Los libros y el Libertador

  • 07/07/2020 00:00
Los guardias de la Magdalena Vieja le franquearon la entrada al joven oficial que, al galope, había llegado desde Lima para entregar un documento cuyo encabezamiento rezaba en la lengua de Rousseau: «Note des livres fournis á Son Excellence le Libérateur» (Recibo de libros proporcionados a su excelencia el Libertador).

Los guardias de la Magdalena Vieja le franquearon la entrada al joven oficial que, al galope, había llegado desde Lima para entregar un documento cuyo encabezamiento rezaba en la lengua de Rousseau: «Note des livres fournis á Son Excellence le Libérateur» (Recibo de libros proporcionados a su excelencia el Libertador). La casi totalidad de las obras ahí anotadas estaban en francés a juzgar por los títulos. Estos aparecen abreviados pero, por tratarse de una factura, es precisa en el número de volúmenes de cada obra, su formato y el precio: en total 36 obras que comprenden 123 tomos por un valor de 366 pesos que fueron honrados en 1825 por la naciente República peruana para halagar a Bolívar con una nueva biblioteca después de la victoria en Ayacucho en diciembre de 1824.  El mensajero no fue otro que José María Sáenz del Campo, medio hermano de Manuelita Sáenz, teniente de milicias del Batallón Numancia –aquel cuerpo de 650 hombres que abrazó la causa patriota en tiempos del generalísimo José de San Martín– rebautizado “Voltígeros de la Guardia” por Bolívar a su llegada al Perú en 1823.

¿Por qué pensaban las autoridades republicanas peruanas que los libros serían del agrado del Libertador? O mejor aún, este hombre de acción ¿era también un asiduo lector? Gracias a los historiadores M. Pérez Vila (1960), R. Ríos Torres (1997) panameño, y R. Zapata (2003) se conoce que Bolívar, además de leer en francés, tenía entre sus posesiones más valiosas dos tomos –correspondientes a distintas ediciones– de los “Comentarios de la Guerra de las Galias”, de Cayo Julio César, y nueve volúmenes de las “Obras de Federico el Grande” que llegaron con él al Perú. Todos estos ejemplares son bilingües, con el texto latino y la versión castellana.

Entre los libros entregados en el alojamiento bolivariano de Magdalena Vieja, hoy distrito de Pueblo Libre en Lima, destacan los relativos a Napoleón: “Jugement impartial sur Napoléon, ou considérations philosophiques sur son caractere, son élévation, sa chute, et les résultats de son gouvernement » de Azais (« Juicio imparcial sobre Napoleón o consideraciones filosóficas sobre su carácter, su ascensión, su caída, y los resultados de su gobierno »); “Lettres sur les Cent Jours », de Benjamín Constant (“Cartas sobre los Cien Días”); “Histoire de Napoléon et de la Grande Armée pendant l'Année 1812 » del conde de Segur (“Historia de Napoleón y del Gran Ejército durante el año 1812”), hijo del futuro rey Luis Felipe; las “Memorias” de Rapp, Montholon y Gourgaud (edecanes del emperador francés); y cinco volúmenes que aparecen como “Oeuvres de Napoléon » que pudieran ser el famoso “Diario” de Las Cases. Son todos libros adquiridos en Lima, es decir, contaban con un público que los leía en su idioma original. Si hubo un sector de la actividad comercial peruana que requirió una cierta experiencia y cultura, sobre todo en lo referente a la preparación intelectual del negociante, ese fue el comercio de libros (Gonzales Sánchez, 1997).

Con la llegada de los Borbones a la Corona española se dicta, con la Real Cédula de 1788, una nueva política sobre los privilegios que se conceden para la impresión y reimpresión de libros. En esta cédula, promulgada a iniciativa de Floridablanca, se hace un resumen de las disposiciones que desde 1752 se habían dictado de forma dispersa para el fomento de «un arte y comercio que tanto contribuyen a la cultura general y a la propagación de las ciencias y conocimientos» (P. Guibovich, 2007). Bajo estas nuevas bases, las traducciones del francés y del italiano representan, en el curso del último tercio del siglo XVIII, el 66% de la producción editorial española; permitiendo que, a una edad temprana, los miembros de las élites criollas de la América española entrasen en contacto con la literatura de la Ilustración (Peligry,1984).

Esa misma élite culta de Lima era abastecida por libreros y comerciantes dedicados a la importación de libros europeos vía Panamá. Una de ellas era la del fraile Jerónimo Diego Cisneros, en la calle Pozuelo desde 1783. Otro establecimiento dedicado a la venta de libros era el regentado por Guillermo del Río en la calle Arzobispo, activo desde 1792 hasta el advenimiento de la República.

Otra de las vías de penetración de la literatura francesa fue el equipaje de los funcionarios asignados a la administración colonial hispanoamericana como Antonio Porlier (104 obras en francés de 417 libros) e Ignacio Flores (18 obras en francés de 46 libros), nombrados oidores de Charcas y fiscales de indios a finales del siglo XVIII.

No faltaron lectores que acudieron a sus amistades y parientes que residían en la península para saciar su pasión bibliográfica. Uno de los corresponsales más conocidos en Andalucía era el limeño José Eusebio de Llano Zapata, quien residía en el puerto de Cádiz, «la principal fuente de alimentación de libros prohibidos de España» según Marcelin Defourneaux (1973). Un dato revelador: en 1772, los franceses estaban representados por 79 casas comerciales que vendían libros a América, una verdadera “presencia ideológica” (Peligry, 1984). Tenemos entonces que las joyas bibliográficas de ese momento removieron el virreinato con la misma intensidad que las campañas militares del Libertador.

Embajador del Perú en Panamá
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