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- 26/06/2011 02:00
El miércoles pasado, el presidente de la República de China (RDC, o simplemente ’Taiwán’), Ma Ying-jeou, afirmaba en su palacio presidencial que su país y la República Popular China (RPC, o simplemente ’China’) no ‘reconocían sus soberanías pero tampoco negaban sus jurisdicciones’, y que estos principios constituían ‘preceptos importantes’ en el desarrollo de lazos entre Taiwán y la China continental. En pocas palabras, Taiwán y China, como política oficial, ni afirman ni niegan la existencia y soberanía del otro. Ambos creen que sólo existe una China, y al menos geográficamente están de acuerdo en que tanto el territorio continental como la isla de Formosa forman parte integral de ella. El problema es que, por 60 años, no han podido ponerse de acuerdo en cual de las dos entidades políticas, la RDC o la RPC, es la verdadera. Ojalá fuera cuestión de una letra, transformar la D en P, o viceversa. Irán e Irak seguro los apoyarían.
MA Y SU TRUCO MÁS IMPORTANTE
Ma—nombre corto del presidente taiwanés—es un político fascinante. Tuve el honor de entrevistarlo hace tres años en Taipei, cuando apenas iniciaba su mandato. Entonces, el mundo entero se rendía a sus pies. Tal era su carisma, y la frescura de sus ideas, que alguien me dijo en Taipei que ‘Taiwán había elegido a su Obama antes que EEUU’. Para añadirle mérito al asunto, le ha tocado presidir sobre la pequeña isla de Formosa en el que quizá sea el momento más difícil para ser un líder taiwanés. Bien es cierto que Taiwán ha sido una pieza de ajedrez en las relaciones sino-americanas desde que en 1979, motivado por su humillación en Vietnam, EEUU rompiera oficialmente con la RDC y pasara a establecer relaciones diplomáticas con la RPC de Mao. Pero en los últimos 5 años la cosa se ha puesto aún peor. China está en franco ascenso, y esto naturalmente está cambiando el balance de poder mundial, continental y regional. También en el estrecho de Taiwán.
Líder del histórico partido Kuomingtang (KMT), Ma ha sabido balancear a los dos gigantes para beneficio taiwanés. Ahora, ha llegado el momento para él de ejecutar un nuevo truco de magia. Si sale bien, será sin duda una de sus obras maestras. Si no, será el último que haga en el poder. En enero de 2012, los taiwaneses irán a las urnas. Dada la excelente trayectoria de las relaciones entre Taiwán y China—y su poca prominencia en las relaciones entre Washington y Beijing—, es un secreto a voces que al otro lado del estrecho necesitan de una nueva victoria de Ma. En la Casa Blanca están de acuerdo. El problema es sencillo: la política en Taiwán gravita mayoritariamente sobre la cuestión de la RPC. La victoria del KMT en 2008, de la mano de Ma, supuso una bocanada de aire fresco por su enfoque pragmático de las relaciones a través del estrecho. Las políticas de Ma han dado resultado y las relaciones han mejorado notablemente.
ARMAS Y ELECCIONES
Por otro lado, el opositor DPP (Partido Democrático Progresista), es fuertemente independentista. Su oposición, lógicamente, está basada en un simple precepto: el KMT busca la reunificación. Su estrategia de campaña, entonces, es atacar la presunta debilidad de Ma ante Beijing. ’Debilidad’, en taiwanés, significa poco gasto militar. Y es aquí donde intervienen los dos gigantes del mundo actual. Poco después del rompimiento oficial entre Washington y Taipei, el Senado estadounidense aprobó la Ley de Relaciones con Taiwan (TRA), que establece la venta de armas a la RDC como un imperativo moral y estratégico. Desde entonces, EEUU siempre utilizó las ventas de armas a Taiwán como herramienta para satisfacer o irritar diplomáticamente a China. En los últimos años, Beijing ha roto relaciones militares con Washington hasta tres veces luego de que EEUU aprobara ventas de armas a Taiwán.
La última de esas ventas puede ser clave en las elecciones de enero. Desde hace cuatro años, Taipei ha solicitado a Washington la venta de aviones caza F-16 de última generación o, en su defecto, la actualización de los que ya posee. Por motivos obvios, EEUU ha retrasado esta venta hasta el día de hoy. Las cosas, sin embargo, podrían cambiar. La semana pasada, un gran número de senadores—demócratas y republicanos—aumentaron la presión sobre el presidente Obama para efectuar la venta o actualización de los aviones. Ahora, muchos analistas señalan que Beijing podría dar el visto bueno a la operación para ayudar a Ma a ganar las próximas elecciones. Además, Ma busca la inclusión de Taiwan en la lista de países que no necesitan de visado para entrar en EEUU.
Si le sale bien este truco, Ma—además de asegurarse cuatro años más en el poder—podría pasar a la historia como el único político taiwanés capaz de balancear a la perfección la relación de su país con EEUU y con la RPC. Pero la cosa no es tan fácil. Para empezar, no son pocos los entendidos que afirman que en Beijing importa más bien poco la política interna taiwanesa, y que jamás accederían de buen grado a una venta de armas de semejante calibre. Esto alteraría el cálculo en la Casa Blanca, que goza de mucho más poder sobre la política exterior que el Senado. En éstos momentos, Washington tiene suficiente con sus planes de retirada de Afganistán e Irak como para crear un problema de esa magnitud con Beijing. Por último, en Taiwán no todo se basa en la relación con China. Ma ha sido muy criticado por su gestión económica y muchas otras cosas, y ya hay quien ha sugerido que, pase lo que pase con los aviones, el resultado final no dependerá de eso.
SIN PLAN ES MEJOR
Pase lo que pase con Ma, lo cierto es que en Taipei no hay un plan a largo plazo para lidiar con su problema existencial. La historia de Taiwán quizá sea una de los productos más fascinantes de la Guerra Fría, pero a estas alturas deberían quedar pocas dudas de que el carácter de su relación con China no es, por ejemplo, como el de las dos Coreas. Taiwán cumple todos los requisitos para ser un Estado independiente. Sin embargo, una declaración de independencia significaría guerra con el ejército más grande del mundo, que además tiene miles de misiles apuntando a la isla (algo que ni Ma ha podido cambiar). El DPP y su política independentista, entonces, son una respuesta incluso peor a la situación.
Cuando le pregunté al presidente Ma, hace tres años, por esta falta de plan, me contestó con un proverbio chino que dice que los caminos largos se empiezan a recorrer por el primer paso. Viendo al Taiwán de hoy, quizá tenía razón. El pueblo taiwanés es la mejor prueba de que cuando hay prosperidad y libertad, el nacionalismo y sus problemas pertenecen allá, al final de un largo camino que no hay apuro por recorrer.