Uno de los puntos clave mencionados fue la interacción de la APA con otras carteras del Estado para garantizar que los procedimientos se realicen en regla...
- 21/07/2020 00:00
Una dama rescatada, un héroe solitario, una huida apresurada de Panamá y una vida de duelista parecen componentes de una novela de aventuras de Emilio Salgari, pero son en realidad rasgos de la agitada vida periodística de Guillermo del Río, impresor que comprometió su pluma con la causa de Fernando VII contra la invasión francesa, liquidó el diario “Telégrafo Peruano” (1796), fundó “Minerva Peruana” (1808), “El Satélite Peruano” (1812), la “Gaceta del Gobierno de Lima”, el “Triunfo de la Nación” (1821) y abrazó con fervor la retórica y las convicciones antirrepublicanas, convirtiendo todo rumor en noticia. Del Río parecía imparable, pero le surgieron unos adversarios formidables, los integrantes de la Sociedad Académica de Amantes del País, editores del “Mercurio Peruano”.
La adquisición de cultura fue el símbolo de mayor distinción en un entorno ilustrado y ese atributo fue adecuadamente instrumentalizado por los editores del Mercurio Peruano (Peralta Ruiz, 2005). Panamá, vía de acceso a los libros de una Europa volcada a la Ilustración, aporta al proceso periodístico peruano las fases que permitieron el paso de una prensa ilustrada a una liberal. El istmo es de los primeros territorios de la América española que interioriza que la información no es un atributo privativo de las autoridades y se suma a la guerra de propagandas que, con diversa intensidad, sacudió las principales ciudades virreinales durante los años previos al ciclo de independencias políticas de la metrópoli. Son batallas de pluma apasionada y creativa, de argumentos de propaganda fidelista o contraria al Antiguo Régimen, un sistema que consideraba que las noticias debían estar sometidas a la iniciativa y al control de la burocracia virreinal aun cuando las Cortes de Cádiz hubiesen decretado una efímera libertad de imprenta el 18 de abril de 1811. Los periódicos que circularon al amparo de esa legislación fueron un total de catorce, entre los que destacan “El Verdadero Peruano”, “El Investigador”, “El Argos Constitucional”, “El Anti-Argos” y “El Cometa”. Para Dunbar (1943) y Martínez Riaza (1982) es el apogeo del periodismo doctrinario patrocinado por las Cortes que no sobrevivió la censura del Cabildo limeño.
Panamá se pliega a la línea contestataria e insurgente del diario “El Despertador Americano” en el Virreinato de Nueva España, mientras que la prensa de corte ilustrado en el Perú se debate entre el “Mercurio Peruano” y el propagandístico “Minerva Peruana” impulsado por el Virrey Abascal. Hay suficientes evidencias que indican que se discutió sobre el significado político de la libertad y la democracia que proclamaban los revolucionarios franceses (Hampe, 1997). Con la libertad de imprenta de noviembre de 1810 las opciones periodísticas se diversificaron con “El Peruano”, “El Satélite del Peruano” y “El Peruano Liberal” que, aunque efímeros, contribuyeron a consolidar el espacio político previo a julio de 1821, emblemático mes en el que el generalísimo San Martín juró la independencia peruana. El inédito clima de confrontación intelectual se acentuó entre febrero y junio de 1821 con la aparición del diario monárquico “Triunfo de la Nación” y el patriota “El Pacificador del Perú”. Es de precisar que estos debates donde se exponían con profundidad las convicciones políticas de la época sobre el futuro de la nación estaban al margen de la “Gaceta de Lima” resucitada por el virrey Gil de Taboada y Lemus en 1793 que combinaba los comunicados oficiales, las disposiciones o reglamentaciones aplicables a la marcha del país con noticias de entretenimiento orientadas a mantener a la población fiel al monarca. Así, entre 1808 y el arribo de Simón Bolívar en 1823, la capital peruana atravesó por varias coyunturas de florecimiento de publicaciones periódicas impulsadas por neomonárquicos y partidarios de la República.
Panamá, crisol de convicciones, también colaboró, antes de la llegada del Libertador San Martín al Perú, con la circulación clandestina de una hoja móvil, manuscrita y secreta titulada “Diario Secreto de Lima”, cuyo autor fue el neogranadino Fernando López Aldana que comentaba sobre los procesos autonomistas por los que atravesaban La Paz, Santiago de Chile y Buenos Aires.
Cada uno de estos periódicos, aunque heterogéneos y dispersos, fueron hitos fundamentales en la formación de una opinión pública distinta a la que existía en la metrópoli y aspiraban a tener la capacidad de cubrir el ámbito “nacional” del Perú, una tarea reservada a los periódicos posteriores a la victoria de Ayacucho de 1824.