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20 de Jan de 2021

Cultura

El regreso de Paulina

P aulina Rubio ya no es una niña. Ha cumplido 37 años. No tiene una voz portentosa ni mide un metro ochenta. Y a veces resulta insufribl...

P aulina Rubio ya no es una niña. Ha cumplido 37 años. No tiene una voz portentosa ni mide un metro ochenta. Y a veces resulta insufrible. Pero es una estrella. Global y sin pretextos. Con 20 millones de discos vendidos. Tiene algo difícil de definir. Ambición, personalidad, simpatía, descaro. La provocación de una rockstar. Hambre de triunfo. Y el arrojo imprescindible para conseguirlo. Sabe cómo seducir al público. Da espectáculo. Y domina el trasfondo del negocio. Le pasa como a la tenista Anna Kournikova: no es la mejor del circuito, ni lo ha sido ni lo será; pero es la más contratada, fotografiada, popular y, por descontado, la que más dinero gana. El gran misterio del estrellato. A Paulina le gusta vivir y ser tratada como tal. Nunca quiso ser otra cosa. Desde que tiene uso de razón. Con sus grandezas y miserias. Luces y sombras. Horarios imposibles. Y la montaña rusa emocional que supone la fama. Cruzando cada semana el charco. Y huyendo del acecho de la prensa sensacionalista. Su madre ya lo era cuando ella nació. Cuestión de genes. Como su abuela, mezzosoprano. Y su bisabuela, pianista. Mujeres de una pieza. Matriarcas de armas tomar. Susana Dosamantes, el “rostro más bello de México”, 60 años, 65 películas y muchos culebrones sobre su talla de emperatriz azteca, recuerda a Paulina, su hija, rubita y diminuta, con apenas tres años: “Cuando los periodistas venían a entrevistarme y mientras me maquillaba, ella les daba una rueda de prensa y les contaba que era mejor que yo; ‘canto, bailo y actúo mejor que mi mami’. Le salía del alma. A un niño no le pones a actuar si no quiere. Es imposible. Ella se crió tras la tramoya. Entre los focos. En los pasillos de Televisa o en Madrid mientras yo rodaba. Siempre quiso ser artista. Nadie la obligó. Su papá se opuso. Pero era su destino. Y su felicidad.

Cuando era un mico ya daba clases de interpretación en la Escuela de Capacitación de Televisa (por la que pasaron Salma Hayek, Gael Garcíal, Diego Luna o Thalía). Para ella era un juego. Y a los 11 años estaba con Timbiriche dando conciertos por América. No ha parado. El edificio Gotham, en el 1356 de la avenida Broadway de Nueva York, fue durante décadas la sede del Greenwich Bank. Desde hace una década su inmenso salón, rodeado de columnas griegas, coronado por una cúpula masónica y enormes lámparas de fundición, se alquila para eventos. Univisión, el mayor grupo de comunicación en español de Estados Unidos, celebra un concierto privado de Paulina Rubio, transmitido en directo a todo el país. Llevan semanas anunciándolo. A estas alturas toda la nación debe saber que Paulina estrena disco. En el Gotham, el despliegue de medios es impresionante: el número de cámaras, la telaraña de luces, el perfecto orden de las grúas, la mesa de sonido como un órgano de catedral.

Horas antes de que se alce el telón la estrella ensaya con su banda de estudiado desaliño indie. Delgada, menuda, sin pintar; vestida de negro hasta la barbilla, con Converse y una boina que oculta su mítica cabellera rubia, Paulina Rubio ofrece el aspecto de una existencialista del boulevard Saint Germain. Ha dormido mal. Incuba un resfriado. “Me duele la tripa”. Como a los niños. Son los nervios. El comienzo del durísimo camino de la promoción. La intuición de lo que se le viene encima tras tres años sabáticos de siesta en Miami. La van a exprimir al máximo. Y lo sabe. Sobre la mullida alfombra Chippendale del Gotham Hall corretea Carlota, su perrita yorkshire, agasajada por los empalagosos mimos del equipo que contempla la actuación. Paulina repite mil veces las estrofas de “Causa y efecto”, el primer gran tema de su nuevo disco, “Gran City Pop”.

Es la canción que debe calentar el mercado. Enganchar a la audiencia. Enamorar a las marcas. Engatusar a los medios. Animar a los promotores de conciertos. “La suerte de un artista es una canción, y hoy más que nunca con las descargas digitales. Cuando sólo había CD, para conseguir la que te gustaba tenías que comprarte otras 11. Para comerte el muslo tenías que comprar el pollo entero con vísceras y pescuezo. Ahora no. La industria del disco es un negocio de sencillos; que compras en Internet por 99 céntimos. La disquera se la juega con un tema a cara o cruz”, explica un magnate de la industria que ruega no aparezca su nombre. Mientras Paulina Rubio continúa la interminable prueba de sonido, un enjambre de ejecutivos teclean compulsivos sus Blackberry en torno al escenario. Unos pertenecen a los laberínticos departamentos de su compañía discográfica, Universal Music Latin Entertainment, recién aterrizados desde Miami, la capital del negocio, el cruce de caminos entre las Américas y Europa; otros, a Univisión, los que organizan el acto; algunos pertenecen al nutrido entorno inmediato de la artista. Sin apartar la vista de sus teléfonos inteligentes, tararean y bailan entusiasmados al ritmo de los acordes de “Causa y efecto”.

Es el himno de la temporada. Por la cuenta que les trae. El lanzamiento de Paulina es la apuesta latina de Universal este año. Como el pasado fue Juanes. Toda la carne en el asador. Cuando por fin Paulina afina la canción y concluye el ensayo, se lanzan sobre ella en un alud pegajoso de abrazos, besos y piropos en español con distintos acentos. “Eres muy grande”. La estrella se tiene que sentir segura, querida y protegida. El mensaje es: “Somos una familia. Y vamos a estar a tu lado. Pídenos lo que quieras (menos dinero)”. Primera conclusión: es difícil ser una estrella sin volverte loca. Ella (sus rizos dorados y sus largas piernas de seda; su tono roto y su manoseado discurso feminista) y sólo ella es la locomotora que arrastra todo este entramado en el centro de Nueva York. Que da de comer a esta gente. Y produce beneficios a final del ejercicio. Sin Paulina no hay espectáculo. Ella fabrica los contenidos. Y el espectáculo debe continuar. Pase lo que pase. Durante los cuatro días que pasamos en Manhattan a su lado, Paulina Rubio arrastra un amago de gripazo. Un jet-lag permanente. Alarma, ¡puede perder la voz! Quiere un masaje, pero no hay tiempo. Tiene sueño, pero debe aguantarse. Se postra en un viejo sofá y respira rítmicamente en soledad. Un amago de yoga. Todos aguardan al otro lado de la puerta en reverencial silencio. Le apetece hablar con su marido, pero ya no es hora en España. Y le da el bajón. Y huiría. Pero no puede. Cuando una estrella tiene fiebre se aguanta. Se mete un tequilazo de los que te hacen saltar las lágrimas, elige entre taconazos de Saint Laurent, Dior o Louboutin y se zambulle provocativa en el escenario levantando ligeramente el labio superior en un gesto muy suyo. “Parezco Elvis”. Y canta y baila con ritmo, amor, pasión y sensualidad. Y seduce. Es la estrella. La diva latina. Y es lo que esperan millones de personas de ella. Aunque esté noqueada como un boxeador a punto de besar la lona, en su esquina del ring siempre habrá alguien de la compañía gritándole: “¡Ánimo, Pau, que ya es tuyo!” Sufre. Pero sabe que su trabajo es más valioso más que nunca. Puede decidir. Las compañías ya no tienen la sartén por el mango. Lo tiene claro: “Soy una empresa; una marca que crea canciones y las canta; vende discos y productos y hace conciertos. Y tomo las decisiones sobre mi carrera. He escrito mis temas, he elegido al director del clip, he controlado la producción, el concepto, la creación artística y el marketing. Soy la productora ejecutiva. Y tengo una relación directa con mis fans a través de la web sin que nadie se meta entre nosotros. Decido. He crecido”. Es una declaración de principios.

La chica dorada vendió en 1992 tres millones de copias. Paulina había firmado con la discográfica EMI-Capitol por siete discos. Grabó cuatro. Flojos y rentables. La encasillarían en un registro de melena teñida, maquillaje pesado y look imposible de culebrón. Ella no era tonta. Quería ir más lejos. En 1996 se cansó. Y dio el portazo. Tenía 25 años. Durante los cuatro siguientes desaparecería del mapa mientras batallaba legalmente con EMI para recuperar su libertad artística. “Me sentí utilizada y controlada. Me faltaba libertad para seguir creciendo. La compañía no apoyaba ninguna de mis ideas”, recuerda Paulina. “No estaba de acuerdo con lo que me querían imponer. No quería grabar lo que me proponían y tampoco me dejaban marchar. Me metieron en un cajón y se olvidaron de mí. No cedí; no grabé el tipo de disco que querían. Necesitaba que una discográfica me rescatara. Fueron años muy malos y aprendí mucho. Me fui a Londres, estudié y di una vuelta a mi vida”. “Hasta que no recompró su contrato a Capitol no paró”, recuerda Susana Dosamantes. “Lo pasó mal hasta que apareció en escena Universal y la liberó. Tuvo que empezar de nuevo”.

La resurrección se produciría en España gracias a un tórrido programa televisivo titulado “Vive el verano”, que serviría para poner en órbita el tema del mismo nombre con ritmos clónicos a los de Ricky Martin, que arrasaba con Livin’ la vida loca y escalaba los altos muros del mercado estadounidense mostrando el camino a Jennifer López, Shakira,Thalía y Enrique Iglesias.

Paulina se reinventó en meses. Adelgazó. Cambió de rostro, estilo y estilista. Renovó su vestuario y conquistó al poderoso público gay. Y a la prensa del corazón. Aprendió a cantar. Y triunfó. Desde entonces ha publicado cinco discos con Universal, de los que ha vendido 12 millones de ejemplares. Sin contar este último, Gran City Pop, un cajón de sastre de fiesta y romance; ritmos pop, aires latinos, guitarras rock, rancheras y tequila, canción melódica y sonido discoteca.

Paulina nunca habla de más. Repite los mismos argumentos una y otra vez. Frases hechas. Pero nada íntimo. No se moja. Es una estrella. Y una gran impaciente. Por eso, cuando se la pregunta en la intimidad de su furgoneta sobre su supuesta adscripción política a la izquierda, la respuesta es una tibia afirmación: “Me siento más de izquierdas que de derechas”. –¿Y me puede explicar qué es para usted ser de izquierdas? –¡Qué cabrón eres! Bueno? para empezar soy de izquierdas pero no soy comunista. No podría vivir en La Habana. Pero he visto a Bush decir mentiras y provocar una guerra por el petróleo y no me gusta. Yo creo que hay que respetar el medio ambiente, tener cuidado con los residuos nucleares, luchar contra la explotación infantil. Y, sobre todo, creo en el papel de la mujer. Si mandaran las mujeres, no habría más guerras. Luego se sumerge frágil y diminuta en el estudio de grabación con Carlota inmersa en un enorme bolso de Vuitton. “Hay gente que me ama y gente que me odia. Estoy curada de espanto. Soy una persona pública. Pero no olvides que del amor al odio hay un paso”. ©ELPAIS.SL.