Integrantes de cuerpos de emergencia buscan víctimas este miércoles, luego de dos fuertes terremotos sacudieron el Caribe venezolano en Caracas (Venezuela)....
- 27/06/2026 00:00
Dada la importancia del tema “ética y política”, muy especialmente en el Panamá democrático de hoy, hubiera querido formular algunas reflexiones sistemáticas. Pero no he tenido el tiempo de preparar cuidadosamente un texto. Comparto, por ello, algunas reflexiones sueltas, que ofrecen la ventaja que representan lo que he podido asimilar más íntimamente sobre el tema en cuestión. En otras palabras, lo que llevo más por dentro.
Concepto ‘Maquiavélico’ de la política
Si la política fuera solamente la lucha por adquirir y mantener el poder, la ética no tendría nada que ver con ella. La política sería entonces una técnica: la técnica de cómo lograr y guardar el poder. Una de las grandes concepciones modernas de la política corresponde a esta concepción: la maquiavélica.
El Príncipe de Maquiavelo presenta la política como la lucha por adquirir y mantener el poder. Maquiavelo ve en El Príncipe, es decir en el principal actor político, un técnico que recurre a cualquier recurso con tal que lo lleve al poder y lo mantenga en el poder. En esta concepción de la política, la ética no tiene nada que ver con la política, puesto que la ética plantea los valores de bien o de mal que el hombre se propone y las normas –es decir los deberes y derechos – que el hombre cumple o viola. La política sería entonces un mundo aparte de la ética.
En la misma época que vio nacer y escribir a Maquiavelo, nació y escribió una personalidad muy diferente, Tomás Moro, cuyo libro Utopía se encuentra en el polo opuesto de El Príncipe. Moro no concibe la política como la lucha por el poder, sino como el anuncio de un mundo ideal. Si esta fuera la política, anunciar un mundo ideal, no quedaría en realidad mucha política práctica. Lo que quedaría es pura ética. Por eso Moro colocó su mundo ideal fuera de la realidad, en la “utopía”, es decir sin lugar concreto.
Terminada la Edad Media e iniciada la época moderna, se dieron estas dos grandes concepciones de la política: la política vista como técnica del poder, que no deja ningún lugar para la ética y la política vista como anuncio, como profecía de un mundo ideal, fuera de lugar, fuera de la realidad concreta del aquí y del ahora, como pura ética.
Lo interesante es que esta alternativa que se planteó al inicio de la época moderna se mantiene subyacente en la conciencia de la mayoría de nosotros. Seguimos así de diversas maneras, separando la ética y la política.
Una cosa es estar en la oposición... y otra es estar en el gobierno
La gran tentación en la oposición es la política utópica, la del anuncio del mundo ideal, fuera del aquí y del ahora. Se supone que el gobierno se ocupe del aquí y del ahora y, por contraste, que la oposición anuncie un ideal moral, muchas veces absoluto, que sirva de instrumento de crítica, de denuncia y de rechazo a lo que representa el gobierno.
Ahora en el gobierno, se corre el riesgo de pasar de ser discípulos de Tomás Moro a ser discípulos de Nicolás Maquiavelo. De hecho, una vez que se está en el gobierno se siente el peso de las exigencias del poder, de lo que se puede y se tiene que hacer concreta y efectivamente. Surge entonces una angustia, que a veces se reprime. La angustia de perder el poder. Surge progresivamente la obsesión de ejercer el poder y no perderlo. Comienza así a insinuarse la concepción maquiavélica de la política.
Urgencia de evitar el maquiavelismo
No hay nada tan importante en estos momentos para los demócratas, y específicamente para los demócratas cristianos, ahora que hemos pasado de la oposición al gobierno, que adquirir conciencia que estamos expuestos a la tentación de pasar de la política utópica a la política maquiavélica. Por ello, es tan decisivo que abordemos la discusión pública sobre la relación entre la ética y la política.
En la medida en que la ética se plantea no solamente lo que es bueno o malo para uno mismo como individuo, sino lo que es bueno o malo para su comunidad, para su pueblo y su país, en esta medida la ética no puede desentenderse de la política. Solo se puede quedar en la pura ética quien se queda concentrado en su propia individualidad. Por lo contrario, quien se plantea los problemas de su comunidad, de cómo debe conducirse su comunidad para resolver tales problemas, se plantea inevitablemente problemas de índole política. La ética integral desemboca en la política.
La política viene a ser en alguna medida la dimensión comunitaria o social de la ética. Así la concebía, desde la antigüedad, Aristóteles, para quien la ética y la política no constituían dos disciplinas, sino dos dimensiones de una misma disciplina.
Por otra parte, podemos preguntarnos: ¿qué es lo que hace que la política tenga que ver con la ética?, ¿qué impide que la política se limite a una técnica del poder? La respuesta es simple. Desde el momento en que el político se plantea la interrogante: “¿el poder para qué?, ¿para qué adquirirlo?, ¿para qué mantenerlo?, ¿con qué propósito usarlo? Desde este momento se le plantean problemas de índole ética y en primer lugar, el problema del bien común de la comunidad. Desde ese momento el político no puede escapar a la preocupación ética. Solo puede dedicarse a la mera política, quien la hace sin conciencia humana. La política plena implica la ética.
Aunque abordemos el tema desde la ética o desde la política, hay que afirmar que ética y política no son separables y cuando se intenta separarlas se termina por deformar a una y a otra. Se pervierte entonces al hombre y a su comunidad.
Hay diferentes tipos de ética política. No necesariamente llegan a ser sistemas diferentes, pero sí son, por lo menos, estilos diferentes de ética política. En primer lugar, lo que algunos llaman la ética política de la convicción y que yo prefiero llamar de la profecía. Esta ética política consiste básicamente en formular ciertos principios y en exigir que se cumplan, aunque se hunda el mundo en el proceso.
Es la ética política de la voz que clama en el desierto. No se sitúa en el ambiente de una sociedad normal, donde coexisten diferentes puntos de vista y los procesos de cambio toman tiempo para madurar. Hace abstracción de todo ello. Se sitúa realmente en un desierto de vida social normal. Proclama principios con carácter absoluto y poco le importa si su cumplimiento efectivo lleva al desmantelamiento de instituciones valiosas, al fracaso de proyectos comunitarios importantes e incluso, al sacrificio de vidas humanas. Todo ello es secundario con tal de que se cumplan los principios.
Desde esta perspectiva, poco importa si en un Gabinete se deshace de la única propuesta factible o si una Asamblea se deshace del único proyecto legislativo probable, con tal de que cada cual diga y haga “su verdad”. Poco importa en esta perspectiva que el partido que tomó 30 años forjar se paralice o se fragmente, con tal de que cada cual pueda decir y hacer “su verdad”.
Normalmente el que está imbuido de una ética política de la convicción o de la profecía ve el mundo en blanco y negro, sin grises. Tiende a considerar a quien no comparte su convicción no como una persona con otra convicción, sino como un corrupto, inmoral o amoral. Divide así el mundo entre los buenos –partidarios de su convicción – y los malos –enemigos de su convicción.
Nombre completo: Ricardo Arias Calderón
Nacimiento: 4 de mayo de 1933, Ciudad de Panamá
Fallecimiento: 13 de febrero de 2017, Ciudad de Panamá
Ocupación: Profesor universitario, filósofo y político panameño
Resumen de su carrera: Es considerado uno de los principales ideólogos y pensadores de la política de Panamá de los últimos 30 años. Este fue un proyecto de “La Estrella de Panamá” publicado en diciembre de 2011. Con el título “Letras de la patria”, cada uno de los ensayos, de corte filosófico, histórico y político, fue escrito por Ricardo Arias Calderón, y en las dos primeras entregas explica motivos y consecuencias de acontecimientos y personajes nacionales en los primeros 100 años de vida republicana. “La política refleja la realidad propia de la sociedad”.
Normalmente las personas con este estilo de ética política tienen uno o dos principios en torno a los cuales enfocan todas las realidades. No tienen un conjunto complejo de convicciones, porque si lo tuvieran se les plantearía el problema de saber cuál principio es el pertinente en un momento dado o en una circunstancia dada. El cumplimiento de cada principio dejaría entonces de ser absoluto.