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- 27/09/2026 00:00
En la novela La hojarasca (1955) hay un niño sentado en una silla frente al cadáver de un médico que se suicidó ahorcándose.
Ese pequeño era Gabriel García Márquez. Cuando vivía en la casa de sus abuelos y el reloj marcaba las seis de la tarde, le decían que se portara bien y se quedara quieto en una silla en un extremo de la sala. De lo contrario, iban a venir, del más allá, sus tíos muertos Petra y Lázaro para llevárselo.
En Cien años de soledad (1967), del citado premio Nobel de Literatura, se narra la vida de una señora que teje afanosamente una mortaja para usarla el día que ella muera y cuando la acaba cierra los ojos para siempre.
Uno de los aciertos de ambos libros es que nos cuentan las cosas más insólitas como si fueran reales.
Es que ese invento magnífico llamado Macondo era Aracataca, el pueblo donde Gabo residió con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquillina Iguarán Cotes, hasta que el futuro escritor cumplió los ocho años.
Esto viene a cuento porque terminé de ver La maldición de Widow’s Bay (Widow’s Bay), ganadora de 14 premios Emmy, entre ellos, mejor serie de comedia, actor principal (Matthew Rhys), actor secundario (Stephen Root), actriz de reparto (Kate O’Flynn), actriz invitada (Betty Gilpin), dirección (Hiro Murai) y guion (Katie Dippold).
En Macondo como pasaba en Aracataca y como en la isla ficticia donde ocurre el programa de Apple TV, el clima es propicio para liberar los sustos más insólitos y estos se registran sin mayores aspavientos entre sus pobladores.
Mientras que en Macondo es la casa de José Arcadio y Úrsula el lugar escogido donde todos los misterios del pueblo eran resueltos con una lógica irrefutable, en Widow’s Bay son los adultos los que tienen las respuestas a los sucesos más singulares.
En los capítulos de Cien años de soledad, como en la colección de cuentos de Las mil y una noches, como en la mitología griega y romana, como de forma continua en América Latina y como se registra en los episodios de Widow’s Bay, lo excepcional se acepta de manera tan natural como la lluvia, el viento o la puesta del sol.
Estos hechos sorprendentes en Widow’s Bay se dan junto a situaciones habituales y verosímiles en una isla como el poco tráfico vehicular, la llegada de los barcos al puerto, que un chico rebelde haga travesuras propias de su edad o el deseo de una mujer por ser aceptada por sus ex compañeras de colegio.
En Widow’s Bay, el alcalde Tom Loftis (Matthew Rhys) y su asistente Patricia Moyer (Kate O’Flynn) intentan explicar desde la razón y el escepticismo los sucesos más raros que atraviesan la vida en la isla. ¿Quién con dos dedos de frente cree que una bruja marina llegará a tu residencia para aniquilarte o que los nacidos en esta comunidad mueran al rato de establecerse en tierra firme?
Pero el veterano pescador Wyck Crawford (Stephen Root), una especie de Casandra versión alcohólico y amargado, entiende que lo parafonantil tiene un trasfondo espiritual que debe resolverse antes que acabe con todos y que se basa en un conflicto que proviene de cuando Richard Warren (Hamish Linklater) y otros colonos poblaron la isla por primera vez en 1681.
Volviendo al inicio. Quizás en la mordaz, delirante y provocadora Widow’s Bay lo que deben acatar sus residentes y turistas es seguir al pie de la letra una reflexión que hizo Gabriel García Márquez en la década de 1960: “Lo que tenemos que hacer nosotros es aceptar las cosas como las vemos sin tratar de explicarlas”.
Widow’s Bay es la versión moderna de Twin Peaks (1990-1991) y de Lost (2004-2010). Fusiona con maestría la comedia disparatada a lo Parks and Recreation (2009-2015) con el drama social violento como en Barry (2018-2023), pero en especial su fortaleza es su dominio de las técnicas del terror cinematográfico y literario.
En este programa el terror no aparece como algo artificioso. Su carácter fantasmgórico se transmite en su puesta en escena, en su tono y en su ritmo al narrar las vicisitudes de los que residen en esa isla ubicada al frente de la costa de Nueva Inglaterra.
Hay otras referencias. Ese alcalde deseoso del progreso que trae consigo el turismo es un homenaje a Jaws (1975). Esa amenaza que se ciñe sobre un pueblo costero la une con The Fog (1980). El asesino en serie que mata jóvenes es un acercamiento a Halloween (1978) y el capítulo que ocurre en un hotel embrujado es un tributo a The Shining (1980).
Para ser aún más preciso, buena parte de lo alucinante en Widow’s Bay se debe a la desconocida atmósfera imaginada por el escritor Stephen King, quizás el más notable exponente del terror ficcional de Estados Unidos en el cierre del siglo XX.
Las aparentes supersticiones que controlan a los atormentados personajes de Widow’s Bay despiertan inquietantes lecturas que la transforman en un vehículo aún más terrorífico por las preguntas que plantea.
¿La superchería será el manifiesto de desconfianza hacia el foráneo? ¿La tierra firme representará los peligros de la modernidad? ¿Y si el pánico que embarga a la isla es una metáfora del control social ejercido por los polos de poder?
¿Son las autoridades, representadas en este caso en el alcalde, las que deben tomar las decisiones de una sociedad? ¿Se puede crear un proyecto que respete la identidad histórica de un sitio y que no riña con el proyecto de convertirla en una nueva Martha’s Vineyard?
¿Será que estos habitantes, esclavos del pasado, le temen al futuro que viene de afuera porque es desolador? ¿El verdadero miedo serán los monstruos o será el vecino que estigmatiza o el compañero de labores que ofende?
Estas interrogantes tienen una misma base: “El miedo es una de las emociones humanas más antiguas y poderosas”, como escribió H. P. Lovecraft en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927).
Los hombres y mujeres excéntricos de Widow’s Bay sufren de una profunda soledad que ahogan en el alcohol o la entretienen al estar el menor tiempo posible en sus hogares. Están encadenados a las miserias que padecieron durante sus infancias o a lo largo de sus adolescencias y son incapaces de superarlas. Ellos mienten o guardan silencio para que sus existencias no sean tan miserables y vacías.
O será que como diría Jean-Jacques Rousseau en su obra Del contrato social (1762): “El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”.
El autor es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci).