La subida en diablo rojo y los caminos del arte

  • 28/03/2026 00:00
El artista panameño Ramón H. Almanza destacó en el festival Pinta Panamá con la exposición ‘Te Prometo’ en Casa Regina, donde presentó su obra junto a artistas de su fundación, consolidando su aporte a la proyección del arte nacional. Su trayectoria internacional y su vínculo con referentes como Germán Ferrer y Justo Arosemena Lacayo evidencian una conexión artística entre Panamá y Colombia, marcada por el impulso a nuevas generaciones y una visión humanista del arte

Había llegado de Miami, un par de meses atrás, y su amor inconfundible por el artista plástico Ramón H. Almanza, la tenía por estos días ubicada en primera fila entre los eventos culturales que realizó con éxito el PINTA ART WEEK PANAMA, una convocatoria de colores, formas y voces donde se muestra los mejores niveles del arte producido en Panamá, y adonde llegan críticos de arte internacionales, periodistas de todos los rincones del planeta, coleccionistas, y amantes del arte.

El pintor Ramón H. Almanza, fue uno de los invitados especiales este año para hacer parte de esta fiesta de trascendencia internacional, y por cuenta de los organizadores tuvo derecho a un espacio regio, Casa Regina, en el corazón del Casco Antiguo, para exponer su obra individual, así como parte de su colección y la obra de cuatro artistas residentes de la Fundación Almanza (RHA) que preside y que en colaboración con el Banco Nacional de Panamá, hacen posible el programa de artistas residentes que se hace con los ganadores del Premio Nacional de Pintura que organiza anualmente el banco. A este espacio y a esta exposición de múltiples expresiones se le denominó “Te Prometo” y estará abierta al público hasta el próximo 31 de marzo.

Igualmente, Almanza, fue el artista a cargo del cierre del Festival Pinta Panamá el domingo 22 de marzo.

En el primer escenario, expuso una muestra de cerca de cincuenta obras de su vasta colección que fue dispuesta en el segundo piso de la hermosa casona, y en el primer piso, considerando cada espacio y cada pared, se destacó la presencia de los artistas residentes en la Fundación Almanza, cuatro en total, a saber: Radamés Pinzón, Yury Guevara. Jorge Chen, y Gilberto Vallarino. El curador de la muestra fue el maestro Humberto Vélez, reconocido por su trayectoria pictórica y como comentarista de arte.

Cada artista residente es una visión del mundo, más bien ausente de tendencias internacionales, o de modas, lo que sugiere un lenguaje original en cada uno de ellos, más relacionado con la influencia paisajística y sicológica de los mundos locales. Radamés Pinzón, emplea formas voluminosas que mezclan elementos históricos con elementos de la cotidianidad, y lo hace de forma sutil, invitando al observador a inmiscuirse en búsquedas y significados. El maestro Yury, apela a la fisonomía de los colores de la naturaleza, se sumerge en ella, y va elaborando un discurso filosófico -visual asociado al planeta. Gilberto Vallarino, es ante todo, figurativo, pero su obra está poseída de gestos simbólicos, expresiones de angustia, angustias que flotan en el lienzo, gritos silenciosos que se reflejan en un rostro o en la anatomía de un desnudo flotando en la nada. Y Jorge Chen, que apenas empieza su residencia, es una promesa artística que surge de las entrañas de la provincia, menos urbano en sus trazos y formas, poseído de elementos naturales, que sin embargo, tienden a la abstracción con el aliciente suave de los tonos de la naturaleza que le son consustanciales.

La noche del viernes 20 de marzo, Casa Regina se vio animada por la presencia de numerosas personas que asistieron a disfrutar la muestra y rendir homenaje al arte panameño, a Ramón H., y a estos infatigables artistas del pincel. Una gran velada. Ella estaba allí, vestida de blanco, esparciendo la pureza de sus emociones y sin ocultar su orgullo.

La invitación a participar en Panamá Pinta, de forma tan especial, y los eventos programados, significan un reconocimiento inmenso a la trayectoria profesional de Ramón H., y a su vez, viene a ser el momento revelador al público del quehacer humanista del pintor con su esfuerzo permanente de proyección de talentos nacionales que comienzan a brillar con creaciones auténticas, o que ya han venido conquistado algunos peldaños en estos escenarios complejos del arte.

En una conversación anticipada, quizás diez días atrás, Almanza, lucía asediado por la inminencia del evento, y andaba atendiendo cada detalle del mismo, coordinando, disponiendo, escuchando, proyectando, puliendo sus ideas transgresoras que suele plasmar en el lenguaje de sus obras, o en las tareas que emprende.

Caminos del Arte

El pasado año, Ramón H. Almanza lio bártulos con su amada y se fue de visita a Bogotá. Fue casi una obsesión querer mirar el sur. Estaban invitados a algunos eventos sociales, pero el artista siempre busca lo suyo y una tarde medio gris y fría fueron a parar al Museo de Arte Contemporáneo (MAC) que está ubicado en el legendario barrio El Minuto de Dios. Estando cerca del edificio principal, el pintor divisó una escultura y sin parpadear le dijo a su esposa: ¡Es una Arosemena! Se trataba de la escultura ´Cristo Desnudo´ del artista panameño Justo Arosemena Lacayo, cuyas hazañas no son bien conocidas aquí. Ella se sorprendió y apenas si alcanzó a auscultarle cómo lo sabía.

El director del museo recibió a la pareja, y entre comentarios, Ramón H., le hizo saber que era coleccionista también y una de sus obras era de un pintor del cual quisiera tener información. Había adquirido esa obra por el mero gusto, más carecía de una ficha técnica apropiada. Y ocurrió lo inesperado: el cuadro de colección de Almanza era de Germán Ferrer, nadie menos que el fundador del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Bogotá, donde justamente estaba parado en ese momento. Y más sorprendente aún: El propio museo, para tristeza de la respetadísima institución, no disponía de una sola obra de su maestro fundador. Almanza sí.

Invitado por el MAC, Ramón H. Almanza expuso de manera muy visible algunas de sus obras, en una exposición de gran alcance, y conquistó aplausos de críticos y diletantes del arte.

Resulta que Ferrer estuvo por Panamá a finales de los años sesenta, y según dicen, se quedó a estudiar temas de museología para visualizar el desarrollo del museo que había fundado, apenas unos años atrás, en 1966. Alguien adquirió una de sus obras y llegó a manos de Almanza en algún momento de estos años pasados.

Por su parte, Justo Arosemena, viajó a Colombia, se enamoró de Medellín, y desde allí empezó a desarrollar su actividad artística de enormes proporciones, al punto de ser considerado uno de los doce referentes entre los 100 mejores exponentes del arte contemporáneo en Latinoamérica.

La coincidencia de los tres

Germán Ferrer Barrera, fue un artista plástico colombiano clave en la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá (MAC), que se destacó en la escena artística de mediados del siglo XX, con un interés en el arte contemporáneo y en la función social de la cultura. Pensaba que el arte debía ser accesible a la comunidad, no limitado a colecciones privadas. Creía en el valor social del arte, en línea con la premisa del padre García-Herreros, fundador del barrio Minuto de Dios: “La belleza, como la riqueza, tiene una obligatoria función social” Y promovió la donación de obras por parte de artistas reconocidos, como una forma de democratizar el acceso cultural.

En cuanto al maestro Justo Arosemena Lacayo, en 1992 se trasladó a La Ceja, Antioquia, donde enseñó arte a jóvenes de comunidades menos favorecidas en la Ermita de San Francisco de Montesclaros. Es considerado un artista que unió la sensibilidad panameña con la efervescencia cultural colombiana. Se han realizado exposiciones y publicaciones póstumas que destacan su aporte a la plástica latinoamericana. Y su vida fue descrita como una “celebración permanente”, donde el arte y la fiesta eran inseparables. Era un transgresor, y sus esculturas causaron admiración entre la juventud rebelde y ruido social en una época de convulsiones y lineamientos ideológicos fuertes.

A Ramón H. Almanza, hay que atribuirle la magia de evidenciar una conexión invisible y poderosa del arte, en esta ocasión, entre los pueblos de Panamá y Colombia. Es tan filantrópico como ellos lo fueron a mediados del siglo XX. Y tan incansable y tozudo, al igual que ellos, al tratar de engrandecer la actividad plástica animando nuevas expresiones, y apoyando, sin miramientos, ímpetus creativos insurgentes. Pero, sobre todo, coincide en su inmensidad, en la particularidad de su arte, conceptual y reflexivo, de formas exclusivas y profundidades que arrebatan silencios. Su universalidad es también la de Arosemena y Ferrer, aunque los tres sean distintos.

No fue gratuito que en esta jornada 2026 de Panamá Pinta, el domingo de cierre, subiera a los espectadores en un recorrido inmersivo por la cultura de los diablos rojos, con una gran pintura, Diablos Rojos, que despertó el imaginario de aquellos buses pintorescos que sobresalían en Panamá hasta finales de los años noventa, y de los que todavía quedan vestigios sin la gracia viva del arte callejero estampado en sus espaldas en sus costados de lata, en la trompa o en las paredes de su interior. Almanza llevó a los viajeros a través de un túnel que se inventó, y se oyeron los ruidos, las músicas de alto parlante, las voces de los pasajeros gritones, las ocurrencias de la gente alegre hacinada en el bus. Y todos se despidieron de Panamá Pinta, tan felices como libres. Ella no podía estar más orgullosa. “Esta magia creada por el maestro pintor Ramón H. Almanza, junto con su fundación RHA, se convirtió en un espectáculo fuera de serie al entrar en el túnel y ha sido una maravillosa experiencia”. El orgullo brillaba en sus hijos. Al fin al cabo, Emilza Almanza es sensible, es escritora, y Ramón H. Almanza es su hijo.

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