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06 de Apr de 2020

Cultura

Placer a orillas del Pacífico

El abrazo de un cielo cubierto por jirones de nubes entre las que trata de abrirse paso un tímido sol nos recibe en Buenaventura: 80 min...

El abrazo de un cielo cubierto por jirones de nubes entre las que trata de abrirse paso un tímido sol nos recibe en Buenaventura: 80 minutos al oeste de Panamá por la Vía Interamericana y otros 10 desde allí hasta uno de los complejos turísticos y habitacionales más lujoso de la costa Pacífica: el Hotel Bristol de Buenaventura.

Una brisa persistente refresca la mañana de domingo mientras estacionamos el carro para ir al encuentro de nuestro anfitrión, John Blanco, gerente del hotel. La primera impresión cuando uno se encuentra el imponente edificio, de cuatro plantas de estilo campestre español, es la de estar fuera de Panamá.

La urbanización Buenaventura, que rodea el Hotel Bristol, fue construida con la idea de hacer un complejo residencial de lujo estilo campestre, tanto para ir de vacaciones como para residir. Pero posteriormente los inversionistas vieron la conveniencia de construir un hotel para atender tanto a visitantes extranjeros como a turistas nacionales y brindar además servicio de restaurante a los residentes. Y ¡qué hotel!

Bajo la sombra amiga de un inmenso corotú, está la entrada principal del hotel. Un vestíbulo aireado, techado con tejas al igual que el resto de la construcción, da acceso a una amplia y sobria recepción, donde el adorno principal principal es un tronco pulido de manglar, semejante a un coral gigantesco.

El interior del hotel es fresco. Por sus amplias dimensiones, la brisa circula refrescando todos los rincones. Adentro y afuera, en maceteros y en jardines una gran variedad de plantas nativas mantiene la presencia de la naturaleza siempre cerca del huésped.

Elegancia y calidez se combinan en todas las áreas de este cinco estrellas de playa, que abrió sus puertas el pasado mes de febrero, con cuatro piscinas y cinco restaurantes, una cuadra para 28 caballos, un salón de actividades sociales hasta para 600 personas, 3 kilómetros de playa de arena blanca, 124 habitaciones, 8 villas y hasta una ermita.

Encalada de blanco, con una torre coronada de tejas rojas, la pequeña ermita se destaca contra el fondo beige de las residencias privadas aledañas y el verde profundo de la vegetación circundante. Media docena de cimbreantes palmeras a izquierda y derecha, adornan la entrada a la capilla, donde ya se han realizado algunas bodas.

El proyecto incluye una cancha de golf de 18 hoyos, un gimnasio, un spa y locales comerciales que estarán funcionando a partir del próximo mes de septiembre.

La atención sorprende. La sonrisa y la cortesía se combinan en el trato a los huéspedes. Cada uno de los empleados se esmera en responder al mínimo requerimiento, lo que denota su alta capacitación. “¿Un pincho de frutas?”, pregunta el salonero cuando llegamos al club de playa, donde una inmensa piscina en forma de “T” rodeada de palmeras y con vista al mar, te ubica en un paraíso.

Una vereda bordeada de papos que atraviesa otras dos piscinas, con sus respectivos restaurantes, conduce desde el club y restaurante de playa hasta el hotel. En el trayecto se encuentran las villas, o cabañas de dos pisos y cuatro habitaciones, que tienen su respectivo jacuzzi, adosado a una de las paredes exteriores. Las habitaciones son cómodas, con sala-comedor y una pequeña cocina con todos los utensilios necesarios.

Un lago artificial con dos brazos rodea parte del hotel. Sobre él se ubican las villas y toda el ala interna de habitaciones. Para ingresar a las instalaciones se debe atravesar dos puentes adornados con cuatro columnas de piedra.

En el ala principal del hotel, una mesa al aire libre nos espera en La Terraza Los Caobos, donde un delicioso y fino “champagne brunch” aguarda por los comensales. El buffet, exquisitamente preparado por la Chef Cuquita Arias, está instalado en el Tamarindo, el restaurante que normalmente ofrece cocina latina de fusión.

Los saloneros están listos con una jarra de mimosa o una botella de champagne en las manos, para empezar como uno prefiera. La comida incluye una variedad de carnes desde cerdo, pescado, y pavo, hasta un abanico de mariscos que incluye camarones, pulpo y corvina, en diferentes clases de ceviche, y langostinos preparados al instante y al gusto de cada cual.

Empiezo por los ceviches, algo de ensalada y quesos. Un brindis con champagne es imperativo en este domingo en el cual se celebra el Día del Padre. Después, unos langostinos al ajillo, que definitivamente están exquisitos. La corvina a la sal, recubierta y horneada con una gruesa capa de este condimento, está en su punto: ni salada ni sosa. Elijo otra ensalada, esta vez la griega y le añado aceitunas, gordas y carnosas.

Los postres que, debo confesar no probé porque siempre prefiero los sabores salados a los dulces, se veían exquisitos. Y así debían saber, a juzgar por las veces que mis compañeros de mesa y los demás comensales visitaron la mesa donde estaban expuestos.

Una copa más de champagne, para decir adiós. En ningún momento, de las aproximadamente dos horas que permanecimos en el restaurante, nos sentimos abandonados por el personal del área, pero tampoco nos sentimos hostigados. La atención se mantuvo siempre en ese equilibrio que sólo logran quienes buscan la excelencia. Definitivamente, el Hotel Bristol de Buenaventura marcará un hito entre los hoteles de playa de Panamá.