Oliver Syrkin: de las olimpiadas matemáticas a una comunidad Guna

El joven que representa a Panamá en olimpiadas matemáticas encontró en una comunidad Guna un reto distinto: descubrir cómo aprende cada niño

Oliver Syrkin está acostumbrado a los problemas con reglas claras. En una olimpiada matemática tiene una hoja, un reloj y una respuesta que encontrar. Pero en una comunidad Guna de Arraiján, provincia de Panamá Oeste, encontró un problema diferente: antes de resolverlo, primero tenía que descubrir cuál era.

El joven compite por Panamá en olimpiadas matemáticas y el último año sumó varios logros a su trayectoria. Obtuvo bronce en la Olimpiada Panameña de Matemática, participó en marzo en el Torneo Internacional de Ciudades, con sede en Rusia, y en mayo ganó oro para Panamá en la XXXII Olimpiada de Mayo.

En agosto viajó a Durango, México, como uno de los tres estudiantes que representaron al país en la Olimpiada Matemática de Centroamérica y el Caribe.

Fuera de las competencias, las matemáticas lo llevaron a otro escenario.

A través de Fundación Raíz, Oliver y su equipo llegaron a Abia Yala, una comunidad Guna en Arraiján. Allí encontraron niños de seis años junto a otros próximos a la adolescencia. Algunos podían multiplicar, mientras otros todavía necesitaban ayuda con la suma. En algunos casos, un niño mayor sabía menos matemáticas que uno varios años menor.

La experiencia dejó una primera conclusión: la edad no era una forma confiable de saber qué dominaba cada estudiante.

Un problema sin hoja de respuestas

En una competencia matemática, entregar el mismo problema a todos forma parte de las reglas que hacen justa la competencia.

En Abia Yala, en cambio, una misma lección podía producir el resultado contrario.

Por eso, Oliver y el equipo comenzaron con una pregunta distinta: ¿qué sabe realmente cada niño?

Desarrollaron una evaluación diagnóstica para identificar fortalezas y vacíos en contenidos que van desde la aritmética básica hasta fracciones, decimales y porcentajes. Después organizaron las lecciones de acuerdo con el nivel real de cada estudiante y no simplemente según su edad o grado.

Pero el nivel matemático no era la única variable.

También importaba el contexto.

El equipo desarrolló, usando Claude Code, un sistema de tutoría alimentado con el currículo de matemáticas del Ministerio de Educación y complementado con vocabulario y situaciones de la vida Guna. Oliver trabajó además con un tutor Guna para comprender mejor las palabras y referencias que podían hacer que los problemas resultaran familiares para los estudiantes.

Así, las matemáticas podían aparecer en situaciones cotidianas: un puesto de comida, el reparto de pescado entre familias o el precio de una mola.

“No entras a una tienda pensando: ‘voy a hacer una resta’”, explica Oliver. “Piensas: tengo tres dólares y el jugo cuesta uno cincuenta. ¿Cuánto me queda? Ahí es donde viven las matemáticas”.

Las visitas también cambiaron el proyecto

La experiencia no siguió un guion fijo.

Los niños comenzaron a regresar. Algunos pedían ejercicios más difíciles. Otros se quedaban conversando después de las sesiones. Luego llegaron mensajes por WhatsApp y redes sociales para preguntar cuándo volvería Raíz.

Cada visita aportaba nueva información: qué ejercicio resultaba demasiado difícil, qué explicación funcionaba y qué estudiante debía comenzar la siguiente sesión en otro nivel.

El proyecto dejó de ser solamente una forma de enseñar matemáticas y se convirtió también en un ejercicio de observación. Oliver no llegó a Abia Yala con una solución terminada. Llegó con supuestos que después tuvo que corregir.

La experiencia cambió la pregunta inicial. La variable importante no siempre era la edad, sino el conocimiento. El problema no siempre estaba en la dificultad del ejercicio, sino en la forma en que estaba planteado. Y una misma lección no necesariamente tenía que llevar a todos los estudiantes por la misma ruta de aprendizaje.

Otro tipo de competencia

Ese proceso guarda una relación con el tipo de matemáticas que Oliver practica en las competencias.

Cuando un enfoque falla, se intenta otro. Cuando una suposición no funciona, se descarta. Y cuando aparece nueva información, el problema cambia.

Fundación Raíz se prepara ahora para comenzar visitas regulares a una segunda comunidad indígena. El equipo seguirá ajustando las evaluaciones, las lecciones y su sistema de inteligencia artificial a partir de lo que ocurra con los mismos estudiantes a lo largo del tiempo.

Oliver, mientras tanto, continúa con sus entrenamientos y competencias.

Las dos actividades, sin embargo, ya no parecen tan distantes. En una olimpiada, el problema está escrito antes de que entre al salón. En Raíz, primero tiene que descubrir cuál es el problema.

Y ese, por ahora, es el problema que más le interesa resolver.

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