El cuerpo no le miente al cuerpo

Actualizado
  • 16/03/2024 00:00
Creado
  • 15/03/2024 21:39
El choque que se da entre nuestro cerebro consciente, inconsciente y nuestro cuerpo a la hora de mentir es lo que nos delata

Es una frase que digo muchísimo en mis talleres de comunicación no verbal y, aunque parezca mentira, el título de este artículo es la verdad más irrefutable del mundo.

Luego de múltiples estudios por universidades como Harvard, Yale, Princeton y análisis de grandes expertos en el tema por más de un siglo, queda confirmado el hecho de que el cuerpo no nació para mentir. De hecho, Darwin en su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales de 1872 lo había dejado muy claro: “Los seres vivos son realmente malos intentando esconder sus emociones simple y sencillamente porque va en contra del instinto de supervivencia”.

Desde que el Homo sapiens puso un pie en la tierra sí o sí se tenía que comunicar. Así que lo hacía usando su lenguaje corporal y, el hecho de ser transparente en su mensaje, le alargaba la vida o se comprometía su supervivencia y evolución entre sus pares y grupo social.

El choque que se da entre nuestro cerebro consciente, inconsciente y nuestro cuerpo a la hora de mentir es lo que nos delata ya que, literalmente, se produce un cortocircuito en la corriente eléctrica que lleva las órdenes e información interna que debe administrar. Al no haber congruencia, el cerebro no sabe qué hacer y el cuerpo corre directamente hacia la verdad.

Hay quienes dicen ser mentirosos expertos, sin embargo, el tiempo siempre será el mejor aliado para delatar la verdad y, más vale que tenga una memoria extraordinaria para acordarse de lo que dijo o hizo, porque le recuerdo, amigo lector, el que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar 20 más para sostener la primera.

Como nuestra fuente de aprendizaje es el adulto, cuando crecemos, descubrimos que ya defendimos mentiras, nos engañamos a nosotros mismos o sufrimos debido a ellas. Si somos buenos guerreros, no nos culparemos por ello, pero tampoco dejaremos que nuestros errores se repitan.

Dice el refrán: “Más rápido cae un mentiroso que un cojo” ... ¿cuántos casos hemos visto de gente poderosa, manipuladora, con cargos públicos o privados que terminan en la cárcel por mentir? Le recuerdo, el cuerpo no le miente al cuerpo y este se va a encargar de nuestras mentiras y de que paguemos las consecuencias de ellas, las cuales, por cierto, son peores que la mentira misma.

Nuestra consciencia siempre será nuestra jueza más dura y, a menos que tengamos una condición como la psicopatía, usted y yo siempre estaremos conscientes de que lo que hacemos o decimos, estaremos conscientes del bien y del mal porque no podemos engañarnos en lo absoluto así nos hayamos vendido una falsa verdad por años.

A lo interno de nuestro cuerpo se dan cambios importantes durante una mentira, ya que es una situación de riesgo y vulnerabilidad. El corazón se acelera, se nos reseca la boca, se dispara la adrenalina en el torrente sanguíneo, sudamos más, las extremidades tiemblan, la temperatura baja y las manos suelen ponerse frías, adoptamos posiciones de defensa, los pies apuntarán a la salida, se detonarán movimientos delatores y repetitivos en las piernas, brazos o manos, el cerebro apagará otras funciones para intentar concentrarse en la acción de mentir, habrá incongruencias dentro del mensaje hablado, porque hay una guerra interna entre el consciente y el inconsciente por la verdad y es aquí donde todo se derrumba y el cuerpo pide clemencia evidenciando la realidad de los hechos.

Todo lo anterior descrito es una agrupación tan abrumadora de cambios biológicos y psicológicos, que el cerebro tiene que decir ¡Alto! No puedo mentirme a mí mismo y se reagrupa con la verdad.

¿Por qué mentimos entonces? Comencemos por estudiar nuestra pauta infantil, nuestra autoestima, nuestros valores y nuestra posición en la sociedad. Cuando alguien se siente inferior, débil, vulnerable o quiere evitar el qué dirán de nuestros actos y realidad, comenzamos a vendernos a nosotros mismos falsas verdades y tratamos de mentirle a nuestro yo interno sin mucho éxito.

Hay miles de pruebas en las redes sociales, las cuales vinieron a sacar a la luz ese monstruo que ya existía dentro de nosotros. ¿Le doy un ejemplo de la mentira como prueba social? Una foto con alguien importante y “hacer parecer” que le conocemos realmente para aparentar lo que no somos ante la gente, que no le importa decir que es una de ellas, solo porque se dio la oportunidad y nos cruzamos a dicho personaje en un pasillo o en un restaurante. ¿Otro ejemplo? La risas falsas que vemos en Instagram, Facebook, Tik Tok, esos besos al aire, los abrazos con los cuerpos retirados, las manos flojas ante un apretón de saludo, las caras de asco, rabia, desprecio, etc., etc.

Esas simulaciones de estatus: aparentar lujos simulados con viajes, intercambios, casas alquiladas y coches prestados. Hasta el cansancio vemos y sabemos de esto en redes sociales, gracias a uno que otro influencer.

Nuestro cuerpo siempre nos va a recordar dos hechos claves: 1) No son nuestras habilidades las que muestran cómo somos, sino nuestras elecciones y 2) Todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior, lo que importa es qué parte decidimos potenciar.

Le recuerdo, el cuerpo no le miente al cuerpo, este no fue diseñado para autoengañarnos, aunque a veces creamos hacerlo, no insista en pelear contra su instinto y su ADN, no se puede conquistar lo inconquistable.

Y, para cerrar, le recuerdo este maravilloso versículo del libro de Juan: “la verdad, os hará libres”.

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