Para Juan Camilo Nariño, presidente de la Asociación Colombiana de Minería (ACM), “una de las mayores restricciones que hoy hay para cumplir los acuerdos...
- 25/03/2012 01:00
PALABRA. El cine ya no como un santuario de la imaginación, como un espacio propicio para los sueños colectivos, sino como parte de la parafernalia de consumo de los ‘malls’. El cine ya no como una de las máximas expresiones artísticas de los últimos cien años, sino como otra cosa que hacer entre las pausas de la compras, como pedir un falafel o un sándwich submarino, practicar ‘bungee jumping’ bajo techo o que te hagan un retrato en una tablet. Algo que se ofrece rápidamente, desechable como las bolsas de plástico con el logo de un almacén...
La taquilla como otro lugar más frente al cual aglomerarse ciegamente, hacer fila y entregarse al feliz desembolso, siguiendo siempre al rebaño estupefacto de novedad. La exhibición fílmica después del cierre del de los cines Alhambra, la última cadena local que no estaba incorporada definitivamente a la maquinaria de los gigantescos centros comerciales, o a centros de entretenimiento como Extreme Planet.
Para el realizador panameño Edgar Soberón Torchia el cese de operaciones de los cines Alhambra es ‘un fenómeno inevitable, porque el cine, tal y como lo conocimos en el siglo XX, está llamado a desaparecer o a sufrir modificaciones radicales’. Detalla que son varias las causas de esta transformación, y las mismas van de lo tecnológico a lo meramente estético. ‘Ahora mismo el cine hace eco a lo que era en sus orígenes: un espectáculo de sensaciones... Por eso están tan de moda las películas de efectos especiales, en 3D, que sólo buscan conmocionar a los consumidores ocasionales, que realmente no aman al cine pues no tienen cultura cinematográfica. ¿Y qué mejor lugar para esas manifestaciones que un ‘mall’ ?’, sentencia el cineasta vía correo electrónico desde Cuba.
Por su parte, César del Vasto, autor del libro Breve historia del cine panameño asegura que el mercado está ‘condicionado para que las personas vayan al ’mall’ a consumir otras cosas antes de ir al cine, para que primero vayas de compras, después a cenar y si, te alcanza la plata, entonces a ver una película’.
De esta forma, advierte el historiador, se ‘mata la experiencia colectiva que es el cine’, así como toda posibilidad de una enriquecedora convivencia con la familia, vecinos, amistades, etc. Asegura que lo que le queda a los cinéfilos es ‘encerrarse en su casa a ver cine pirata o en blu- ray’, reforzando así un ‘individualismo absurdo’, estéril en cuanto a sus posibilidades de generar un debate de provecho.
‘Como un retroceso’, califica el periodista cultural Anastacio Puertas el hecho de que el séptimo arte esté relegado a los centros comerciales o de entretenimiento. Añade que las ‘salas dedicadas al buen cine no tienen cabida’ en sitios que están orientados al consumo, menos en Salas VIP en las que ‘entra un ‘waiter’ a servir licor y comida’, por lo que resulta imposible concentrarse en la cinta que se está proyectando.
Aún así, Puertas no abandona la esperanza de que en el futuro alguna cadena decida abrir salas fuera de los cluster comerciales, para así retornar ‘al rito del encuentro en las salas exclusivas para cine’.
Es un sueño que comparte la promotora cultural Alejandra Schedeljerup, quien califica como ‘un golpe muy duro’ el cierre del Alhambra de Vía España, después de que las salas de Plaza Agora, Milla 8 y Chanis también apagaran sus luces para siempre.
EL FIN DE UNA ERA
Para la organizadora de cursos de cine -que durante la última década tuvieron como escenario precisamente el Alhambra- esta clausura se puede explicar en términos económicos: con los años el valor inmobiliario del local ubicado en la Vía España se disparó, haciendo que los ingresos de las salas que albergaba palidecieran en comparación. ‘Estaba condenado a desaparecer, sobre todo después de que falleció su fundador Enrique Martin. Después no se siguió invirtiendo en la modernización de los cines, en las últimas tecnologías como el 3D, que es lo que motiva a la gente para que siga asistiendo a los cines’, explica, ex directora de proyectos culturales del extinto cinema.
Schedeljerup señala que cuando el cine Alhambra abrió sus puertas -a finales de los años setentas- ‘mató a los cines de barrio’, para después convertirse a su vez, con el pasar de las décadas, en víctima de las cadenas extranjeras que operan en los centros comerciales.
‘En mis tiempos el Alhambra de Vía España era como decir el ’Cinepolis’ hoy en día. Cuando era chica recuerdo que siempre estaba lleno’, rememora Ivonne, una estudiante universitaria, quien hace un semanas atrás fue a ver la película Esto es guerra en este cine. ‘El último filme que vi ahí fue ’La dama de hierro’. No había popcorn y nos sentamos en una sillas duras, de madera’, dice Esteban, un cinéfilo local.
CULTURA DE CONSUMO
¿Cuándo el cine en Panamá se convirtió en una mera oferta de consumo? ¿Cuándo lo ’malls’ se apropiaron de esta forma de arte, contaminándola con su cultura de velocidad, dispendio inmediato y frivolidad? Según Del Vasto este proceso se inició a finales de la década de los noventas, cuando las cadenas extranjeras comenzaron a establecerse en los centros comerciales locales.
Soberón Torchia subraya que, además del cierre de los cines Alhambra, otra pérdida sensible para la exhibición cinematográfica en Panamá fue el cese de operaciones de Distribuidores S.A., una firma que se dedicaba a la difusión del cine mundial. El director comenta que debe parte de su acervo cinematográfico a Adolfo Hassán, propietario de la desaparecida compañía. ‘Si en Panamá seguimos cerrándole las puertas a la cultura cinematográfica mundial, dejaran de funcionar todas las salas y se demolerán los viejos palacetes de cine. En otros países, se procura rescatar algún cine de barrio, poniéndolo a funcionar para aquellos que realmente aman el cine’, sugiere.
El problema, apunta Del Vasto, va mucho más allá del séptimo arte. Sostiene que es consecuencia de un pobre desarrollo cultural a nivel nacional, y de un paupérrimo sistema educativo. Para él estas falencias forman parte de ‘un mecanismo de dominación’, que tiene como objetivo mantener al pueblo en la ignorancia, perpetuar el ‘status quo’ de esta ‘especie de país superficial al que todo mundo viene a hacer negocios y a fiestar, a hacer su Sodoma y Gomorra para después ir pa’ alante’. Un país donde para ver un filme es menester meterse en un ‘mall’ en el que, a pesar de la aglomeración sofocante, las vidas pasan sin tocarse.