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25 de Feb de 2021

Cultura

De Italia con amor

Antonio Tomaselli y Miriam Orlandi tienen varias cosas en común. Ambos son italianos, se preocupan por el bien del prójimo y son poseedo...

Antonio Tomaselli y Miriam Orlandi tienen varias cosas en común. Ambos son italianos, se preocupan por el bien del prójimo y son poseedores de un incontenible espíritu aventurero. Los dos dejaron atrás su cotidianidad, o lo que muchos llamamos “seguridad y estabilidad”, para lanzarse a una empresa de dimensiones impresionantes: recorrer el continente americano de un extremo al otro.

Los dos partieron sin saber el uno del otro pero, al parecer, el destino tenía programado unirlos. Mientras Antonio, de 30 años, viaja en bicicleta y recorre América de norte a sur, Miriam, de 38 años, viaja en moto desde Argentina hasta Alaska, es decir, en dirección contraria. Tanto Antonio como Miriam evitan las metrópolis y prefieren recorrer áreas rurales en cada país. “El campo es más abierto”, dice Miriam. Panamá, sin embargo, es una ciudad inevitable en un recorrido por el continente. Para ambos se trataba de una visita obligatoria aunque no por eso menos placentera. “Esta ciudad tiene mucho que cuidar, para no perderlo y terminar igual a las demás”, reflexiona Antonio.

Ambos llegaron a la ciudad en las postrimerías de octubre pasado. Se habían contactado ya a través del sitio de Miriam en internet: www. ioparto.eu y de su blog: iopartomiriam.blogspot.com y ahí empezaron a cuadrar los itinerarios y las agendas de viaje. Antonio estaba en Honduras y Miriam terminaba su paso por Perú. “Su cuñado le habló de mi viaje 'otra loca que viaja, pero ella en moto' , le dijo”, cuenta Miriam. Dicidieron conocerse “por respeto a la ideología de nuestros viajes. Por suerte nos encontramos en la mitad simbólica del recorrido, Panamá, donde para Antonio termina Centroamérica y para mi empieza”.

Las semejanzas entre Antonio y Miriam son muchas. Además de una misma patria y un proyecto similar, comparten un alma viajera. “Empecé a recorrer Italia desde muy chico porque era deportista y para competir había que viajar mucho”, cuenta Antonio. Por eso cuando en su casa supieron de sus planes no se sorprendieron. “Ellos están acostumbrados a mi locura”, dice Antonio mientras sonríe con picardía. Casi con un semestre de diferencia, ambas expediciones partieron desde Italia, tienen estilos de viaje distintos, mensajes similares y rutas encontradas.

SUEÑOS, VIAJES Y AMORES

En 2006 Antonio, el mayor de dos hermanos, estaba en la India. Una noche tuvo un sueño donde se veía en su bicicleta recorriendo largas distancias. “Me pareció extraño porque normalmente no recuerdo lo que sueño”, dice Antonio en un español corrido pero que guarda casi intacto su rítmico acento itálico. El sueño se repitió las dos noches siguientes. Justo empezaba a ponerle atención al asunto cuando telefónicamente su papá le dijo que una prima en Italia había soñado lo mismo con él.

Regresó a su casa en Nicolosi, Sicilia, donde hasta hacía poco tiempo trabajaba en la modesta empresa de la familia. “Nos dedicamos a restaurar pinturas y edificaciones clásicas”, cuenta, y decidió que se tomaría un año para preparar el viaje. “Quería mirar cómo me iba en viajes cortos por Europa”. Pero un accidente retrasó todos los planes. Jugando fútbol con amigos dio un mal paso y se rompió un ligamento de la rodilla izquierda. Eso demoró el viaje hasta que finalmente, el 28 de abril de 2008, salió de Italia hacia un recorrido en el que lo único seguro era lo inesperado.

A lo largo de su jornada, Antonio busca compartir con todo el que pueda su filosofía sobre lo importante que es para todos buscar la mayor cantidad de información para poder tomar nuestras propias decisiones. “La gente tiene el derecho a elegir su destino y en muchos pueblos de América hace falta información para que las personas puedan decidir”, dice Antonio, quien se confiesa enemigo del sistema o al menos de sus defectos. “La tendencia es a hacer que los países, las ciudades y las personas se parezcan cada vez más, parece que así es más fácil manejar la sociedad”, añade. “Eso incluye educación, una persona que no sabe leer, por ejemplo, tendrá menos información que otra”. Su plan está funcionando si consideramos que, de acuerdo con sus cálculos, conoce a medio centenar de personas en un día de viaje y logra entablar conversación por lo menos con tres de ellas.

Antonio no viaja sujeto a planes. “Cuando llego a un lugar me fijo si hay alguna oportunidad de trabajar y eso es lo que define cuándo me voy”, señala. No obstante, el formato está algo alterado en estos días pues quiere llegar a Bogotá a fines de noviembre.

Además de encontrar satisfacción personal en su aventura, Antonio también se enamoró en México de una española. “Es algo que en ningún momento busqué en el viaje, pero llegó. La verdad ha sido algo difícil y muy bonito a la vez. Quiero que los días pasen pronto para vernos”, dice. Sin embargo continuará su viaje hasta llegar a la Argentina. “Quiero regresar a muchos lugares, entre ellos a Panamá”, dice Antonio, a quien se puede contactar en delfinoastuto@hotmail.com

UNA DOCTORA AVENTURERA

En el caso de Miriam, su espíritu viajero la impulsó a recorrer otro mundo, distinto al suyo y a salir de su comodidad para emprender un periplo que pensó sería para dar, aunque reconoce que en realidad “he recibido siempre más”. Fue así que el 10 de octubre de 2008 partió en avión de Milán a Buenos Aires. Dos semanas antes había enviado su moto por barco. El 18 de octubre salió por carretera desde la capital argentina hacia Tierra del Fuego en busca del sitio más al sur del continente. Así comenzó su viaje.

Miriam es fisioterapeuta osteópata, una especialidad que en Panamá no existe. Para financiar su viaje ha utilizado diferentes recursos: “mis ahorros de toda la vida, el contacto con amigos que me refieren a otros amigos y la colaboración de algunas misiones religiosas”, que la han ayudado con el hospedaje. “A veces me toca abrir mi carpa para acampar. En esos casos lo más difícil es guardar la moto”, confiesa.

La decisión de sacrificar sus comodidades la ubica en sus genes. “Si mi mamá pudiera venir seríamos dos mujeres en moto por toda América”, asegura Miriam mientras se ríe. Pero no son las únicas. “Mi abuela de 94 años cuando ve la moto me dice '¿damos una vueltita?' ”, cuenta. En su recorrido se ha ocupado de brindar sin costo asesoría médica y de enseñarle al que pueda cómo mejorar su alimentación y tener una vida más sana, aunque también está dispuesta a ayudar en otras cosas. “Si hay que tomar un martillo, lo hago”, dice esta aventurera para la cual “el viaje es una universidad de intercambios, en la cual estoy aprendiendo más de lo que he enseñado”.