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02 de Mar de 2021

Cultura

Protegida por el balón

C on la misma soltura y seguridad con que hace malabares con el balón de fútbol, Marta dice que no tiene miedo a vivir en el área de El ...

C on la misma soltura y seguridad con que hace malabares con el balón de fútbol, Marta dice que no tiene miedo a vivir en el área de El Chorrillo “porque me conocen como jugadora de fútbol desde que tenía 4 años”. Es consciente de la inseguridad y la violencia que reinan en el barrio, pero siente que mientras tenga un balón de fútbol en los pies no le pasará nada. “Fue mi papá quien me motivó a jugar””, dice con cierto orgullo.

Es delgada y prieta, ágil como una ardilla. Con el pelo rizado recogido en dos colitas a los lados de la cabeza para que no le molesten mientras juega al fútbol, se toma su tiempo para comprar un raspado de limón y tomárselo, compartido con sus dos pequeños primos que no la dejan en paz mientras miran ávidamente el cono de papel rebosante de hielo que se va derritiendo con el calor de ese mediodía en San Felipe.

A pocas cuadras está El Chorrillo, una de las áreas más calientes de la capital, donde Marta nació, creció y donde vive con sus padres y sus dos hermanas mayores. Quiere ser abogada y futbolista confiesa, mientras se toma el segundo raspado de limón, que atrae no solamente a los primos sino a otros tres compañeros de equipo que acaban de practicar con ella este deporte, para filmar un comercial que anuncia un torneo infantil que se realizará próximamente.

Está en sexto grado y es una estudiante con promedio de 4.6. Aunque el fútbol es su pasión y con él ha ganado seis trofeos y seis medallas, tanto en el barrio como en el interior, dice que hay algo que le gusta todavía más que jugar: estudiar, y que quiere hacer la secundaria en el Instituto Fermín Naudeau.

Pero Marta no está conforme con las cosas como están, siente que pueden estar mejor. Después de cavilar un momento dice que quisiera un cambio en su barrio, “que no haya más violencia porque eso no es bueno, que no haya más balaceras y que la gente se acerque a la iglesia. Porque en El Chorrillo hay valores, yo creo en la honestidad, la obediencia y la paz”, afirma muy seria, y con absoluta convicción agrega que “nosotros mismos tenemos que hacer algo para que cambie”.

Aunque asegura que es totalmente feliz porque está con su familia y bastante gente la quiere, una nube ensombrece esa felicidad. Su papá que trabajaba en el Seguro Social, está desempleado actualmente y su mamá tampoco trabaja. Pero quizás dentro de todo, Marta es una niña afortunada: su familia está unida y asiste a la escuela con regularidad, condiciones de las que muchos de los niños de El Chorrillo carecen y que constituyen uno de los principales detonantes de la violencia y la miseria que se vive en el sector.