Entre 5,9 y más de 27 millones de niños y jóvenes de hasta 25 años de edad caerían en la pobreza para el 2030 a causa de la crisis climática en América...
- 06/11/2011 01:00
J artún no es una ciudad particularmente bonita. Ni cómoda. Ni limpia. Ni accesible. Ni mucho menos moderna. Técnicamente hablando, ni siquiera es una sola ciudad, porque lo que generalmente se conoce como ‘Jartún’ es en realidad un monstruo de tres cabezas separadas por el Nilo y llamadas Jartún, Jartún Norte —o Bahri— y Omdurman. En ésta enorme área metropolitana viven unas cinco millones de personas. O mejor dicho, se cocinan poco a poco, ya que es una de las capitales más calientes del mundo, en donde se pueden superar los 53 °C en pleno verano. Si a la sensación de estar viviendo dentro de un horno le agregas el omnipresente polvo que lo mancha absolutamente todo, la primera impresión es que, en efecto, acabas de entrar al infierno sobre la tierra.
En realidad, los horrores de Jartún son sólo un reflejo del país al que le sirve como capital. Sudán es un desastre, un país de proporciones mastodónticas en el mapa pero cuyo gobernantes y pueblo no han sabido convertir en un estado con mínima coherencia. Después de 50 años de guerra civil, el sur se acaba de independizar. El oeste del país es literalmente tierra de nadie, un sitio en el que, según la Corte Penal Internacional, se ha cometido un genocidio. Los pocos kilómetros de carretera asfaltada que existen en el país están llenos de puestos militares de control, y los extranjeros requieren de permisos gubernamentales para salir de la capital en cualquier dirección y para cualquier propósito. Un estado que ni siquiera controla su propio territorio no es un estado. Es más bien un chiste. Y uno bastante malo.
Pero así como no es oro todo lo que brilla, tampoco es infierno todo lo caliente y polvoriento. Y el hecho de que Sudán no sea precisamente un estado modélico no lo hace menos atractivo. Sudán despide ese irresistible perfume que es propio de los países fracasados, violentos, caóticos. Esos que sólo existen en el mapa y en las mesas de la ONU. Como el roquero cuyo desenfrenado estilo vida hace que se lleve a todas las chicas, Sudán te conquista el corazón a base de sacudidas de adrenalina y bofetadas en la cara.
LA LUCHA DE LAS MONTAÑAS
La primera vez que lo viví fue en Bahri. Llegamos allí para presenciar las afamadas l uchas de las montañas de Nuba, que se celebran en el Souq (mercado) al-Seta todos los viernes. No teníamos ni idea de cómo llegar al Souq así que nos bajamos del bus en pleno barrio y decidimos preguntar. A la primera, un hombre se ofreció a llevarnos hasta la puerta del local donde se celebra la lucha. Fueron cinco minutos a pie, pero suficientes para que una sensación inolvidable invadiera mi cuerpo: allí, por primera vez desde que entré en Marruecos hace cuatro meses, sentí que realmente estaba en África. El África de las películas y documentales, la de la pobreza extrema y el calor sofocante. La de la gente negra, negrísima, y las flacas cabras caminando libremente entre las personas. La de las calles de tierra y los niños llenos de polvo jugando al fútbol improvisado entre piedras y basura. La que habita, en definitiva, en la mente de todos los que nunca han pisado éste continente.
La ‘arena’ donde acontece la lucha no es r ealmente un local, ni siquiera un edificio. Es un círculo de tierra —la misma superficie que el resto del mercado— delimitado por telas sostenidas con palos. Una especia de biombo circular. Para entrar, hay que pagar aproximadamente un dólar, y aparte puedes alquilar una silla por 50 centavos. La alternativa, por supuesto, es sentarte en la tierra. Dentro, líneas de cal delimitan un círculo semejante al centro de un campo de fútbol —donde acontece la lucha— con otro círculo concéntrico exterior, que marca el límite del área de combate. La gente va llegando poco a poco y cada vez con más frecuencia. Por ahí deambulan niños y mujeres vendiendo comida, refrescos y agua.
Cerca de las cinco de la tarde, un hombre con un tambor empezó a tocar en el centro de la arena. Sin darme cuenta, el lugar se había llenado. Todo el perímetro de la arena estaba lleno de gente en sillas y también sentados en la tierra. El sonido de las conversaciones sólo era perturbado por el rítmico e incesante tamborileo.
Poco después aparecieron los luchadores, vestidos con uniformes de fútbol. La lucha va por equipos, y ese día se enfrentaban ‘los leones’ y ‘los halcones’. Los equipos se metieron en sus áreas —en lados opuestos de la arena— mientras algunos luchadores se paseaban por la arena para relajarse, sus miradas rebosantes de orgullo, virilidad y testosterona. El ronroneo del público —todo hombres salvo dos mujeres extranjeras que habían llegado conmigo— era cada vez más alto. En eso, un hombre con una vieja camiseta roja —el árbitro— empezó a pitar en el centro de la arena. El espectáculo más popular de Jartún estaba a punto de empezar.
INTENSIDAD GRADUAL
Los primeros dos luchadores empezaron estudiándose mientras se ponían tierra en las manos. En cuestión de segundos se enzarzaron intentando derribarse mutuamente. El arbitró observaba de cerca la acción y en el público no se escuchaba ni un murmullo. Uno de los luchadores decidió atacar los pies de su adversario y logró derribarlo. El árbitro pitó, el público aplaudió, y el ganador comenzó a hacer su particular baile de celebración.
Las próximas dos peleas fueron finiquitadas con la misma rapidez y sus protagonistas exhibieron una técnica bastante pobre. Como en el boxeo u otros deportes similares, los combates importantes se dejan para el final. El público, por su parte, vive una transición parecida. Los escuché rugir por primera vez al final de la cuarta pelea, cuando un habilidoso luchador logró tumbar a su oponente de manera incontestable después de un largo periodo de estudio mutuo. Hasta ese momento, el ambiente no era tan animado o caótico como esperaba, y sospeché que el hecho de que no hubiera apuestas de por medio —prohibidas en el Islam— tenía mucho que ver en ello.
Mi teoría terminó siendo de pacotilla. Murió enterrada por las tres peleas siguientes, en las que luchadores realmente famosos —esos que el público conoce por nombre y que provocan murmullos al pasearse frente a la gente— demostraron qué es realmente la lucha de las montañas de Nuba. Mientras observaba a los maestros luchar —rápidos, precisos y contundentes— pensaba en qué tienen exactamente la lucha, el choque y la confrontación que nos tocan una fibra íntima. La vida, al fin y al cabo, es una lucha constante, y las luchas de cada uno suelen vivir y morir, ganarse y perderse en nuestras mentes y corazones. Pero hay algo acerca de las luchas públicas, desde la s guerras hasta los deportes pasando por las peleas callejeras, que nos arrastran irremediablemente hacia ellas. Todas las civilizaciones las han tenido. Esa combinación de fuerza bruta y estrategia, de instintos y razón, de maldad y nobleza, de neuronas y hormonas encierra gran parte de lo que somos los humanos, pobres diablos a mitad de camino entre animales y dioses.
BELLEZA ENTRE EL DESASTRE
El rugido más fuerte de toda la tarde interrumpió mis reflexiones. El sol estaba a punto de esconderse cuando terminó la última pelea. El ganador derribó a su oponente tomándolo magistralmente por la cintura, dándole la vuelta en el aire y estrellándolo contra la tierra. Todos estallamos en celebraciones. La gente se puso en pie. Bailaban, saltaban y cantaban. La policía, mientras, intentaba mantener el orden. Los del lado derecho de la arena, el lado ganador, celebraban un poco más, pero el lugar entero estaba en estado de absoluta catarsis. El ganador de la última pelea, absolutamente exhausto, recibía su paga de la manera más inverosímil: un hombre con un fajo enorme de dinero ponía los billetes en la palma de su mano e intentaba pegarlos, uno por uno, en la frente sudorosa del campeón. Casi ninguno permanecía pegado, por lo que los billetes volaban un rato antes de caer al suelo alrededor del luchador que, paralizado de cansancio, no hacía el menor esfuerzo por recogerlos.
En las montañas de Nuba no se lucha por dinero. Se lucha por honor. Lastimosamente, las montañas son inaccesibles en la actualidad, ya que son el escenario de violentos enfrentamientos entre el gobierno sudanés y milicias rebeldes que luego de la guerra civil quedaron fuera del reparto de poder o inconformes con los términos de la paz. Es otro ejemplo de la contradictoria realidad de Sudán.
Mientras tomaba el bus, me preguntaba si la belleza en medio del desastre es realmente más bella o simplemente nos lo parece. Como una flor de loto, la diversidad cultural de este país y el espíritu de su gente flotan majestuosamente sobre el fango de su desastrosa realidad política, y eso es suficiente para enamorarse de esta tierra. La vuelta a los horrores de Jartún jamás fue más fácil que aquella noche.