Soy Margaret, la madre de Adam

  • 15/03/2026 00:01
A través de un relato escrito en la primera persona de la madre, Aram Cisneros explora la vida de Adam Smith, considerado como el padre de la economía moderna. El autor destaca cómo su carácter reflexivo y su infancia protegida dieron forma a su obra.

Soy Margaret Douglas, madre de Adam Smith. Estoy muerta, pero hoy me asomaré aquí para ti, resucitando gracias a la tinta sobre este pedazo de papel, o con los píxeles de una pantalla digital. Acompáñenme a celebrar los doscientos cincuenta años de la publicación de un libro escrito por mi hijo.

Fui muy religiosa, austera y digna. Con un carácter inquebrantable, forjado en tiempos duros y, sobre todo, la madre de Adam Smith, un escocés, filósofo y economista científico que, desde la quietud de su hogar, cambió para siempre la historia de la humanidad. Su padre era abogado y trabajaba como funcionario del cobro de impuestos y agente aduanero en el puerto de Kirkcaldy, aquí en nuestra fría y hermosa Escocia. Trágicamente, falleció poco antes de mi parto, dejándome viuda antes de siquiera conocer el rostro de nuestro hijo. Afortunadamente, la viudez no significó estrecheces económicas para nosotros, pues mi familia, los Douglas, era adinerada y pudimos vivir con holgura.

Mi Adam era hermoso como un ángel y aún me enternece profundamente el corazón recordar cuando fue un pequeñín. Esa misma ternura se convierte en un nudo en la garganta al recordar aquel funesto día en que lo secuestraron gitanos. Aunque logramos rescatarlo pronto, el terror y la angustia de esa experiencia me persiguieron como una sombra siempre, pues en los siglos XVII y XVIII, entre otras atrocidades innombrables como la esclavitud, el tráfico de infantes era una práctica horriblemente rutinaria y lucrativa en Gran Bretaña. Las niñas eran robadas para ser vendidas a los burdeles, y los niños para ser miserables ayudantes de la tripulación de los barcos que zarpaban hacia colonias de nuestro imperio.

Aquel pánico me convirtió en una mamá torpe y sobreprotectora. Así, para evitar que se aventurara en lugares peligrosos, yo le recordaba constantemente aquel sombrío incidente con los gitanos, alejándolo así de su propensión a medrar en los traicioneros bosques y los caudalosos ríos escoceses. Así sustituyó la aventura física por la intelectual. Se forjó en él una personalidad sumamente introvertida y desarrolló un carácter marcadamente reflexivo y solitario: un lector voraz, un ávido intelectual que prefería relatar todo a través de largas y detalladas cartas, cuando alguna vez se veía obligado a viajar.

Desde ese confinamiento protector, llegó a ser el Rector honorífico de la Universidad de Glasgow y lideró la “Escuela Escocesa”, un movimiento intelectual y científico de inmensas y vigorosas producciones que floreció a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Mi hijo sentó las bases de su pensamiento en 1759, cuando publicó el maravilloso libro Teoría de los sentimientos morales, obra magna en que explica, con sensibilidad envidiable, que a los hombres los mueve naturalmente la solidaridad hacia los demás. Postula que la moralidad no es otra cosa que la noble capacidad humana para sentir, comprender y compartir los sentimientos ajenos. Escribió sobre la moralidad primero, porque comprendía profundamente que el sistema de libertad económica que idearía más tarde exige forzosamente una enorme responsabilidad construida sobre sólidos e inquebrantables principios morales.

1776 era en el mundo un momento de ebullición: ocurría la histórica Declaración de la Independencia de los Estados Unidos (aquel otro imperio que unos ciento veinte años después prepararía su carrera para regir al mundo entero) y un tal James Watt inventaba la máquina de vapor, una idea brillante que aceleró toda una revolución en la industria. Fue un avance tecnológico sin precedentes que comenzó impulsado con agua y que ha evolucionado de forma asombrosa hasta los modernos chips de silicio para la computación, esos mismos que sostienen la economía mundial de ustedes ahora.

Fue exactamente en ese año, en medio de tantos cambios, cuando se publicaron los frutos de sus reflexiones. Hoy se cumplen doscientos cincuenta años de la publicación de ‘La riqueza de las naciones’, un monumental estudio publicado por Adam sobre cómo un país prospera verdaderamente a través de la economía de mercado, alcanzando un estado de bienestar integral cuando cada individuo lucha libremente por sus propios objetivos. La obra defiende que el crecimiento se logra mejor con la intromisión mínima del Estado y que este debe solo ocuparse de tres funciones: la defensa nacional, la justicia y la educación.

Ambas obras, la moral y la económica, son verdaderos ladrillos de seiscientas a ochocientas páginas de espesor. Convenientemente, de manera perezosa o malintencionada, muchos olvidan u omiten en sus análisis que los dos libros deben reconocerse y estudiarse como un solo conjunto inseparable dentro de un proyecto intelectual integral. Por eso primero escribió uno, cimentando la ética, y solo después el otro, desarrollando la economía. Para entender el pensamiento de mi hijo, el sistema económico y la moralidad deben analizarse por completo, sin comodidad ni pereza analítica.

Recuerdo nítidamente nuestras cenas. —Madre, óyeme bien... —me decía Adam con esa mirada brillante e intensa cuando yo le servía la comida sobre nuestra mesa—. Te aseguro que no es por la benevolencia del carnicero, el cervecero y el panadero que tenemos cada noche sus deliciosos productos en esta mesa bellamente dispuesta por ti. Es por sus propios intereses y por sus objetivos personales. No tengamos empacho ni miedo en reconocer que somos egoístas por naturaleza. Eso, madre, es bueno para la sociedad, porque el individualismo termina beneficiando a todos por igual. La verdadera riqueza de un país no reside en el oro acumulado en sus bóvedas, sino que se mide por su capacidad real para producir bienes y servicios que satisfagan las necesidades diarias de sus ciudadanos. La tuya y la mía... la de todos nosotros...

Hacía una pausa, tomaba un bocado y continuaba con renovada pasión: —El mercado libre y la competencia son fundamentales para el crecimiento económico de las naciones, pues son los motores que crean nuevos productos y abren nuevos mercados, promoviendo el bienestar social general... Y seguro que este discurso mío te parece una maldición por tu cara seria y burlona a la vez, querida madre.

A pesar de mis constantes dudas de mujer devota, Adam me aseguraba incansablemente que, con la introducción de la división del trabajo, donde los obreros se especializaban en tareas específicas, las personas podían mejorar drásticamente sus habilidades, trabajar de una manera mucho más efectiva y aumentar la productividad a niveles nunca antes vistos. Y también introdujo la revolucionaria noción de que la misma competencia dentro del mercado libre es la que termina por regular y garantizar que existan precios justos y verdaderamente equitativos para todos. Esa es, poéticamente, “la mano invisible”, y en cuyos dedos discurren fieles adláteres y feroces detractores.

Algunos izquierdistas y los pensadores revolucionarios aducen con desdén que la referida mano, y lo que se supone que garantiza, es solo una utopía incumplida; una farsa que citan constantemente empresarios sin escrúpulos, políticos oportunistas, periodistas mercenarios y oscuros lobistas para justificar una agenda egoísta que santifique la economía de libre mercado a toda costa y bendiga la mínima intromisión del Estado.

Adam no era ciego a los peligros de su propio sistema. De hecho, sus temores eran profundos y me los confesaba en la intimidad de nuestro hogar. —Madre, óyeme que no he terminado... —me dijo una noche mientras me seguía hasta la cocina, cargado amablemente con los platos y las sobras de la cena, demostrando esa persistencia apasionada con sus ideas—. Reconozco abiertamente el enorme riesgo de que el comercio desregulado produzca desigualdades profundas y dolorosas en la sociedad.

Me aterra pensar que la división del trabajo termine afectando gravemente la dignidad humana, manteniendo a la gente en un estado de debilidad e ignorancia supina por obligarlos a realizar labores que son monótonas, repetitivas y profundamente deprimentes.

Además, me preocupa sobremanera la posibilidad real de que el deseo excesivo, desmedido e incontrolable de amasar grandes fortunas termine por desbocar a nuestro mundo, transformándolo en una sociedad irremediablemente corrupta, vacía y puramente materialista.

Concluiré subrayando, con orgullo de madre, que mi inolvidable Adam se hizo a sí mismo las preguntas justas y absolutamente necesarias para mantenernos a todos reflexionando en todo tiempo y en todo lugar: ¿Cuáles son las verdaderas bases de la moralidad humana? ¿Somos seres fundamentalmente egoístas o albergamos una naturaleza verdaderamente benevolente? ¿Qué es lo que realmente hace que los valiosos ciudadanos de un país sean felices y prósperos?

Tal como le dije tantas veces mientras lo criaba, y como él plasmó en sus inmortales páginas, son exactamente esas interrogantes filosóficas las que nos invitan a tratar de comprender la contradictoria y maravillosa complejidad que llevamos dentro.

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