Latigazos y el destierro del silencio

  • 04/10/2026 00:00
DESAUTOMÁTICO, CÍA. Gramo Danse, XIELO, 15 de septiembre de 2026

Si dentro de mil quinientos años encontraran un monolito idéntico al de Piedra Pintada en El Valle de Antón, o en cualquier otro rincón de Panamá, y sus petroglifos no hubieran sido esculpidos por habitantes precolombinos sino por los hombres del siglo XXI, ¿qué imágenes estarían talladas?

¿Qué podrían descifrar en ellas los entes del futuro además de nuestra soledad? ¿Serían capaces de descubrir entre las líneas de esas representaciones pictóricas si nuestra morada era hogar para la cultura de seres-hombres que se conmovían con el vuelo iridiscente de las mariposas, o seres-robot que marchaban impávidos hacia la extinción? ¿Podrían acaso hacer una radiografía para desentrañar en qué instante del tiempo asfixiamos el asombro y la emoción, y de dónde surgió la automatización?

Los bailarines de DESAUTOMÁTICO representan cuerpos sometidos a movimientos repetitivos y mecanizados.

¿Percibirán esos mismos habitantes del futuro que muchos siglos atrás, antes de que ellos existieran, hubo tiempos donde belleza y poesía anidaban en la cotidianidad de los pueblos, y se usaban cantos, bailes, escritos y dibujos para revelarlas?... No existe una respuesta, pero es probable que podrán imaginar el periodo largo, confuso y tortuoso de transición hasta llegar a su presente.

Esas son preguntas que pueden surgir a partir de la obra DESAUTOMÁTICO, una propuesta dancística de GRAMO–cía. de danza. El espectáculo, con dirección y coreografía de Andrea Arobba, fue el cierre del Encuentro Nacional de Danza del Ministerio de Cultura, presentado en XIELO, en Parque Lefevre, el pasado 15 de septiembre de 2026.

La obra, tal como dice la misma compañía, «cuestiona la automatización de los cuerpos, los pensamientos y las relaciones humanas en la era digital, los algoritmos y la viralización de conductas en redes sociales». El tema de la automatización que plantea no es reciente. Ya los antiguos griegos afirman en la leyenda de Cadmo, héroe de la mitología, que él sembró dientes de dragón que se convirtieron en soldados. Otras mitologías antiguas también incluyeron personas artificiales, como las sirvientas mecánicas parlantes (en griego antiguo: «doncellas doradas»), construidas con oro por el dios Hefesto.

El montaje utiliza movimientos precisos y repetitivos para representar la soledad y el aislamiento asociados con la tecnología.

Y saltando los siglos, en 1927 se estrenó la película Metrópolis, dirigida por el alemán Fritz Lang, en la que la «Maschinenmensch» (máquina-humano) ya se erguía como el primer robot representado en un film. Sin embargo, en los tiempos pasados estos seres eran producto de la imaginación y pertenecían al campo de la ciencia ficción. La automatización era un asunto de la fantasía, de lo irreal que buscaba divertir, dar una pausa en la diaria faena de vivir. En cambio, hoy es una verdad palpitante que empuja, que atropella, que amenaza, que asusta cada día y aumenta siempre más y más.

DESAUTOMÁTICO es un montaje valiente. Su narrativa no se limita a esquematizar la situación compleja de una sociedad-rebaño que está perdiendo su identidad. La pieza toca el ánima del espectador, lo confronta y lo invita a reflexionar sobre su rol y responsabilidad. Es una advertencia y una puerta abierta desde donde se pueden contemplar y buscar soluciones. En el performance participan seis bailarines. Con una coreografía de movimientos repetidos y mecanizados, bailan la condición de esclavitud y soledad a la que somete la tecnología.

La obra combina danza, música y movimiento para plantear una mirada crítica sobre la automatización de la vida cotidiana.
Latigazos y el destierro del silencio

Al inicio, ubicados de a tres en los laterales del escenario, cada uno de ellos se desplaza en diversas direcciones como autómata, repitiendo una secuencia de movimientos individuales donde no existen la emoción o la alegría. Todo es preciso, pero frío. Cada movimiento es pensado y ejecutado con precisión, pero luce, como paradoja, una suerte de expresión inerte. A medida que avanza la puesta los bailarines se descubren en el espacio, reconocen sus limitaciones y la pérdida de identidad. No están felices. No quieren eso. Dicen basta. Entonces juegan a relacionarse con movimientos más amplios y con un contacto más cercano. Se sienten más libres, menos máquinas, lo cual corresponde al propósito de la puesta, como lo manifiestan en el dossier de presentación: «la obra propone desprogramar los movimientos rutinarios y explorar gestos libres, imprevisibles y significativos».

La obra propone recuperar el movimiento espontáneo y la conexión humana frente a los comportamientos automatizados.

Hay un momento particularmente emotivo y hermoso: cada bailarín-autómata se quita el saco y golpea el piso con él, con fuerza, con furia. Todos juntos, al mismo tiempo. Hacen música sobre la música. A punta de latigazos buscan despertar las entrañas de la tierra para que les devuelva la sensibilidad. Para que les redima de tanta soledad. Para que destierre el silencio. La propuesta final que representa la liberación total, la desautomatización, bailando salsa, está llena de simbolismo y fiesta. Contagia de alegría tanto a los bailarines como al público, al que invitan a danzar para que el escenario se convierta en una pista de baile.

Aristóteles bien decía que el público se liberaba de emociones como el miedo o la compasión al ver una tragedia en el teatro. DESAUTOMÁTICO al fin es una catarsis. Un ritual de transformación interior. La lucha por recuperar el alma humana.

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