Las personas que aman nunca podrán arder en el infierno

El poeta y ensayista Salvador Medina Barahona sostiene una conversación con la escritora Consuelo Tomás Fitzgerald al regresar del Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, celebrado entre el 21 y el 27 de marzo

Consuelo Tomás Fitzgerald regresa de Puerto Rico con la memoria impregnada de versos y afectos. Allí, en el Festival Internacional de Poesía —que celebró entre el 21 y el 27 de marzo su edición número quince con más de sesenta voces locales y poetas de toda América Latina— compartió lecturas en plazas, escuelas y escenarios que vibraron con la palabra.

Como es tradición en los festivales literarios, se rindió homenaje a una figura nacional, en este caso la poeta Marina Arzola, y se otorgó el VIII Premio Internacional de Poesía Vicente Rodríguez-Nietzsche a la venezolana Aura Tampoa por ‘Cuerpos en ebullición’. Digna representante nuestra, y ducha en este tipo de encuentros ahora más necesarios que nunca, Consuelo aceptó un juego que le propuse: que me enviara algunas imágenes de su experiencia, y yo, a partir de ellas, forjaría las líneas detonantes de esta conversación.

SMB: Consue, ¿qué se hace en un festival de poesía como el que acabas de visitar en calidad de poeta invitada por segunda vez? Yo creo que la gente piensa que eso de «festival» es parranda tras parranda. ¿Acaso no se trabaja, se oficia por el verso?

CTF: Normalmente los organizadores, de acuerdo con lo que saben de ti, te hacen una programación que incluye encuentros con estudiantes de secundaria y de universidades, centros penitenciarios o residencias de adultos mayores. A veces te piden un taller, o una conferencia magistral, la presentación de un libro; pero lo principal es la lectura de poesía. Hay lecturas en espacios abiertos y centros culturales también. En Puerto Rico el festival es itinerante y hay actividades en distintos municipios, en ocasiones bastante alejados de la capital; así que hay que levantarse temprano para viajar. Es exhaustivo, pero gratificante.

SMB: O sea que sí se trabaja, y buco (mucho), como diríamos en nuestra jerga. Óyeme, mientras estuviste por allá se celebró el Día Mundial de la Poesía y vi en tus redes que les deseaste felicitaciones «a quienes curten este oficio y sus lectores». Ese verbo, curtir, me generó inquietud. ¿Suscribes con él esta acepción de la RAE: “Adquirir experiencia o resistencia: Acostumbrar a alguien a soportar trabajos duros, adversidades o situaciones difíciles”?

CTF: Así es. Lo digo porque es un oficio solitario y de paciencia y vivencia. Mucha gente empieza con mucho entusiasmo, y luego resultaron ser llamarada de capullo. O se van para otros géneros. La poesía requiere persistencia. Como cuando un conguero curte sus manos en sus congas, para que ya no le duela el golpe. O le duela menos.

SMB: Tienes una foto con la ‘poetada’ cuando recién llegaste a la isla. Se refrescaban con unas frías, lejos del santo ‘Pitorro’. ¿Qué afectos se generan en esos primeros encuentros y/o reencuentros y cómo vas creando complicidades o confabulaciones de cara a las lecturas, al encuentro con la gente que irá a escucharles?

CTF: El día en que todos ya hemos llegado, usualmente antes de la inauguración, es para conocernos, aprendernos los nombres, preguntar por amigos comunes, intercambiar, dar una vuelta por la ciudad, porque es posible que luego ya no tengamos tiempo. Y, con el calor que hace, unas birritas no vienen mal. El santo Pitorro es una elaboración exclusiva y especial en Puerto Rico que solo se fabrica en casa. Es un privilegio de cariño y amistad si alguien te lo brinda.

SMB: Después hay una foto de grupo de espaldas a un muro, con uno de esos cielos de revista, casi fotoshopeados (qué horrible palabra, pero es la que me asalta ahora), y sin embargo tan alucinantemente real... Son como los eslabones de una cadena listos para rockear, azotar el aire con sus versos eléctricos. Después de tantos años en estos viajes de la palabra, ¿hay novedades en tus intervenciones, como rockeas una heavy metal en el escenario, o te dejas conducir por una tranquilidad de rock balada?

CTF: Fíjate que este festival nos dio la oportunidad de entender la relación existente entre la poesía y el rock de la mano del poeta metalero Henry Gómez Ríos, de Colombia. Fue muy revelador saber que la poesía no escapa de la tradición rockera. Sabemos que el nacido en las calles urbanas también es poesía y las buenas letras del rap. Se aprende y se sigue aprendiendo.

SMB: Cierto. No en balde la UNAM mantiene a la disposición, en línea, dentro de su colección Material de lectura, dos selecciones de poesía y rock... Bueno, retomo. Luego está esa preciosa imagen de una calle de adoquines, tal vez en el Viejo San Juan, en cuyo término visual está la bandera del país hermano. Hace décadas, en 1991, el pueblo de Puerto Rico recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por defender el idioma español. Yo lo comprobé cuando estuve en este mismo festival hace varias versiones. Me impresionó que la nomenclatura de las calles, los letreros exteriores o interiores, entre otras cosas, eran una manifestación de amor por nuestra lengua, y una forma de resistencia. Antes era esa la percepción, la sensación. Corrígeme si me equivoco. ¿Cómo lo percibiste ahora?

CTF: Tu percepción es acertada. Los puertorriqueños no tienen ninguna pena en utilizar sus modismos dialectales tanto en conversaciones como en letreros. La lengua que se habla también es un espacio de resistencia. La bandera la vemos por todas partes, sobre todo la que tiene el triángulo celeste, la original. Tienen el mismo aprecio por este símbolo que los panameños. Cuando uno visita las Antillas Mayores, se da cuenta de cuán caribeños somos los panameños.

SMB: Me enviaste un video que registra una de tus lecturas. Es lo que yo llamo la oferción de un poema festivalero, de esos que llaman de cajón, potentes, que te dejan quieto o exaltado, a según, como diríamos allá en mi tierra. Tu poema termina con este verso avasallante y esperanzador a la vez: ‘Las personas que aman nunca podrán arder en el infierno’. ¡Muchacha, qué manera! Una autoridad vital que da miedo, o lo conjura. Pero, acá entre nos, ¿en serio existe el infierno? Cuéntame.

CTF: El infierno es un magnífico simbolismo que encontraron los judíos en el mundo antiguo para designar el espacio en el que se sufre. También Dante abordó esa imagen. Arder en el infierno significa esa imposibilidad de ser feliz, de tener satisfacción, de establecer buenas relaciones con los demás, ser solidario, de disfrutar lo necesario para vivir y respirar así sea poco o mucho. En efecto, en el recital inaugural, único en el que leemos todos los poetas extranjeros, es necesario afinar la selección. Es una impresión que quedará. Es algo que se aprende de festival en festival.

SMB: Prácticamente visitan toda la isla y son numerosos y variopintos los lugares donde se lee frente a un público cálido. En una de tus fotos estás sobre un escenario imponente, en el presídium, con otras tres oficiantes del verso. Hay un aura de solemnidad en esos espacios cerrados, y yo me imagino a la Consue relajá que conozco rogando a los cielos que le den compostura para que la cosa salga como debe salir, esto es, con las notas graves de la poesía. Y, por otra parte, te toca a veces leer en sitios alternativos, al aire libre, con ruido ambiente, lo cual se presta para la relajación, la informalidad, la pérdida de palabras. Y entonces imagino a la Consue traviesa poniéndose bastante seria para que el relajo ambiente se aproveche con orden, con sentido del juego serio, a ver si la voz hace nido en algún oído desprevenido y lo embruja para siempre, ganándolo para la causa. En varias de las tomas también sale la primera Consuelo que yo conocí años luz ha; o sea, que esa guardiana celosa de los versos sigue ahí, sin importar cuándo y dónde se pare. Todo este circunloquio para preguntarte: ¿te dispones en tus lecturas públicas a leer poesía o dejas que sea ella la que se lea y te lea frente a la gente?

CTF: Esa foto se tomó en la Escuela Nacional de Arte. Es un edificio hermoso con «semerendo» teatro. Leímos allí para los estudiantes de bachillerato artístico. Fueron muy receptivos. Yo trato de ser formal, pero no demasiado. Ya de por sí la poesía es vista como algo inalcanzable o incomprensible y ciertos poetas adquieren conductas solemnes. Pero no es mi caso. Trato de leer con la mejor dicción posible y despacio, para que, en situaciones de acústica dificultosa, pueda entenderse lo que se está diciendo.

SMB: Sales en otra toma rodeada por pelaos, jóvenes que quieren saber cosas de ti o pedir un autógrafo. ¿Cómo te entregas a esos acercamientos?

SMB: Por último, me llamó mucho la atención esa foto instagramera (¡y dale con las palabrejas!) donde sostienes un marco, el rostro detrás, delimitado por muchas palabras escritas a mano. Otra vez asoma la Consuelo guardiana de las palabras, aunque en esta instantánea parecen ellas las que la guardan, la protegen. La neurociencia sigue revelando nuevos estudios sobre las conexiones que se suscitan en el cerebro al empuñar la pluma, el lápiz, lejos de la luz de las pantallas. Resulta muy beneficioso hacerlo, aunque luego vayas al teclado a pasar los versos en limpio... ¿Sigues escribiendo a mano o te conquistó la tecnología de las luces?

CTF: Fíjate, Salva, que ese marquito lo hizo con sus manos una profesora de la secundaria en el colegio de Arecibo al que fuimos. Tenía papelitos con retazos de poemas nuestros. Me enterneció mucho ese esfuerzo y no pude no tomarme esa foto. Yo sigo escribiendo a mano las ideas originales. El otro día me encontré en una libretita, con buena parte de Breve recuento de sucesos. Soy de las que toma notas en las clases o las conferencias. No rechazo las nuevas tecnologías, pero me mantengo análoga en muchas cosas.

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