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15 de Jul de 2020

Cuentos y poesía

Daniel come hormigas

Cuentos y Poesías del 2 de mayo de 2020

Daniel come hormigas

Él pintó toda la casa de blanco cuando su esposa falleció. Todos los muebles los regaló a sus amigos, el único objeto que conservó fue la cama conyugal. “No quiero dormir en el piso”, pensó mientras entregaba la última mesa a Manuela, la sirvienta.

—Ya no quiero que trabajes más.

—¿Por qué, señor Daniel? ¿Contrató a alguien más? —preguntó Manuela.

—No, yo me encargaré de la limpieza.

“Victoria nunca llegó a la escuela rancho donde fue nombrada. Los maestros del centro descubrieron una mañana que cuando ella caminaba por el puente que cruzaba el río, un traspié la empujó contra una furiosa corriente que la arrastró hasta desaparecer”.

La casa lucía triste y escueta. Todo era blanco, las tres habitaciones, la sala, inclusive el colchón y la cama eran blancos. “El blanco es por ti, Victoria, estaré de luto el resto de mi vida”, decía constantemente durante sus interminables monólogos.

El otro color que había en la casa era su piel oscura que alegraba cualquier pared. Aunque él detestaba su tez porque siempre era llamado un negro azul. Solo a veces le gustaba, porque recordaba que su esposa se fijó en su piel la primera vez que se conocieron.

Fue hace 15 años en la puerta del séptimo A en el colegio Elena Chávez de Pinate cuando cruzaron miradas por primera vez. “Hola”, dijo él. Victoria contestó con una tímida sonrisa y después siguió todos los lunares que tenía Daniel en su ovalado rostro.

Muchos profesores en el colegio criticaban su relación. Para los docentes era muy extraño que una mujer blanca y un hombre negro fueran novios. Creían que Victoria era una oportunista porque Daniel era brillante en todas las materias, sobre todo en el área de ciencias, y ella la peor estudiante en esa materia.

Daniel come hormigas

Ambos tenían 11 años cuando ingresaron a secundaria. Ambos apuestos, los más populares de todos los séptimo grado, y los dos vivían en Mañanitas, “por fortuna”, le dijo Daniel a su madre cuando le pidió permiso para llevar a Victoria a la casa y enseñarle matemática.

—Ya tú preñas, cuidao con una vaina —contestó su madre —no quiero una barriga ¡porque te lo juro que te mato a palo!

—¡Mamá! ¡Es solo una amiga de la escuela! —replicó indignado.

—Sé muy bien quién es el hijo que parí —contestó su madre agarrando la barbilla de Daniel.

Se casaron al terminar sus carreras. Daniel estudió contabilidad y ella docencia. Victoria, al graduarse, fue nombrada por el Ministerio de Educación a impartir clases en la comarca Ngäbe-Buglé.

Victoria nunca llegó a la escuela rancho donde fue nombrada. Los maestros del centro descubrieron una mañana que cuando ella caminaba por el puente que cruzaba el río, un traspié la empujó contra una furiosa corriente que la arrastró hasta desaparecer.

Daniel desvistió toda la casa después del funeral. Primero desechó la ropa de Victoria, luego regaló algunos muebles y conservó solo algunas piezas, pero meses después obsequió las otras hasta darle la última mesa a Manuela.

—Don Daniel, ¿está seguro que no quiere que trabaje más? —reiteró Manuela —usted no sabe cocinar... y... ¿cómo hará con toda la limpieza y trabajar a la vez?

—No te preocupes, estaré bien —dijo Daniel —ya es tarde, Manuela, es hora de dormir. Su liquidación se la doy mañana temprano —dijo él al cerrar la puerta de su habitación.

Lo primero que hizo antes de acostarse fue tomar un analgésico. “Este dolor de cabeza me tiene cabriao”, pensó–. Luego se acostó sobre la cama y miró hacia el techo cubierto de gigantes hormigas.

—¡Ustedes, otra vez! ¡Me tienen harto! —recriminó.

—¡Hola Daniel!... ¿cómo estás? —gritaron al unísono las hormigas —Hoy vamos hablar de por qué dejaste ir a Victoria a esa escuela.

—¿Otra vez? ¡Déjenme en paz!

—Nunca te vamos a dejar en paz. Tú eres el culpable de la muerte de Victoria, tú y solamente tú, le dijeron las hormigas mientras descendían por las paredes.

—¡No, por favor, no vengan! —dijo Daniel —¡solo quiero dormir!

Una de las hormigas cayó sobre su rostro. El animal se dirigió hacia su párpado y lo mordió varias veces hasta que él la agarró y la engulló, con una rabia contenida por la desesperación.

Al ver que una de las suyas fue masticada, el resto de las hormigas emprendieron su camino hacia el cuerpo del asesino. Mordieron a Daniel sin compasión, como una manada de leones salvajes despelleja su presa.

—¡No, por favor… solo quiero paz!—, suplicó.

—Nunca, pero nunca la tendrás —contestaron las hormigas —todo fue tu culpa, por tu culpa Victoria murió.

—¡Lo sé! ¡Yo la deje ir! —gritó Daniel, ahogado por el llanto.

—¡Hazlo! ¡Mátate! ¿Qué esperas? —dijo la hormiga más gorda.

—¿Cuántas veces me lo van a repetir?

—Nunca te dejaremos. ¡Nunca! Hasta que mueras —dijo la más grande.

Daniel agarró el frasco de píldoras. Tragó cinco, diez y continuó hasta que sintió cómo una luz blanca lo envolvía lentamente.

Periodista

Autora

María Alejandra Carrasquilla

María Alejandra Carrasquilla es estudiante de periodismo en la Universidad de Panamá. Participó en el programa China-Latin America Press Program 2018.

Ha desarrollado los programas multimedia '60 segundos', 'Cooltura' y 'Nuevas Juventudes' para 'La Estrella de Panamá', donde labora actualmente.