El Visitante

Mi viejo amigo, Pedro Almodóvar

  • 14/06/2026 00:00
El estreno de Amarga Navidad sirve como punto de partida para recorrer la trayectoria de Pedro Almodóvar, sus temas recurrentes, la recepción de su cine y la influencia que su obra ejerce en varias generaciones de espectadores

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Dedicado a la memoria de Orlando Senna. Amarga Navidad es el nombre de la última película del cineasta manchego Pedro Almodóvar. Sin embargo, por más que lo intento, no dejo de llamarla “amarga realidad”. Quizás sea porque, al escuchar el título, lo primero que me viene a la mente son las desastrosas noticias que inundan el país y el mundo. Debo estar mezclando la realidad con la ficción: aquello que Almodóvar llama “autoficción”, como, de hecho, se tradujo el título de esta película en Francia, donde estuvo compitiendo hace poco en el Festival de Cannes.

En nuestro país se anunció que el filme se estaría proyectando muy pocos días, en una sola tanda y en un solo cine de la capital. Así que, para ir a verla, convoqué con urgencia a un grupo de “amiguetes” —como dicen en Madrid—, pues las películas de Almodóvar, al menos durante mucho tiempo, eran una experiencia colectiva. Un subidón de carcajadas, esperpento y libertad.

Miserable Navidad

En plena Navidad, aparece la tragedia. Esta ocurrencia “inesperada” ya es tradición en las telenovelas inglesas. Pero resulta que Amarga Navidad comienza en Madrid, no en Manchester. En la película, Raúl (que interpreta el argentino Leonardo Sbaraglia), un famoso director de cine, escribe un guion sobre Elsa (Bárbara Lenni), cineasta independiente. Se trata de una “directora de culto”, como la llama, en una breve pero desternillante aparición, la gran comediante Carmen Machi, quien, por cierto, este año recibió el Premio Nacional de Cinematografía en España. En la trama, Elsa también empieza a escribir una historia.

Ambos realizadores —el primero, el “verdadero”, y la otra, producto de su imaginación— son, a su vez, hijos de la ficción de Pedro Almodóvar. Como en la legendaria pieza teatral de Luigi Pirandello, los tres son directores en busca de personajes. Personajes que comparten mucho: el luto, el deseo, el peso del envejecer, el amor no correspondido y la traición.

A ellos se les une en esta historia Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), la asistente de Raúl y quien eventualmente resultará ser el verdadero centro catalizador de la película. Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit y Quim Gutiérrez son otros actores que también van apareciendo. Además, hacen una breve aparición, en una especie de foto de familia, Javier Ambrossy y Javier Calvo: “los Javis”, jóvenes cineastas españoles que acaban de obtener el Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes. Y, para rematar, aparecen Bibiana Fernández y Rossy de Palma, las actrices fetiche de Almodóvar, como dirían sus fans.

Como pocos creadores iberoamericanos, este genio manchego nos ha acompañado a muchos con sus películas toda una vida: en los exámenes finales de la universidad, en la fiesta para celebrar nuestro primer trabajo, junto al primer amor y su eventual desencanto, en los viajes soñados, en las celebraciones familiares, en los funerales y en el año nuevo. Aparece como el invitado de honor a la cena. Aquel que cuenta una anécdota inolvidable y se despide temprano, con la promesa de volver.

Mi primer Almodóvar

Todo el mundo recuerda a su primer Almodóvar. El mío fue Mujeres al borde de un ataque de nervios en 1988, en los desaparecidos cines Obarrio. Me acompañaba Pitu Jaén, amiga, compinche, poeta y compañera de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá. La tanda vespertina estaba animada (mucho más que la de Amarga Navidad), llena de jóvenes universitarios como nosotros. En ese momento vivíamos bajo una intensa represión del régimen militar, y no adivinábamos, ni remotamente, la catástrofe que sucedería el año siguiente.

Aunque fuese la primera vez que una película de Almodóvar se presentaba en los cines de Panamá, su fama lo precedía. Queríamos diversión y rebeldía, y nos saciamos. El público enloqueció con los modelitos estrambóticos de las actrices y sus diálogos cómicos y melodramáticos: “Me cansé de ser buena” (Carmen Maura).

“Si estás curada, suelta la pistola” (Carmen Maura a Julieta Serrano).

“Pero es que NO estoy curada” (Julieta Serrano a Carmen Maura).

El punto de ebullición fue Candela (María Barranco): cuando contaba que la habían secuestrado en su casa unos terroristas chiitas, la cámara se le acercó y nos dimos cuenta de que llevaba unos diminutos y bailaores aretes en forma de cafetera express. La sala estalló en carcajadas. Pitu y yo quedamos hechizados para siempre.

Ese embelesamiento lo llevé conmigo a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños en Cuba, donde estudié y devoré sus filmes. Y más adelante, a Barcelona, donde seguía obsesionado con su obra. Cada nueva película era una reflexión añadida sobre las anteriores, con nuevos temas y personajes, y, también, un recordatorio sobre mi propia vida. ¿Qué había cambiado? ¿Qué había pasado desde su último filme? Éramos dos personajes que se reencontraban para ponerse al día.

Escribir sobre Almodóvar

En Amarga Navidad, Almodóvar hace constantes referencias a sus películas anteriores. Por ello, como homenaje, seguiré su ejemplo con un texto que escribí sobre él en 1999, un mes antes de la entrega del Canal, en Talingo, la desaparecida revista semanal de arte y cultura del diario La Prensa, dirigida por Adrienne Samos y Alberto Gualde. Fue en ocasión del estreno mundial de Todo sobre mi madre, por la que Almodóvar ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 2000. En aquella época, yo vivía en Inglaterra, pero viajaba constantemente, lo que me permitió ver cómo los públicos de distintos países recibían el filme. La reseña comienza con el relato de mi experiencia en un cine de Ginebra:

“La entrada del cine estaba hinchada de gente. La cola, al final, se partía en dos como una serpiente mitológica cuyas cabezas tocaban los extremos de la manzana. Al fin pudimos alcanzar la taquilla sobre la que colgaba un afiche con el boceto de una mujer, a lo Matisse, que anunciaba Todo sobre mi madre, la última película de Pedro Almodóvar. A mis espaldas, algunos listillos intentaban colarse descaradamente. Ingenuo yo, que pensaba que los ginebrinos eran como los ingleses: inquebrantables en su respeto al turno.

‘En Suiza, con Almodóvar, no se guarda la compostura’ —explicó mi amigo Nelson Barahona, panameño que vive en Ginebra desde hace más de 20 años y un auténtico cinéfilo que se mantiene al corriente de lo que ocurre en esa parte de Europa— para luego sentenciar, con acento pana: ‘La gente está como loca’.

Cuando en Panamá se presentó la película para la prensa, la sala asignada de los cines Alhambra de Chanis estaba repleta. El entusiasmo era tal, que incluso hubo periodistas que se sentaron contentos en los pasillos. Y a pesar de que la proyección se interrumpió en la mitad, el público se mantuvo interesado y expectante, atrapado por la trama, ansioso por el desenlace”.

¿Amarga realidad?

En Panamá, Amarga Navidad tuvo una cautelosa recepción aun por parte del público más fiel al director. No había filas ni cuchicheábamos con entusiasmo en los asientos. Más bien teníamos curiosidad por ver qué quedaba en este nuevo filme del Almodóvar de antes y si el ahora veterano director sacaría de su manga un as para volvernos a hechizar.

De esta película se ha elogiado la seductora y elegante fotografía de los paisajes de Lanzarote, y se ha criticado las numerosas autorreferencias a su obra anterior. El guión se inspiró en un breve cuento propio, que aparece en su libro reciente. Titulado El último sueño, el volumen es un compendio de relatos escritos desde los años setenta.

La primera parte del filme da oportunidad a los personajes para que conversen y se presenten: les da peso, credibilidad y vida. También inserta fugaces diálogos cómicos y disparatados, un striptease masculino y hasta un par de canciones nostálgicas y poéticas que enamoraron al público. Después de una hora, no sabíamos hacia dónde íbamos, pero esto no es un reparo, sino una virtud; un oasis narrativo en medio del desierto de historias predecibles de Netflix.

Algunos odian el final por sus diálogos artificiosos y una actitud diríase “intelectualoide”. Otros lo alaban porque ven una autocrítica del cineasta a sus errores y pretensiones; lo que, paradójicamente, la haría la parte más auténtica de la película.

Amarga Navidad no termina con hiel, sino con un final feliz. Con la compañía de un amor y la promesa de historias nuevas y emocionantes. Y debo decir que aún tengo ganas de volver a ver a mi viejo amigo Pedro Almodóvar en un par de años: en esa sobremesa imaginaria en la que nos contaremos qué tal nos ha ido desde su última película.

Gracias a Pitu, Anabel, Analida, Nieves, Franco Alejandro, Antonio y Carlos por su entusiasta ayuda con esta edición de El Visitante.

El autor es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).

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