erróneamente el foco a Bocas del Toro y propagaba rumores infundados de derrumbes en Colón. Fue días más tarde, en la edición del 13 de octubre de La Estrella de Panamá, mediante el telegrama remitido desde Macaracas por Téofilo Castro y la carta anónima procedente de Chitré fechada el 5 de octubre, cuando se confirmó la tragedia regional. La población azuerense, debida al temor por las sacudidas constantes y los rugidos subterráneos, pernoctaba a la intemperie en plazas y potreros, temiendo un inminente estallido volcánico en cerro Quema o cerro Canajagua.

En la estación de Ancón, los datos del sismógrafo publicados en el Canal Record del 10 de diciembre de 1913, mostraron la severidad del evento. El golpe inicial sacó las plumas del sismógrafo fuera del papel. Durante el mes de octubre se contabilizaron 39 perturbaciones, de las cuales 36 compartían una distancia de 115 millas y rumbo suroeste, apuntando a la costa baja de Los Santos, y coincidiendo con la fractura del cable submarino a 15 millas de la orilla, cerca de la isla Fraile del Norte.

Frente al pánico público, el presidente de la República, Belisario Porras, por intermedio de su secretario de Fomento y Obras Públicas, Ramón Acevedo, designó formalmente una comisión técnica de investigación. El equipo estuvo integrado por Donald F. MacDonald, geólogo de la Comisión del Canal, y William Caley Johnston, ingeniero de distrito del Gobierno panameño. Esta comisión tenía la misión expresa de esclarecer las causas del fenómeno, determinar si existía riesgo de erupción volcánica y aliviar la angustia popular. MacDonald y Johnston zarparon de la ciudad de Panamá el 8 de octubre y regresaron a la capital el 2 de noviembre de 1913.

Las conclusiones de esta expedición se divulgaron en un extenso artículo titulado ‘Isthmian Earthquakes’, publicado en el Canal Record del 10 de diciembre de 1913. Los comisionados iniciaron su trabajo con la caracterizaron de la geografía de la península de Azuero, segmentándola en tres unidades: las tierras altas y montañosas coronadas por el Canajagua y cerro Quema; las sabanas onduladas de Macaracas; y las fértiles llanuras aluviales y costeras del valle de Tonosí. En el terreno geológico, reconocieron las formaciones piroclásticas basales, las secuencias sedimentarias del Oligoceno ricas en lutitas y calizas fosilíferas, y el potente núcleo ígneo de basaltos, andesitas cizalladas y dioritas que forman el esqueleto montañoso.

Su apartado de geología económica inventarió las reservas de magnetita y mineral de hierro en Peña Prieta y Tonosí, las calizas para cal y caminos, y los yacimientos de cobre y oro de Las Minas. Sobre el origen de la crisis, su dictamen fue categórico: el vulcanismo en Azuero se había extinguido hacía incontables siglos, por lo que una erupción en Los Santos era imposible.

Al documentar los daños, el informe del Canal Record y las crónicas de La Estrella de Panamá detallaron un cuadro de destrucción severo en Tonosí, Macaracas y La Villa de Los Santos. En Tonosí casi ninguna cubierta de tejas quedó en pie, y los comercios perdieron sus inventarios ante las lluvias posteriores. En Macaracas colapsó la torre de ladrillo y mampostería de la iglesia de 25 metros de elevación, partiendo la nave del templo.

En La Villa de Los Santos, la torre del templo colonial, afectada en 1882, sufrió grietas que la atravesaron de la cima a los cimientos, y el Palacio de Gobernación quedó en ruinas por la mala calidad de sus morteros. En Las Tablas las arquerías del altar sufrieron fracturas visibles. Por contraste, las construcciones de quincha y techumbres de palma mostraron una noble ductilidad ante la sacudida sísmica. El saldo humano fatal fue limitado: una mujer fallecida por ataque de histeria en el paraje de Los Gatos, en Macaracas, una muerte similar por susto reportada en Penonomé, y el deceso de un hombre en el campo al caerle encima una solera desprendida.

Las alteraciones geomorfológicas fueron más severas en el valle de Tonosí, donde se abrieron grietas paralelas a los ríos de hasta cinco pies de ancho y cientos de yardas de extensión, brotando agua y arena por fenómenos de licuefacción. El informe detalla diversos eventos de este tipo. En Loma Caimito y las faldas del Canajagua y Quema se precipitaron cuantiosos deslizamientos de tierra que desnudaron laderas enteras, al tiempo que los derrumbes y la destrucción de cercas agrícolas permitieron que el ganado invadiera y devastara las cosechas de maíz y arroz. Respecto a los aterradores ruidos subterráneos, la comisión comprobó que no provenían de magma en ascenso, sino de la transmisión acústica instantánea que genera la fractura y cizallamiento de la roca sólida profunda en zonas de falla.

En sus consideraciones, MacDonald y Johnston postularon que el terremoto fue desatado por un fuerte hundimiento del fondo oceánico al sur del escarpe de falla costero de Tonosí, transfiriendo esfuerzos mecánicos a la masa continental de Azuero. El terremoto de 1913 quedó así caracterizado no solo como un episodio imborrable en la memoria comunitaria azuerense, sino como el primer examen científico interdisciplinario sobre el riesgo telúrico y la condición de la construcción en Panamá.

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