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18 de Apr de 2021

Café Estrella

El legado de un genio de la animación

PANAMÁ. A principios de este mes se anunció que Hayao Miyazaki, uno de los maestros del mundo de la animación, dejaba el cine para siemp...

PANAMÁ. A principios de este mes se anunció que Hayao Miyazaki, uno de los maestros del mundo de la animación, dejaba el cine para siempre. Algunos medios nombraron el hecho, otros lo dejaron pasar y muchos comenzaron a preguntarse, recién ahora, después de 50 años de carrera, quién es este señor al que llaman el Walt Disney japonés.

Sin embargo, los grandes nombres de Pixar, como Andrew Stanton (Wall-E), Peter Docter (Up) y el mismísimo director creativo de Walt Disney Studios y Pixar, John Lasseter (Toy Story, Cars), llevan años reconociendo su admiración y la influencia del realizador japonés en sus obras. A tal punto que uno de los personajes más conocidos de Miyazaki, Totoro, hizo un cameo en Toy Story 3.

Aunque algunos críticos acusaron a Mi vecino Totoro (1988) —película en la que nació este personaje- de tener una historia demasiado— simple e infantil, fue con este filme que Miyazaki logró reconocimiento a nivel mundial. Totoro se convirtió rápidamente en uno de los personajes más queridos de la animación japonesa y una de las figuras más populares en el mundo de la animación a nivel mundial, a la altura de Mickey Mouse y Winnie Pooh. Su popularidad creció tanto que Totoro comenzó a ser utilizado como logo del recién creado Studio Ghibli.

Miyazaki fundó el mítico Studio Ghibli junto al también realizador Isao Takahata y al productor Toshio Suzuki en 1985, un año antes de que Steve Jobs y John Lasseter crearan Pixar. El nombre lo había elegido el propio Miyazaki, porque era un término usado por los italianos para referirse a un viento sahariano; y él quería convertirse en el viento que cambiara la animación japonesa.

Era un nombre ambicioso, pero sin duda el estudio logró cumplir con sus expectativas. Ghibli, junto a Pixar y el renovado Disney de fines de los ochenta, fueron los que posicionaron a la animación en el lugar de culto en el que está hoy. Hicieron que no sólo estuvieran a la altura de las mejores películas de Hollywood, sino también que dejaran de ser sólo para chicos y que los premios más importantes de la industria cinematográfica incluyeran por primera vez una categoría propia.

Mientras tanto, Miyazaki se dedicaba a demostrar que esa simpleza de la que había sido acusado en Mi vecino Totoro en realidad era la complejidad de un genio camuflada. Así lo demostró con impecables cintas como El viaje de Chihiro (2001), que ganó el Óscar a la mejor animación, y Ponyo en el acantilado (2008), que llegó a ser candidata al mismo premio.

El universo de Miyazaki tiene una lógica propia. En él, los castillos pueden caminar y ubicarse en distintos lugares al mismo tiempo, los gatos pueden ser autobuses, los bebés pueden medir más que sus madres, las islas pueden flotar en el cielo y los peces del mar pueden ser especies ya extinguidas sin más explicación.

En el universo de Miyazaki todo puede cambiar de un momento a otro sin previo aviso; y todo es increíblemente bello y mágico. En él, las brujas y los magos son la mayoría de las veces parte de lo cotidiano. Tanto que pueden llegar a dedicarse a hacer repartos, como sucede con la pequeña bruja en El delivery de Kiki (1989).

Y aún en medio de todo eso, sus increíbles historias se las ingenian para mostrar, sin visiones maniqueas, lo bueno y lo malo de sus personajes y logran abordar temas complejos como el individualismo, la solidaridad, la justicia y la responsabilidad del hombre frente a la naturaleza.

Este señor al que llaman el Walt Disney japonés es Hayao Miyazaki, uno de los maestros del mundo de la animación.