El edificio, cerrado hace más de una década por problemas estructurales, pasó de albergar a cientos de estudiantes a convertirse en un albergue temporal...
- 17/08/2020 00:00
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️“Una ciudad ideal es aquella que toma en cuenta las necesidades de todos los sectores sociales de su población”, anota Rommel Escarreola, historiador, quien asegura que “desde la fundación de la ciudad de Panamá el 15 de agosto de 1519, se establece una ciudad con una disfunción social propia del momento y de la época; no obstante, después que es trasladada en 1673 al Casco Antiguo se produce la misma segregación de intramuros y extramuros. En la actualidad esa separación social no se ha eliminado”.
Azael Carrera, secretario ejecutivo del Centro de Estudios Latinoamericanos, apoya la premisa de Escarreola y comenta que el desarrollo de la ciudad de Panamá estuvo dirigido por los mecanismos que rigen el mercado del suelo urbano y una debilidad del Estado por controlar y dirigir un crecimiento ordenado.
“A partir de la década de 1980, pero, sobre todo después del restablecimiento del régimen democrático, las fuerzas del mercado asaltaron la ciudad e impactaron no solo en el ambiente construido, sino que generaron desigualdades sociales y profundizaron otras ya existentes”, indica Carrera, “el resultado de esto es una ciudad dividida socialmente, donde los grupos de poder ocupan las áreas más valoradas, mejor servidas urbanísticamente, mientras que las clases subalternas ocupan espacios alejados de su centro de trabajo, sin equipamiento comunitario, sin espacio público para la interacción y con déficit de servicios públicos urbanos”.
Asimismo afirma que la mancha urbana se extiende a lo largo del eje costero en una distancia que va desde Pacora hasta Capira, y desde el centro hasta Chilibre. “Un área donde se ubican de manera desordenada las diferentes actividades características de los entornos urbanos”.
De este modo, sostiene que este espacio está doblemente dividido por dos procesos. El primero es la división técnica del trabajo que genera zonas comerciales, distritos financieros, zonas turísticas, industriales y residenciales. Y el segundo constituye la división de la sociedad en clases, que se expresa en la ocupación de espacios atendiendo a la capacidad de pago de sus habitantes, un proceso conocido como división social del espacio.
“Este último proceso está directamente relacionado a la formación del hábitat popular. Aquellas familias que no pueden tener acceso al mercado de la vivienda, buscan satisfacer su necesidad a través de otros mecanismos 'legítimos': en invasiones de terreno construyen sus propios barrios e inician una lucha por su legalización”, puntualiza.
Datos apuntan que el 50% de los barrios de la región metropolitana de Panamá fueron creados por invasiones de terrenos. “Al ser un proceso no planificado, tienen trazados de calle no apropiados, ausencia de equipamiento para la movilidad peatonal (aceras, ciclovías y otros) y déficit de servicios públicos”.
De igual importancia, Carrera constata que el principal desafío que presenta la ciudad es la superación de sus desigualdades sociales. “En términos urbanísticos, implica alterar los mecanismos que rigen la localización de las actividades y recursos que tiene el sistema urbano. Lo que significa recuperar la ciudad para la gente, sobre todo para los sectores más vulnerables”, arguye el especialista, “pero para dar este paso, se requiere de movimientos sociales organizados en cada barrio que actúen como barrera de contención para la avanzada del capital e impongan el derecho de las personas de dirigir y organizar sus destinos”.
“La ciudad de Panamá es una de las más caras de la región, de las más desiguales; tiene altas tasas de informalidad de la vivienda, y también es una de las más alargadas, con áreas más densas que otras ciudades de la región, y con áreas rurales integradas socioeconómicamente al centro urbano. Tenemos la mayor cantidad de infraestructura pública abandonada, sin terminar, por un monto que supera los $700 millones”, manifiesta Pablo García de Paredes, arquitecto.
En este contexto, señala que el impacto sobre el medio ambiente de esta morfología es una ciudad inhóspita, de largos e innecesarios recorridos y de grandes contrastes sociales. “En la mayoría de las ciudades de América, incluyendo ciudades como Chicago, los períodos de expansión siempre fueron un gran negocio para unos pocos. La diferencia entre el crecimiento urbano panameño y el crecimiento de otras ciudades es que las ciudades del mundo han ido superando la época de las cavernas”, dice García, y registra que en Panamá ocurre todo lo contrario debido a que las cosas se hacen igual que hace 200 años. “Nuestros códigos no han sido renovados y como el Estado funciona para generar negocios, es mejor dejar las cosas como están, sin códigos y sin restricciones”.
"En la actualidad, el Plan de desarrollo urbano actualizado (2016) es una herramienta clave. Necesitamos que sus estrategias sean aplicadas y sean de conocimiento general, especialmente por parte de otras instituciones públicas y privadas. Sin integración no alcanzaremos los objetivos del plan, de la misma manera que ocurrió con el plan Urbano de 1997", reconoce.
Con relación a los principales desafíos que enfrenta actualmente la ciudad en temas de infraestructura, acentúa que son las inundaciones, deslaves, proveer fibra óptica estatal, ofrecer espacios para la salud primaria, informalidad de la vivienda, cambio climático, y preparar la ciudad para el futuro con zonas descentralizadas con más espacios verdes, con espacios regenerativos, centros culturales, avenidas peatonales y bicisendas cubiertas con árboles.
“Necesitamos áreas para comerciar en igualdad, con menos centros comerciales climatizados y más centros comerciales abiertos para emprendedores y Mipymes”, remarca García de Paredes.
En cuanto al déficit habitacional, la especulación inmobiliaria, las políticas públicas, la pobreza y la exclusión social, comenta que la política de renovar y construir vivienda popular siempre ha sido positiva y laudable, pero esa vivienda tiene que ir acompañada de espacios para emprender y consumir lo local, fortaleciendo las economías comunitarias. “Con más de 200 mil viviendas, el déficit habitacional es un problema grave que va ligado al problema de la tierra disponible. Panamá es una ciudad récord en extensión. A los costos de la vivienda se suman los asociados a una ciudad muy centralizada. Esto significa que debes viajar al centro para trabajar. Solamente la descentralización de la capital utilizando la industria y la manufactura como motor del crecimiento en las áreas periféricas, podría resolver el problema”.
Un aspecto que resalta el arquitecto es que a la hora de planificar no hay que olvidar la historia y la cultura local; “Panamá nació como un gran proyecto inmobiliario que se llama Canal de Panamá. La dialéctica entre los poderosos y sus empleados está inscrita en las narrativas mentales de las dos partes”.
“Si luchamos por la descentralización de la capital impulsando la tecnología, la industria y la manufactura en la periferia, como siempre he apuntado en mis libros y comentarios, la historia sería diferente”, expresa.
De este modo, propone que en temas de urbanismo y de políticas de ordenamiento, los planes deben ser hechos por panameños a través de medios de consulta pública. “Actualmente, varios bancos y organismos multilaterales contratan consultores internacionales para decirnos colonialmente qué hacer con nuestro país. El Estado se ha vuelto un circo vergonzoso donde hasta los planes urbanos y las estrategias se venden. En este momento, las cosas se ven muy mal”, destaca García de Paredes, “grandes empresas han sido vendidas y ese capital se convirtió en parte de la especulación financiera internacional. Sin que los grandes capitales tengan interés en el crecimiento productivo del istmo, las políticas públicas tendrán que hacer milagros para apalancar el crecimiento desde abajo, con los emprendedores y con leyes que impulsen el consumo local”.
Por su parte, Rodrigo Guardia, profesor de urbanismo, avala que el crecimiento urbano de Panamá ha sido fraccionado y disperso. “El desarrollo ha sido bastante rápido y no ha encontrado límites de planificación que digan hasta dónde la ciudad debe crecer, y eso ha tenido un impacto sobre la vivienda porque cada casa que se construye, está más lejos de la ciudad”.
Sin embargo, señala que “se ha encaminado la descentralización administrativa de la gestión municipal; este es un paso en la dirección correcta que tiene algunos retos”.
“En Panamá hay mucho espacio para mejorar en términos de políticas públicas, la mayoría de los temas que se deben manejar a largo plazo –como el ordenamiento territorial y la vivienda– carecen de una política pública establecida. Es importante que ciertos temas sean manejados con visión a largo plazo, para que no haya pérdida de esfuerzos entre una administración y la siguiente”, considera.
Para Escarreola, en las ciudades las zonas que deben ser prioridad son las áreas históricas. “Hay remodelaciones que se han hecho en Panamá con el fin de embellecer la ciudad, pero no se planificaron de la manera correcta. Considero que la historia refleja cuáles han sido los aciertos y fracasos de la creciente población”, subraya.
En tanto, Carrera apuesta por el bien común. “El Estado tiene que asumir su función de planificador, para velar por los intereses de la mayoría, y no actuar como facilitador para la acumulación de capital vía sector inmobiliario”.
Por su parte, García de Paredes enfatiza que una de las disyuntivas es cómo recuperar el tiempo perdido. “Debemos parecernos más a ciudades que nos han dejado atrás. En la ciudad de México y en Medellín, por ejemplo, se han ampliado las avenidas peatonales y construido nuevas aceras”.