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- 07/03/2026 00:00
En las aguas quietas, donde la luz apenas atraviesa la superficie, surge una silueta robusta que avanza con una delicadeza inesperada. A primera vista parece un enorme bulto gris, pero cuando emerge para respirar —dejando escapar un aliento profundo— revela su identidad: un manatí.
Con su piel áspera marcada por cicatrices, sus ojos pequeños y una mirada que parece pedir permiso para existir, este gigante tímido se desplaza siguiendo un ritmo que solo él entiende.
Es uno de los últimos sirénidos del planeta, un viajero silencioso cuya presencia en ríos, lagunas y costas del Caribe habla tanto de la salud del ecosistema como de lo frágil que puede ser la vida que intenta protegerse bajo el agua.
En lugares como Bocas del Toro, donde aún habita esta especie, la convivencia entre el ser humano y el manatí se ha convertido también en un desafío de educación y conciencia ambiental. En septiembre de 2025, personal de la Autoridad Marítima de Panamá (AMP) llevó ese mensaje a escuelas de Almirante, Bastimentos e Isla Colón, donde 760 estudiantes participaron en charlas sobre seguridad marítima, navegación responsable y la protección de la fauna marina.
Durante estas jornadas también se abordó la importancia de preservar espacios como el Parque Nacional San San Pond Sak, uno de los refugios naturales del manatí en el Caribe panameño. La reducción de la velocidad de las embarcaciones, el uso responsable de los recursos marinos y la prevención de la contaminación fueron algunos de los mensajes centrales dirigidos a las comunidades costeras.
Comprender la presencia de este animal —y aprender a convivir con él— es parte del desafío que enfrenta Panamá para proteger a uno de los mamíferos marinos más vulnerables del planeta.
Los manatíes, conocidos como vacas marinas, son mamíferos acuáticos herbívoros que habitan en aguas cálidas y poco profundas. De naturaleza pacífica y movimientos pausados, pertenecen al mismo linaje evolutivo que los elefantes, una curiosa relación que explica parte de su complexión robusta y su comportamiento tranquilo.
A pesar de que pueden alcanzar pesos que oscilan entre los 500 y los 1 500 kilogramos, estos gigantes del agua son maestros del camuflaje. Su desplazamiento silencioso y su preferencia por aguas turbias hacen que pasen desapercibidos con facilidad. La especie se distribuye exclusivamente en el océano Atlántico y en las cuencas fluviales conectadas a este, donde cumple una función ecológica clave.
El manatí actúa como regulador natural de la vegetación acuática, evita su crecimiento excesivo y favorece el equilibrio del ecosistema. Al hacerlo, contribuye a la circulación de nutrientes y a la creación de condiciones que permiten la supervivencia de otras especies, lo que lo convierte en una especie sombrilla dentro de la cadena alimenticia.
“El manatí tiene un proceso de reproducción de nueve meses; cuando son adultos viven solos, pero cuando están más pequeños sí se agrupan”, explicó Lissette Trejos Lasso, médica veterinaria y directora de la Clínica de Fauna Silvestre del Ministerio de Ambiente.
Cada gestación da lugar a una sola cría, que puede permanecer junto a su madre entre uno y dos años durante la lactancia. La leche materna, rica en grasa, le permite regular su temperatura corporal y adquirir la fortaleza necesaria para resistir los cambios térmicos del agua. Aunque el manatí es un animal de hábitos tropicales, demuestra una notable capacidad de adaptación, desplazándose con naturalidad entre ambientes de agua dulce, salobres y salinos.
Existen tres especies de manatíes reconocidas en el mundo. El manatí del Gran Caribe (Trichechus manatus) es el más conocido y el de mayor distribución geográfica; el manatí amazónico (Trichechus inunguis), el más pequeño, es también la única especie que habita exclusivamente en agua dulce; mientras que el manatí africano (Trichechus senegalensis) es el menos estudiado, aunque guarda un gran parecido con su par caribeño.
En Panamá habita el manatí del Gran Caribe, con dos núcleos principales de población: Bocas del Toro y el lago Gatún. En este último, diez ejemplares fueron introducidos en 1964 con el objetivo de controlar la vegetación acuática del Canal de Panamá.
El primer manatí introducido en el lago Gatún fue un macho amazónico proveniente de Perú. Posteriormente, otros nueve ejemplares fueron transportados por vía aérea desde Bocas del Toro, entre los cuales se encontraba una hembra preñada.
Según el doctor Héctor Guzmán, científico del Smithsonian Tropical Research Institute (STRI), los estudios más recientes han permitido identificar alrededor de 50 individuos en el lago Gatún, mientras que en Bocas del Toro se estima una población de entre 100 y 120 manatíes, de acuerdo con cifras del 2024.
A pesar de su cuerpo robusto y su tamaño imponente, el manatí enfrenta múltiples amenazas. La principal proviene del comportamiento humano: colisiones con embarcaciones que transitan a alta velocidad por sus zonas de hábitat y el uso de redes de pesca, que afectan sobre todo a los individuos más jóvenes, quienes pueden quedar atrapados y morir por asfixia.
“Otra amenaza, aunque se ha reducido drásticamente desde la década de 1970 —cuando los manatíes eran cazados para la venta de su carne—, es la caza. Actualmente no se trata de una práctica dirigida, sino de un hecho fortuito que ocurre principalmente en algunas zonas de la comarca”, explicó el doctor Guzmán.
La pérdida de hábitat y la contaminación representan amenazas silenciosas para la conservación del manatí. Se trata de daños que no siempre se perciben de inmediato, pero que van debilitando lentamente la salud de la especie, especialmente en el área de Bocas del Toro.
En Panamá, el manatí cuenta con un marco legal de protección que lo reconoce como parte de la fauna silvestre amenazada del país. Su caza, captura y comercialización están prohibidas desde la década de 1960 mediante disposiciones sobre vida silvestre, y posteriormente ha sido catalogado como especie en peligro de extinción por el Ministerio de Ambiente.
Entre la ciencia y la esperanza
La conservación del manatí pasa, inevitablemente, por una relación más respetuosa entre los seres humanos y el entorno que compartimos con esta especie. Panamá, uno de los pocos países de la región donde aún habita este gigante acuático, tiene el privilegio —y la responsabilidad— de garantizar su permanencia.
“Este es un animal carismático, con un rol fundamental para el ecosistema. Su conservación depende estrechamente del comportamiento que tengamos con ellos y sus hábitats”, recalcó la doctora Trejos.
Desde la ciencia, los especialistas coinciden en la necesidad de fortalecer el trabajo con las comunidades donde habita la especie, a través de procesos de educación ambiental y campañas permanentes que recuerden su existencia, su valor ecológico y su vulnerabilidad.
“Más allá de la divulgación, hay que tratar de dejar claro a las personas que deben comportarse mejor, en particular con la velocidad de las embarcaciones en las áreas donde habitan los manatíes y evitar el uso de redes de pesca en ríos y lagunas”, manifestó el doctor Guzmán.
A escala regional, se estima que entre 10 000 y 13 000 manatíes sobreviven en América, desde el sureste de Estados Unidos hasta el noreste de Brasil, incluyendo las poblaciones del Caribe y del amazónico. Sin embargo, la población del Gran Caribe se estima en unos 2 500 individuos, por lo cual es considerada una especie amenazada.
En Panamá, los esfuerzos de protección también se reflejan en el ámbito institucional. La Autoridad Marítima de Panamá ha firmado acuerdos con el Ministerio de Ambiente para establecer marcos normativos que regulen la navegación en zonas sensibles y protejan los ecosistemas marinos donde habita esta especie.
A ello se suma la supervisión de las normativas de navegación para disminuir las colisiones con embarcaciones, así como proyectos para el descarte de redes fantasma, que buscan evitar que muchas especies, incluidos los manatíes, queden atrapadas o heridas por desechos de pesca.
Entre ríos, lagunas y costas, el manatí continúa su recorrido silencioso, ajeno a muchas de las decisiones humanas que definen su destino. Protegerlo es un acto de conciencia colectiva, una apuesta por el equilibrio y la vida. Y mientras existan personas dispuestas a escuchar el ritmo pausado de estas aguas —como aquellos estudiantes que aprendieron en Bocas del Toro a navegar con respeto por la vida marina— aún será posible escribir una historia de esperanza.